Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Los Robles de la Juan López

La calle Juan López es la más icónica de la provincia Pedernales, en el extremo  suroeste del territorio dominicano. Y tal vez la más ancha del país. Pero también la más olvidada.

En sus entrañas guarda relatos alegres y tristes, protogonizados por familias humildes que, durante casi un siglo, le dieron brillo a pulso de dignidad, aunque muchos solo la recuerden como “calle de los perros”, por la profusión de canes domésticos acostumbrados a correr detrás de los motociclistas y ciclistas hasta tumbarlos en ocasiones.

De unos 200 metros de largo por unos 15 de ancho, en dirección norte-sur, representa el origen de este pueblo sometido al empobrecimiento progresivo, hasta dejarlo casi exánime. Sabana de Juan López le llamaban a aquel pedazo de tierra dominicana, en honor a un hacendado migrante español que –dicen-- vivió allí a finales del siglo diecinueve.

Los Robles: Sulina y Macho Bao, Carmela y Caonabo, Curú y Zora, José Altagracia y Antonia, Julia Ñañá, Jembra y Chechén, Memén y Celestina, Nemia, Beata, Pellín, Tulia y Boyó, Mandín, Riquita, Gina, Minerva, Nonoi, Antonia Purra, Morales y Rosa, Gelín, Chimbé y Tututa, Mimina, Ulises y Nola, Tila y Ña, Ozema, Ángel, Minita, Isabel Ledesma (La comadrona), Buenamoza y Fabio, Gina y Goga, Nola, Tututa.

Eran personas de trabajo. Vivían en general de la agropecuaria y del cuentapropismo, y, hasta donde se sabe, se caracterizaron por la honestidad y la solidaridad hasta la muerte, valores que inculcaron a sus proles. Unos muy dóciles; otros quisquillosos, todos dignos de un homenaje nunca hecho.

Sulina, hermana de mi papá Curú, y esposa de “Macho Bao”, vecina de toda la vida, era una “masa de pan”, superdadivosa. Excelente cocinera y mejor comedora. Su comida era apecida por vecinos. Como su familia, hablaba mascullando, sin nunca subir la voz. Diferente a Macho Bao, que era de carácter fuerte y tacaño, pero muy trabajador.  

Sulina no jugaba con la comida, ni siquiera en sus horas de agonía. Pese a los achaques de la diabetes y otras enfermedades invalidantes, solía comer.

Cuentan que un pariente cercano le reclamó una vez que no comiera porque estaba muy mal, a lo que ella habría contestado: “¿Y qué tiene que ver la comida con la muerte”.

Caonabo era “enredao”, seco; pero Carmela, su esposa, era una mujer especial: católica full que practicaba lo que pregonaba. Amable, empática, tenía la capacidad para atraer a la galería de su casa a los “tigueritos” vecinos y sus nietos, a quienes, en cualquier tarde, con especial gracia los deleitaba narrando cuentos infantiles. Nos acostumbró a sus historias fantásticas, y, cuando no podía, mucha falta nos hacía. Caonabo se molestaba con nuestros juegos de béisbol en la calle, y, como Julia Ñañá Chechén y Celestina, a veces nos incautaba las pelotas que caían en su vivienda. ¡Cuánta rabia nos daba a Alito, Bebeto, Leonel, Mon, Pipe y a mi!

Jembra era una mujer flacucha, peliona, pero cariñosa y trabajadora en su hogar, donde siempre había un hervidero de hijos, nietos y amigos, husmeando comida. Pero ella no era tonta. Cuando cocinaba, que era siempre, era la primera en apartar “su plato”. Recuerdo que repetía: “Yo no soy pendeja, no soy como Zora”. Aunque era mucha la comida cocinada, la demanda de comelones resultaba más alta. Ella lo sabía, era precavida.

Julia Ñañá no tenía comparación. Era un azote para los mozalbetes de la época; vieja resabiosa y a ratos prosaica. Cuando reía, lo hacía con gusto. Vendía carbón y gas kerosene para las lámparas; el servicio eléctrico era muy deficiente. Y vendía pan de agua y dulce de coco. Así que no era raro si el chele de pan y el dulce que comprábamos, sabía a gas. Pero ya estábamos acostumbrados.

Lo más duro de ella eran sus celos irracionales por unas “quenepas” (limoncillos) que paría cada año su árbol, justo el frente la vivienda, contiguo a la calzada. Impublicables los improperios contra los muchachos que cruzaban a velocidad meteórica y, con un salto, le arracaban algunas unidades. Cuando ya no podía con la osadía de los  “ladrones, desgraciaos”, agarraba su mecedora de guano, la colocaba medio a medio a la acera, y se sentaba por horas, con un palo de escoba a la mano. Era su rutina, hasta que pasara la producción. No siempre lograba contener las destrezas de los jovencitos de la Juan López y de otros lugares.

Nemia vivía al lado, taciturna, siempre en sus afanes de la única iglesia evangélica del pueblo. Hasta que un día la vi sentada en una silla de ruedas, con una pierna menos, a causa de la diabetes. De esa iglesia también eran Beata y Ñoña.

Más arriba vivía Mimina, quien se pasaba las horas haciendo pabilos para las populares velas de cera de miel de abejas que fabricaba mi abuela Nenena, una mulata larga y flaca de ojos verdosos, muy simpática, que murió cuando quiso (la única que conocí).

DE PICADO A MONDONGO

En la casa de Sulina resaltaban algunos detalles. En el traspatio había una casita de madera de la que ahora solo quedan rastros tristes representativos de las penurias actuales del pueblo.

Macho Bao guardaba ahí sus aperos de labranza y de sus mulos. Par de veces vi aquella casita repleta de cebollines. Era resultado de una sobreproducción inesperada de las siembras su hijo Vetilio, quien no tuvo más que vender la libra a precio de vaca muerta. No quedó con gusto de volver a sembrar el bulbo. Pero ascendió en la política, y lo eligieron síndico del municipio, con tan mala suerte que fracasó porque era “muy pendejo”, “no robaba”.

En ese patio, sus hermanos Damero y Beján tenían una gomera informal. Pero tenía la peculiaridad de que, a ratos, muchachas como las primas Leonidas y Elsa tomaban la mandarria y el “clinche” para sacar los aros y tapar los pinches en los tubos.

La demanda mayor de los negocios de la familia Sulina-Macho Bao, la tenía, sin embargo, el “picao” de Sulina. Frente al caldero grande sobre el fogón, la fila de cantinas era larga al caer la tarde. Cada vecino trataba de llegar temprano para colocar la suya primero y comprar el picadillo de las masas y tuétano de la cabeza de vaca salcochada previamente.

Al final de la Juan López, hacia el norte, estaba Minita, la otra hermana, con su mondongo famoso, irrepetible por el sabor y la higiene.

Ya mitad de camino, la casa-bar de Liliam Leonor, siempre concurrida porque sus neveras funcionaban con gas kerosene. Las cervezas siempre estaban relativamente frías.

LOS BRAZOS DEL TIRANO

A Pedernales habían llevado un grupo de japoneses que luego subieron a la loma y se establecieron como productores. Antes de partir, cambiaron sus habituales bicicletas por burros porque los necesitarían más para el transporte de los productos. Ostrín, que luego fue profesora, tuvo la habilidad de buscar afanosamente un asno para hacerse de una. Y lo logró.

El “Informador Policíaco, con el suceso de hoy” era un programa radiofónico dramatizado, muy escuchado en Pedernales. Había pocos receptores en la comunidad, pero los vecinos se las ingeniaban para agruparse y hacer una escucha colectiva. Los dueños de los radios hacían malabares para captar y mantener la señal de la emisora que lo trasmitía desde la capital.

El relato de aquel día estaba basado en la agresión de un hombre a una mujer. ¡Toma, toma…! Mientras, la mujer gritaba por los golpes del despiadado macho: ¡Ay, ay, ay!

Y el viejo Chechén, que estaba entre los asiduos oyentes del grupo, se enrojeció, chasqueó los dedos, se quitó el sombrero y criticó:

¡Carajo! ¿E que aquí no hay hombres?. De inmediato se puso de pies y se marchó murmurando.

Julia Ñaña tenía un hijo guardia, que vivía en la capital. Un buen día, él le llevó como regalo un radio. Ella luchó para hallar el botón de encendido, y, cuando lo logró, lo primero en sonar fue una frase de un diálogo de una radionovela: ¡Caíste en la trampa!

Ella, presurosa, reaccionó: “¿Caer en la trampa yoooo? Mejor te apago, radio der diablo”.

Una escena triste marca la historia de los Robles de la Juan López.

Don curú vivió hasta su último aliento entre la Oficilía Civil y su conuco de Los Olivares. De vez en cuando desmontaba su predio para sembrar productos, como maíz y habichuelas. Era un hombre metódico a rabiar, y eso se reflejaba en el orden predominante en el perímetro de sus 50 tareas. Los palos de bayahonda que cortaba, los usaba para hacer un horno y usar el carbón en la casa. Otra parte lo regalaba a familias y amigos.

Eso era rutina en él, hasta un día de la era de Trujillo en que el poder corrupto decidió fastidiarle.

El funesto mayor Almánzar le mandó a decir que le “vendiera” un saco de carbón. Él se lo regaló. Pero el oficial ordenó que le “vendiera” más. Él le respondió al emisario que ese producto era para consumo familiar, y no había más. La respuesta fue el envío de una patrulla a buscarle preso a la misma casa. Él se resistía a salir, mientras los verdugos con fusiles, amenazaban. Los vecinos más cercanos, Chechén, Macho Bao y otros, le pidieron que saliera de la casa y permitiera que le llevaran preso. Y así lo hizo él.

Aun vistiendo la ropa sucia del conuco, se lo llevaron con el saco atestado de carbón sobre la cabeza hasta la misma casa del mayor Almánzar. Pretendió humillarlo con poder, pero sin moral.

Esa Juan López hay que rescatarla, adoquinarla, convertirla en peatonal y abrir museos, si es posible. Reconstruir y hermosear sus casas; refrescar los valores perdidos de su gente originaria. Quizá se enteren de esta propuesta, los retóricos del turismo.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.