Oye País


De vocingleros y bullangueros

“Ofende quien puede, no quien quiere”. La nota del refranero popular encaja a la perfección a las pretensiones de un grupito de vocingleros profesionales, que por sus formas altisonantes de debatir creen poder apabullar a quienes critican por no estar de acuerdo con la ‘verdad’ que dicen proclamar.

Esta reflexión viene a cuento por las airadas e irracionales reacciones de algunos de esos vocingleros -con aires doctorales y de intelectuales de prólogos-  sobre las opiniones y conclusiones que sobre el desplome de la denominada ‘marcha verde’ me permitiera recrear en un análisis político que publicara la semana pasada en el Listín.

Asistimos al último de los alaridos de ese grupúsculo que por mucho tiempo ha tratado de dictarle pautas a esta sociedad, bajo la espada del terror mediático que despliegan en sus manos, que pretenden mostrar como limpias, pero de las que se cuela la podredumbre que llevan en sus entrañas, unas fruto de la frutración social, otras de sus frustraciones e incoductas morales, escondidas con rigurosidad para que no vayan a salirse del closet.

Una pretendida cruzada contra la corrupción ha sido el último grito de algunos de esos 'patriotas'. Una cruzada que tiene sus blancos favoritos, a quienes pretenden apabullar con su bullanguería cotidiana, mientras buscan ocultar, en el fondo de su baúl de alcoba, a patrocinados, acólitos y retorcidos de ocasión o compinche. 

El caso Odebrecht parecía el tema perfecto para esos que tratando de ganar una notoriedad que no han logrado por reconocimiento de la sociedad, sino por el chantaje a que recurren y que aplican mediante la difamación y la malidicencia. Pero también de otros que creyeron ver la 'luz de la salvación' que los sacaría del ostracismo en que viven, rabiando sus frustraciones para con la sociedad. 

La torpeza a que lleva el fanatismo y la sobrestimación de su mundo de fantasías, son de las causas de que se aborten las pretensiones de postrar a una sociedad harta de tantos farsantes.

No contaron los complotados con que el Estado daría los pasos acertados para tratar de controlar el cáncer de la corrupción. Como tampoco contaban con que Odebrecht, por ejemplo, cumpliría los compromisos contraídos para enmendar sus pecados y que el acuerdo con el Gobierno, vía la Procuraduría General y la Justicia, sería motivo de ejemplo para que otros países --Panamá, Perú-- lograran conciliar con la gigante mundial de la construcción. 

El país recupera, con el duplo como multa, los montos del admitido soborno al tiempo que tiene abierto el proceso judicial que corresponde, encartando imputados para que sean los jueces que decidan en consecuencia.

Ante realidades tan contundentes, la denominada ‘marcha verde’ se desinfla, toda vez que, concomitantemente con los pasos que da el Estado al asumir su responsabilidad frente al delito admitido, los aparentes cabecillas del movimiento siguen dando tumbos en el mar de sus propias confusiones que van entre egos de liderazgo y enfermizas elucubraciones sobre un 'cambio radical' del status quo, por la vía de la presión callejera popular.

Los más radicales de mente --toda vez que su 'fortaleza' radica en los niveles de sus rabietas, amenazas y difamaciones-- apuestan a la disolución del Estado, como expresaran en el desaguisado denominado 'manifiesto ciudadano III', mientras otros se hacen la idea de convertirse en partido político para tratar de ganar el poder en un proceso electoral, bajo la ilusión de que se convertirán en los líderes de todo el que marchó aquel 22 de enero contra la corrupción y la impunidad.

El tiro de gracia que ha 'desatado los demonios' de esa claque anti institucional, lo ha asestado el Gobierno, actuando con una inteligencia que no le presumían  los ‘marchantes de verde’, al no hostilizarlos ni respondieron. En conclusión, ignorarlos. 

No es con ‘conversaos verdes’, ‘foros’ o con bravocunadas, intentos de descalificar, esfuerzos por desacreditar, que esos 'intelectuales' y 'niños cantores de Viena' van a atemorizar a esta sociedad y/o a los que también tenemos cabeza amueblada, boca y coraje para lidiar con esos vocingleros y bullangueros, a quienes en definitiva la población --como decía el senador Adriano Uribe Silva-- les oye, les aplaude y les aplasta.

Y punto.

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Sobre el autor

Periodista. Fue director del vespertino Ultima Hora (1992-2003), director del diario El Expreso (2001-2003), Corresponsal de The Associated Press (1968-1992), Vicepresidente de la Comisión de Libertad de Prensa y miembro de la Junta de Directores de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) (1994-2003), Director del Semanario Diario@Diario y del periódico electrónico diarioadiario.com, Director de la Agencia de Noticias y Temas Nacionales (ANTENA) (2006-2012), Productor y Conductor de los programas de televisión Diario de la Noche, Diario de la Mañana, Amanece 23 y Oye País.