Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Heredia y otros médicos en Pedernales

Médicos del viejo hospital de Pedernales, Elio Fiallo (1958), han tejido historias de colores que andan por ahí, extraviadas en el crucigrama del olvido pese a su condición de protagonistas del patrimonio oral de esta provincia desterrada en el extremo suroeste de la República, en la frontera con Haití.

Este sanatorio nunca tuvo fama de establo abandonado. Ni siquiera cuando sus techos comenzaron a desgranarse sin retorno, impotentes ante el peso de la vejez, y el Gobierno se vio obligado a diligenciar una moderna edificación, que inauguró el 1 de diciembre de 2016.

Corrían las décadas sesenta y setenta del siglo XX, y ya sus espacios eran compartidos con el Instituto Dominicano de Seguro Social para atender también a los asegurados. El piso espejeaba, las paredes y los baños, sin mugre ni cucarachas circulando. El personal, comenzando por los doctores, estaba apoderado. Y eso incluía enfermeras y enfermeros como Ramón Tururún, Antonio Montes de Oca (Antonio Farmacia), Hilario, Adán Heredia y, en Radiología, Osvaldito Marcano.

Todos, como podían, suplían la ausencia de los especialistas que nunca han querido viajar a la frontera porque, para ellos, no es negocio. No eran científicos, pero sí, en general, personas con alta sensibilidad social. El trato humano predominaba. Iban directamente a las casas si el paciente no podía ir al hospital. La gente les tenía tanta confianza que sanaba muchos de sus males solo con verles. Ahí, tal vez, estaba el secreto.

Todos eran enviados por Salud Pública, salvo el doctor Daniel Guzmán, que –me han contado--,  era un préstamo de la Alcoa. Dejaron huellas: Noboa, Heredia, Villalona, Ferreras, los hermanos Calderón, Ramón, Oviedo. Pedernales no contaba aún con graduados en el área, al menos que fuesen conocidos. Aldemar Molina (Aldemar Carmela), Luis Ney (Teresa) y Tony Bemba representan la primera camada de nativos; mas, ellos hicieron poca o ninguna vida en el centro asistencial local. Molina estuvo, pero murió joven. Se graduaron luego: Frank González, Ney García, Sócrates Acosta, Ana María Acosta, Xiomara Acosta y Sandra Díaz.

COMO LOS MIÉRCOLES, PERCI

Ramón, un médico de permanencia efímera en el hospital, cuyo apellido ahora no hallo en mi memoria, fue llamado en una ocasión para que asistiera a un paciente febril, postrado en una cama de la casa. Llegó rápido. El infante temblaba, desvariaba. Lo agarró, se metió al baño con él en brazos. Unos minutos después salió empapado con todo y paciente. Y, al ver una vitrina repleta de medicamentos, preguntó mientras pedía permiso para verlos. Los botó de un solo tirón. Sabía de la mala costumbre dominicana de la automedicación; en cada paisano hay un profesional de la medicina. La fiebre alta que agobiaba a Vladimir Pérez bajó rápido tras el baño que había asombrado a madre y padre. Aquel niño ya se acerca a las cuatro décadas, odiando la berenjena y ahogándose en parrilladas.

El doctor Noboa era un larguirucho (más o menos 6.4 pies) de piel clara, que habían llevado de Azua. Siempre de buen humor y servicial, construyó prestigio con su trabajo.

Conducía su Chevrolet Classic azul, un carro grande que llamaba la atención en el pueblo, por el tamaño y porque no abundaba. Tan duro ese automóvil que, un día, el técnico laboratorista del hospital (Torres), mientras lo manejaba, perdió el control y embistió por el frente la vivienda de María Caneco, en la Duarte casi con Sánchez, y llegó casi hasta la cocina, destruyendo paredes sin toparse con una varilla.

La comidilla de todos esos días fue que la casa en cuestión, donada por el gobierno de Balaguer a damnificados del ciclón Inés del 1966, tenía como acero muchos pedazos de bolsas de cemento y arena salina, y que el carro y el conductor no sufrieron ni rasguños. “Hasta un soplo la tumbaba”, decían.

Noboa relajaba hasta con su vida. Lucía sano. Aun así repetía a su familia y otros allegados: “En cualquier momento me muero”. Y acertó. A los 50 se produjo su deceso. Parecía programado para lograrlo. El doctor Villalona, no. Vivía su vida, fumaba como un murciélago. Igual que Oviedo, un modelo de solidaridad y desprendimiento. Siempre estaba, pero sin dejar sus tragos de aguardiente hasta en el quirófano, costumbre que adquirió en la Unión Soviética. Por ahí anda, el mismo Oviedo, siempre diligente.

Los hermanos Máximo y Carlos Calderón llegaron y se enamoraron del pueblo. Carlitos casó con Morena, la de Ulises Medina. Pero, años después, se marcharon hacia la capital y formaron sus “tiendas”.

En una ocasión, yo en la capital, me vi obligado de buscar los servicios de un otorrino. Alguien me habló del doctor Calderón, en el Centro de Pediatría y Especialidades, en la Independencia casi con Máximo Gómez. Cuando llegué, bastó con que le diera la referencia familiar en Pedernales. Desde ese día era mi médico.  Mis crisis de amígdalas eran recurrentes. Él había hecho los cultivos correspondientes y me indicaba unas inyecciones que me paralizaban del dolor. Hasta un día en que volví desesperado, con la fiebre a mil y dolores en la garganta, inaguantables. Me chequeó y me advirtió: “Están muy malas, te voy a indicar esto. Si vuelven a ponerse así, vamos a tener que operarte”. Salí de su consultorio y todavía me está esperando. Jamás he sabido de él.

Pedro Heredia, el doctor Heredia, como le decían, hablaba bajito, pero firme. Guardia, al fin. Uno de los tantos dameros (Las Damas, Duvergé) que, desde la formación del pueblo como Sabana de Juan López, había llegado como médico militar (teniente) en julio de 1966, tras el paso del huracán, a levantar cadáveres y curar heridos. Y confesó que no saldría de aquella comarca, pero animaba a sus hijos a que estudiaran en la capital.

Médico a tiempo completo y músico, pero siempre dispuesto. Tocaba guitarra, bandoneón y saxofón. Y no era de oídas. “No como Mon y Boboyo, pero se dejaba escuchar”, ha dicho su hijo Papi. No se le conoció como parrandero. Fumaba por la ansiedad en sus tiempos de estudiante en la Universidad. Lo dejó.

Recuerdo a este hombre corpulento, unos 6.3 pulgadas, cuando llegaba tranquilo, a mi casa, con su bata blanca, estetoscopio al cuello y bolso a mano. Acudía a cada llamado de mi padre para que atendiese en cama a mi madre, presa de recaídas en su salud. Parsimonioso, amistoso, no mostraba el signo de peso en la cara. Pero tenía sus momentos en que discurría entre broma y serio.

Una vez asistió a la playa a comprar pescados. Era una costumbre en los pedernalenses de los sesenta y setenta del siglo XX, ir a arremolinarse alrededor de las yolas de los pescadores, tan pronto como estos regresaran de sus tediosas faenas, mar afuera. Resultaba una lotería esperar a los vendedores ambulantes que recorrían las calles con un palo de escoba al hombro, cargado de ensaltes, a gritos de: ¡Pecao, pecao, pecao! La pesca era muy artesanal e indiscriminada, y había que llegar temprano para adquirir las mejores clases de pescados (chillo, mero, colirrubia). El loro o cotorra, guanábana, bocayate y otros no tenían valor, diferente a estos tiempos.

El pescador se resistía a venderle el producto al médico-militar, no se sabe por cuál razón. El comprador insistía, y nada. Entonces, le advirtió: “O me vendes el pescado o te meto preso”. El vendedor prefirió la primera opción.

En otra ocasión, ante alguien que no cedía, le increpó: “Oye, el doctor Heredia solo habla dos veces; la tercera, habla la pistola”.

Heredia pertenecía a la guardia, pero, en realidad, solo curó a muchos enfermos. En Pedernales no se le conoció historias violentas, sino humoradas.

A su hijo Santo se le ocurrió una vez irse a “tajuliar” con el Caprice Clasic del padre. Y para ello buscó a su gran amigo, el inquieto Perci (Percival Borroughs). Su periplo incluía la playa, punto importante para el figureo ante las féminas. La playa del pueblo fue un gran centro de atracción hasta que le robaron su arena y mataron sus manglares.

Al pasar frente a la zona de seguridad militar, camino al balneario, solo con ver el automóvil, el guardia se puso más derecho que un cadete de primer año, y gritó: ¡Ateeención! Santos siguió lentamente. Perci se había hundido en el asiento derecho y sobre su cabeza se había puesto el kepis del doctor Heredia. El militar se quedó dudoso al ver a otra persona con la prenda de un superior. Los esperó al regreso, y los detuvo. Los insultó de malas maneras, pero los perdonó.

El doctor Heredia había comprado a su par Villalona un carro Opel Kadette. Su hijo Santo –siempre Santo--  quiso probarlo con un viaje por las inextricables curvas que llevan al municipio Oviedo, al este del pueblo. Como acompañantes buscó a sus amigos, el hijo del juez Henry y a Negro Pay Guerrero. Donde le llaman “trinicolá”, volcaron con las cuatro gomas para arriba.

Un policía que pasaba, los encontró y dio la voz de alarma. Les llevaron directo al cuartel policial para notificar a la familia. Cuando el doctor Heredia llegó al cuartel, le dijo al comandante: “Déjelo ahí presos, hasta que se les pase el susto”.

El doctor Heredia procreó nueve hijos (ocho con doña Esperanza), y Santos es el único que ha seguido el tortuoso camino de la medicina. Murió el 13 de enero de 1997, a los 72 años, como capitán, luego de tres décadas de ejercicio profesional y mil y una historias en su memoria.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.