Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Benino Pérez ¡Coñiiiíto!

Cuando Benigno Pérez (Benino) cruzó la agreste cordillera Baoruco hacia el extremo del suroeste dominicano, a lomo de mulo, con su hijo Bienvenido y su sobrino Curú en el árgana, no era un aventurero ni un  presidiario que iba a pagar condena con trabajo público, ni un enviado del poder para explorar rutas que sirvieran al comercio, como un Colón cualquiera.

A eso que después llamaron Sabana de Juan López y luego Pedernales (de Pedernal, de piedra dura, enseñó Bosch), llegaron desde Duvergé, provincia Independencia, en busca de nuevos predios para la crianza de sus reses y cultivar productos para el sustento familiar. Al otro lado del sur, habían sido arruinados por una crecida del lago Enriquillo, el más grande de las Antillas (375 kilómetros cuadrados, 35 de longitud). Año 1927.

Más tarde, arribaron Juancito e Irena, padres de Curú, Minita, Chichí, Ángel, Gaspar, Alcides, Euclides, María, Bicú.

Imposible hablar de la fundación del pueblo obviando el protagonismo de este mulato larguirucho y con eterno sombrero que gustaba del ron y vivió hasta que quiso: 103 años.

Borracho y sano era el mismo: respetuoso, digno, amistoso y familiar. Pero ebrio era un espectáculo.

Lo de ¡Coñiiiiiíto! nació de él. Sazonaba la interjección como nadie más. Le brotaba de su voz estropajosa en la pendiente final de su vida, pero también de la mala jugada del aguardiente cuando cogía su juerga y le daba por visitar amigos y familiares.

CARA DE HEREJE

Entendible la huida. El Lago había hecho otra de sus acostumbradas crecidas para arrancarles sus tierras a los agricultores del entorno, que murieron sin saber las causas de ese “arrebato”, para ellos, repentino.

La familia Pérez no fue la excepción. Así que el joven Benigno no quiso lidiar con la potencia de la naturaleza, y cogió su animal de carga y lo echó a andar hacia un sitio menos vulnerable. Y llegó un día al terruño recostado del mar Caribe, donde se quedó hasta la muerte.

FACTURA PROPIA

El “San Antonio” más inofensivo era el del viejo Benino. “Borracho como una uva”, provocaba carcajadas cada vez que soltaba uno tras otros sus consejos a parientes y contertulios. Sobrio, igual, pero sin el c… Eso sí, jamás le aceptó un trago a nadie, y menos “a pico e botella”; tomaba si lo compraba con dinero de su trabajo.

En cualquier circunstancia, le respetaban. Porque respetaba y solía rociar humoradas del mejor gusto.

Había casado con Enriqueta. Hijos: Bienvenido, Kuki, Quiquito, Bélida, Narciso y la fortísima Lolola, a quien buscaban de cada casa donde debutaba un niño desobediente.

En el Pedernales de aquellos tiempos, había dos mujeres que tenían fama de arregla-muchachos, a pura muñeca: Negrín y… Lolola. Para ellas, las advertencias eran la segunda opción; la primera, una llave de lucha libre. Temibles, según los pequeños de la época.

UN PERSONAJE

Cuando decidía beber, él compraba su botellita de ron, y a visitar “altares se ha dicho”, “a doblar calles y enderezar esquinas”. Sin ofender a nadie.

Uno de esos días de los años sesenta del siglo pasado, ebrio, se encontró con Carmelo Adames (Carmelito), que también estaba en las mismas. Carmelito se ufanaba de culto, y le increpó a su amigo: --¡Benino, bestia humana! Y Benino, informal y contestatario al fin, repuso: --¡Y tú, caballo!

En otra ocasión llegó a un sitio de la parte alta de la ciudad, en el Túnel de Euris, para más señas, y le ofreció un vaso de cerveza a Leonardo. –No se apure, mi tío, no quiero ahora--, le contestó.

Ofendido, Benino ripostó: --Uté me dijo que no me apure, y el que no se apura es un sinvergüenza. Yo no soy sinvergüenza.

Benino era una cura. Repetía que “la fuerza está en la mierda, porque si usted dura cinco días cagando, pierde toda la fuerza”. 

Barraco, vecino y tronco de los Pérez Heredia, y Benino se la pasaban discutiendo acerca de  quién terminaría primero en el cementerio. Benino era un verdadero moriviví. Varias veces, sus familiares compraron el café y prendieron las leñas en el patio, dada su gravedad. Pero se levantaba y seguía su rumba con su frasco de aguardiente a mano. Murió, pero después de ganarle la batalla a Barraco.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.