Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Radio Pedernales tiene sus cuentos

Cuando esta emisora inició su transmision de prueba, en 1971, provocó un mar de emociones y, poco tiempo después, cambios en los hábitos de informarse de la comunidad. En cada rincón del municipio cabecera y las colonias agrícolas, en los altos del Baoruco, solo ella se escuchaba, y sus primeros locutores eran especies de dioses con permiso para todo. La bocina comenzaba su camino triste hacia el cementerio de corotos.

Las radios de las viviendas tenían las agujas fijas en los 1,560 kilociclos Amplitud Modulada de la primera emisora de la provincia. Eso de FM ni en los sueños de los públicos estaba. Algunas estaciones haitianas se escuchaban nítidas, diferente a las dos o tres de la capital y Santiago, que, tras muchos malabares con antenas caseras, se captaban intermitentes, llenas de interferencias.

Al aire estaba la primera estación de la provincia. Y la gente desfilaba en tropel por la Duarte, hacia la orilla de la playa, donde opera la cabina, el transmisor, la antena y la planta de emergencia. El local está situado en un solar otrora celosamente cuidado por Nadim y Calín, igual que la planta y el transmisor. Un solar, antes hermoso, y ahora con imagen de potrero abandonado.   

Al llegar, los curiosos se arremolinaban en la sala de espera para mirar a través del cristal a ese hombre que, por un micrófono, leía anuncios, saludaba a las personas y colocaba música. La algarabía era permanente.

Muchas historias se tejieron en torno a este medio de comunicación. Su programación generalista, bien equilibrada, y sus locutores bien formados, con estilo ameno, nada bulloso, “atraparon” por mucho tiempo a las audiencias.

La comunicación telefónica no existía en la provincia. Pero los oyentes bajaban en motocicletas, vehículos de cuatro ruedas y a pies para hacer sus peticiones.

A menudo, la demanda era alta de servicios; por tanto, debían anotar los mensajes en papelitos que dejaban al locutor. La permanencia de público en cabina estaba prohibida, pero era misión imposible cumplir a pie juntillas la orden.

Estaban de moda cantantes de la talla de Sandro, Leo Favio, Leo Dan, José José, Fausto Rey, Yaco Monti, Los Ángeles Negros. Cada diciembre, el pambiche “El Martiniqueño” era como un himno, aunque no es navideño. Igual, los merengues de Félix del Rosario y Johnny Ventura.

Locutores y locutoras pasaron en aquellos tiempos por esa cabina, aferrados a la pasión por comunicar. Solo una muestra: Francisco Suero, Ramón Pérez Carvajal, Manuel Pérez y Pérez (Manolo), Fausto Ramón Matos Vargas, Rafael Polanco, Edel Matos, Solángel Méndez, Carlos J. Féliz, Milquíades Vargas, Francisco Pérez, Dalia Féliz, Dante Acosta, Lioni Amador, Julián Almonte y Tony Pérez (Bartolo Curú).    

PARRANDAS Y LOCUTORES

Ramón Pérez Carvajal (Ramón Tururún), el primo, fue el primer pedernalense en sonar como locutor en Radio Pedernales, como fue Manolo, hermano, el primer productor de programas culturales y comunitarios.

Era dueño de una voz timbrada, fuerte, hermosa. Ya él era muy conocido en el pueblo, por sus excelentes condiciones de enfermero en el hospital provincial Elio Fiallo. Ningún médico ni enfermera le ganaba canalizando venas. Lo que parecía imposible para otros, él lo conseguía con suma facilidad. Era famoso por eso.

En rol de locutor, exhibía una gran capacidad para empatar con los públicos. Saludaba a todo el que conocía, sin importar edades ni clases sociales. Nunca tuvo poses.

De él y de su estilo, muchas anécdotas, pero la más hilarante tiene que ver con Anse -a- Pitre, Haití.

Su padre, Yeyén, era un agricultor, a ratos un echadías, honesto a rabiar. Pero gustaba cruzar la frontera prohibida para empatarse con una negra que, al decir de algunos, era la mujer de sus sueños en aquellos días. De este lado, las haitianas tienen fama de ardientes y “amarrahombres” a ritmo de coco mordán. Yeyén, Teo el Pintor y otros hombres, con su práctica, daban fe de lo bien ganada de esa fama.  

Detrás de su negra iba él con su macuto al hombro, recipiente que jamás usó para traficar bebidas, armas y drogas, práctica común en estos días de falta de vergüenza y exceso de hipocresía. Una vez, sin embargo, una patrulla lo llevó preso porque, ya en territorio dominicano, le halló en su eterno macuto dos o tres aguacates verdes. En aquellos días aciagos, hasta el olor a clerén en la boca era motivo de maltrato a los ciudadanos.

Ramón Tururún sabía de los amoríos de su padre, no así la población. Un buen día, en la mañana, como de costumbre, comenzó a saludar a personas y familias del pueblo que le escuchabam por la emisora. Y se le ocurrió enviar “saludos cordiales, allá, en Ansapito, a Teo y mi papá Yeyén, quienes nos escuchan debajo de la mata grande de caucho”. Ese atrevimiento fue la comidilla de muchos días en todos los círculos sociales.

Francisco Suero (Chichí) llegó luego de Barahona a dirigir la estación. Su voz de barítono era impresionante. Si se lo hubiera propuesto, habría llegado hasta el “cielo”. Era estricto con el estilo asumido por la empresa. Cada locutor debía cumplirlo a rajatablas, so pena de sucesivos llamados de atención. Él era el primer oyente. Hasta del baño salía envuelto en toalla a reclamar el cumplimiento de las normas, pues vivía en la emisora. En el fondo, sin embargo, era un muchacho grande, compasivo. Nunca subía la voz; corregía sonriendo.  

Chichí Suero era débil con los tragos. No los evadía durante sus visitas cotidianas al lupanar de Campeche, al norte de la ciudad. Siempre iba al carrandal en su motocicleta nueva, que siempre conducía despacito, como un aprendiz. Y allá, casi siempre, se le olvidaba que debía abrir la emisora a las seis de la mañana del día siguiente.

Una mañana, tras una larga noche de juerga, le dio por abrir la emisora. Los oyentes que le seguían, amantes de la música vieja, notaron seguido la voz estropajosa propia de un borracho. Trabajaba hasta las nueve ante meridiano, y ese día, el horario parecía interminable. Parte de los anuncios eran leídos en vivo, y no los podía obviar.

Cuando le faltaban dos por leer en la tanda, el alcohol le hizo una mala jugada.  

“Farmacia Santa Rosa, donde venden los mejores pollos vivos y matados”. Ni cuenta se dio él del cruce de textos diferentes.

Chichí nunca quiso dejar a Pedernales. Se hizo querer por todos y ya no extrañaba a Barahona. Solo cedió cuando la muerte le dio el primer aviso de su enfermedad incurable. Pocos le recuerdan. 

TRAVESURAS DE TELELECO

En la emisora, los locutores Rafael Polanco y Francisco Pérez (Teleleco) eran sui generis.

El primero, un tipo seco, erguido, con cara de guardia trujillista, psicorígido con la puntualidad en su trabajo, no dado a parrandas. El segundo, un verdadero bohemio, le gustaba –le gusta--  beber tragos sin cesar, y cantar. Llegó a participar en un festival de la voz.

¿Quién no recuerda sus travesuras cuando le tocaba sustituir a Polanco? ¿Y quién no recuerda las reacciones inauditas de Polanco?

Lo llamaba por el micrófono para que llegara a cumplir con su horario. Y cuando esto no le resultaba, colocaba un disco kilométrico, se iba al pueblo a hacerle saber que la emisora estaba sola. Entonces, Teleleco agarraba su motor y corría por la Duarte abajo y, al llegar, comenzaba su trabajo, sin apuro.

Para esa época, pasó como practicante de locución, el fortachón Julio Gazón. Jugaba béisbol con los Bravos, pero era más conocido como maestro de karate en el Club Socio Cultural. Un día, cuando abrió el micrófono para dar la hora, Gazón dijo muy seguro: “En Radio Pedernales la hora… La una y pico”.

Eddy Vitor fue más allá. Como locutor novel, hijo de buena familia, creyó que su ocurrencia caería muy bien en la audiencia. Se pasó la semana anunciando que “algo grande ocurrirá, espérelo”. Los oyentes estaban en ascuas. El último día de trabajo de la semana, se pasó el programa anunciando lo mismo.

Y, en el minuto final, después de una fanfarrea, anunció: “Un día como hoy, a la hora X, pero del año Y, nació el niño Eddy Antonio Pérez Mercedes, hijo de doña Fulana y don Fulano…”.

Varios de sus amigos, presididos por Toñito el gordo, le esperaban en el parque central con palos en las manos para saciar su impotencia por aquel “bufeo”. Pero alguien le informó a tiempo al locutor cumpleañero.

De mi, poco qué contar. Solo que conquisté una audiencia jamás pensada, pese a la timidez. Y que, a final de 1979, cuando ya me había inscrito para estudiar en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, y me preparaba para renunciar al trabajo, la gerencia general de la Cadena Fronteriza, en Barahona, delegó en el ingeniero Cavallo para que viajara a realizar una reunión con el personal de la emisora.

El señor se mostró amigable, receptivo. Preguntó por las inquietudes. Y yo, al notar un silencio hondo, me atreví a hablar. Resalté: “La antena se cae por la salinidad, el transmisor y la planta se dañan mucho, la cabina se deteriora… y los salarios de los locutores no se corresponden con el trabajo. Vienen turistas y nosotros somos la imagen de la empresa”.

Él saludó la sinceridad del joven expositor. Aceptó las críticas. Y se marchó “satisfecho”.

A la semana siguiente, llegó mi cancelación. Hubo un escarceo de algunos empleados por el “abuso cometido”. En algunos leí verdadera identificación con mi caso, y a esos les confié: “Sigan trabajando tranquilos que no puedo seguir aquí aunque me paguen millones, pues ya entro a la UASD”.

Un año después, en la capital, ganaba yo El Dorado y recibía la Medalla del Gordo (Freddy Beras), como productor-locutor infantil (El Mundo de la Infancia). Premios que dediqué a los niños de mi provincia. Volví a ser parte de tal premio como locutor de Sábado Viejo. Y más tarde gané el Micrófono de Oro como locutor de noticias de Radio Mil Informando. La cancelación ayudó a sembrar aquellos hitos para la locución pedernalense.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.