Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Cuando la `puerca prieta`sucumbió

La carretera de 45 kilómetros entre  Pedernales y Oviedo fue construida durante la segunda mitad de la década del 30 del siglo pasado, a puros músculos, con pico y pala, por presos condenados a varios años de trabajo público.

En realidad, ellos abrieron un trillo sobre rocas vivas, filosas, siguiendo la ruta sinuosa de las vacas y los burros. No había de otra.

Era el primer tramo de los 115 kilómetros endemoniados que debían recorrer los chóferes del Pedernales de aquellos tiempos para trasladar a sus pasajeros hasta la provincia Barahona, al este. Unos 320 si el destino era la capital. 12 horas bordeando curvas y precipicios, si no se producía algún evento.

Y lo hacían con gusto estos verdaderos titanes del volante, mejores seres humanos. Nunca presentaban excusas para afrontar a diario tarea tan peligrosa.

La memoria registra a Guarionex Victoria, Zequi, Odalis, Luis Casquito, Eliardo, Damero, Fernelis, Miguel Pataprieta, Zequi, Cara Prieta, Eliardo, Ramito, Tiquito… Sus vehículos eran propios, siempre en buen estado, modelos de limpieza.

¿SIN ESOS CHÓFERES?

El nombre del turco Guarionex está vivo aún en las mentes de aquellas generaciones. Fue el primero, o de los primeros, en viajar a Barahona en un camión amarillo pollito (intenso), con barandas de madera en los laterales de la cama para asegurar a los pasajeros. Igual, Zequi con su icónico “tubo” (minibús), como el profesor Lupito, y su “Puerca Prieta”, una especie de Van negra (unos 30 pasajeros) con características –según la voz del pueblo-- de “un cerdo”.

“Si su dueño hubiese sido un foráneo” –criticaba con desdén, Lupito—“le habrían puesto La Perla Negra, pero como es de un pedernalense, le ponen La Puerca Prieta”.

Como Odalis, pocos. Paciente, meticuloso, respetuoso. Todos querían viajar en su carro grande, Chevrolet Impala, aunque duraba más en la carretera porque, durante el largo recorrido, solía detenerse varias veces en el camino para quitar piedras que dañaran su automóvil.

Damero, en su Austin del 65, era muy seguro en carretera desde antes de adquirir la licencia. Respetuoso, confiaban en él. Cobraba cuatro pesos hasta Barahona, ocho hasta Santo Domingo, cuando el tanque de gasolina de un motor de 50 cc se rebosaba con diez cheles de gasolina. Su tiempo de viaje: cuatro y ocho horas respectivamente. Al llegar, el viajero quedaba irreconocible por el baño de polvo de la carretera. “Como pasajeros, los más difíciles eran los trabajadores de la Alcoa”, ha comentado.

Miguel Pata Prieta, con su Valiant, muy responsable, decente. Luis Casquito, servicial, con su carro grande de factura gringa. Eloy El Mono, como Eliardo, siempre dispuesto.

Y Fernelis, inquieto, muy complaciente, conocía la carretera al dedillo; con su pie caliente, llegaba en tiempo récord, pero los vehículos apenas sobrevivían a sus carreras. Ni se inmutaba.

Ramito y Tiquito viajaban a comprar productos a los mercados de Barahona, y montaban pasajeros en los asientos delanteros de sus camionetas Mazda 1,500, vehículo que no respondía a nada que tuviera que ver con la maligna “obsolescencia programada” que hoy engaña y mata en términos económicos a los consumidores.

Había que ir a las casas de los choferes para inscribirse en una lista y asegurar el viaje. Durante la madrugada (3:00 ó 4:00), algunos iban más temprano de la hora de salida para darle un pre-aviso a sus clientes. Luego, pasaban por ellos a la hora convenida. Al llegar a los destinos, los distribuían.

Esa práctica cambió años después. Los viajeros debían ir al parque central para abordar los autobuses que partían cerca de las cinco de la mañana. Pasó buen tiempo para la adaptación a ese nuevo estilo; mientras tanto, las malas jugadas de los despertadores y del sueño fueron comunes.

Mi mamá acompañó a la parada a mi hermana Elsa, quien partiría hacia la capital, y se sentaron en uno de los bancos a esperar.

Eliardo Sánchez, chófer de vieja data, pasaba por el lugar y vio a lo lejos la silueta de las personas. Se acercó y, al sorprenderse, advirtió entre risas: “Mi tía y mi prima, ¿y qué hacen aquí a esta hora. Falta muuuucho; son las tres de las tres de la madrugada”. El reloj despertador se había alocado.  

Por mucho tiempo, los chóferes de fueron las estrellas del transporte terrestre en Pedernales. Los reyes del aire eran los pilotos de las “cheítas” (pequeños aviones) de Aerovías Quisqueyanas que hacían la ruta aeropuerto de Cabo Rojo-Punta Caucedo.

Solo la prudencia y la responsabilidad de aquellos hombres del guía explica que esa carretera demoníaca no se convirtiera en una vía de la muerte.

El único “accidente” resonante en el transporte de pasajeros de aquella época fue el de “La Puerca Prieta”. Su conductor siguió de largo en una curva y sufrió un estrepitoso vuelco. No hubo muertos.

Dicen en Pedernales que “al borracho lo cuida el diablo”. Desde entonces, al lugar del “accidente”, en la carretera Oviedo-Pedernales, le llaman “La curva de los Valdez”, en honor a los dueños del minibús.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.