Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Memoria de Pedernales

En 1978, elpresidente recién electo, hacendado Antonio Guzmán, había designado como gobernador de la provincia fronteriza Pedernales, en el extremo suroeste del territorio, al profesor de escuela pública Ruperto Vólquez Medrano, un mulato menudo y empático que, cuando agarraba un micrófono para pronunciar un discurso, dejaba boquiabierto al público. Se agigantaba, sin imaginar nunca su destino final.  

Poco antes, yo hacía pinitos como locutor en Radio Pedernales, gracias a mi hermano Manolo, lector febril, culto y carismático locutor, pionero de los programas de radio de la provincia. Él, ante mi insistencia, había diligenciado mi ingreso a cabina con el director Francisco Suero (Chichí), un tipo campechano con una voz de trueno envidiable que, sin embargo, poca importania le dio; como no le dieron mi primo-hermano Ramón Carvajal (Ramón Tururún), hijo de mi tío Yeyén y de doña Consuelito, y mi hermano Manolo. Ramón era dueño de una hermosa voz, y fue el primero en identificar la emisora. Él y mi hermano han muerto a destiempo.

Mi primera fase en RP fue mirar, colocarme detrás de locutores como Teleleco y Tony Polanco… La idea era aprender de sus destrezas en el manejo de la consola, la carctuchera, el micrófono, la lectura de anuncios, presentación de artistas, conducción de los programas. La técnica y el estilo eran fundamentales en tal proyecto. Con eso, no jugaba Chichí, quien había sido enviado desde Barahona por los ejecutivos de la Cadena Fronteriza de la Dominicanidad (varias emisoras).

El tiempo asignado para mis prácticas era muy limitado: 12:30-1:00 de la tarde, lunes a viernes, en Instrumentales Populares. Pero yo iba a otros programas, a cualquier hora, para avanzar. Y avancé, pues, cuando ciertos locutores se embarcaban en sus parrandas memorables, no era rara su impuntualidad y su ausencia en los horarios de trabajo asignados. Y yo aprovechaba. A ratos, deseaba que fuesen eternas sus bebentinas en sitios de “mala muerte” y otros familiares, porque faltaban a sus compromisos, y eso me abría la oportunidad de practicar más tiempo en la estación.

El colega Julián Almonte hacía lo propio, y, a veces, salíamos durante las noches de la emisora hacia la cocina de su casa de pobre, en la Duarte arriba, a tragarnos algunos guineos verdes, salcochados por su querida madre, con poco o nada de “compaña”, para luego salir a caminar y caminar por esas calles semioscuras pero seguras de mi pueblo.

Y resultó, la táctica… Había metas definidas.

Pronto estaría yo nimando en programas de “música viva” y haciendo maestrías de ceremonia, a petición de entes sociales de la comunidad, incluidos los políticos. Y Ruperto fue uno. Varias veces le auxilié durante sus batallas, como locutor. 

DE RUPERTICO A MARCHENA

No bien se había posesionado en el cargo de gobernador, el representante del Poder Ejecutivo, Ruperto Vólquez Medrano, me invitó a su despacho.Y allí, justo frente al parque Duarte del municipio cabecera, me presenté temprano de una mañana. Confiaba en él, en su ética.

“Bartolito”   --me increpó. Bartolo Antonio Pérez y Pérez es mi nombre de pila. El prestigioso y ético locutor Jesús Rivera prefirió Tony, de Antonio, y uno de mis apellidos, Pérez.    

--“Dígame, señor”—Le respondí.

--“Le diré algo, que no sé si le gustará”.

--“Quiero que me acompañe en esta misión, y que esté a mi lado. ¿Qué puesto quiere?”.

--“Gracias, profesor, pero no puedo; a lo único que aspiro es a estudiar,  y me voy a la universidad”.

--“Lamentable; pero, dígame, en qué le apoyo”.

--“No, en nada. Le agradezo”.

Poco tiempo después, marché hacia la “metrópoli”: Santo Domingo. Jamás volví a oír su voz. Un mal día me enteré de su muerte repentina. En el pueblo cuentan que lo mató la mala política. Denunció contrabandos de “azucar” por la frontera, y el Gobierno, su gobierno (ahora PRD/PRM), lo desmintió.

Años después, en los noventa, me confirmó esa versión un exprocurador de la República, compañero de trabajo en Radio Mil, quien –según su versión-- integró un comisión para desmentir al inquieto gobernador. Dicen que a Ruperto, “roble del PRD”, lo mató la vergüenza, la dignidad.

A la vuelta de los años, Leonel Fernandez y Jaime David Fernández eran Presidente y Vicepresidente (1996-2000). Onofre Rojas había sido designado director ejecutivo de la Comisión de Reforma y Modernización del Estado. Roberto Rodríguez Marchena fue, a su vez, designado como director de la  oficina de comunicación. Marchena trató de motivarme para participar en política en mi pueblo, y, como publicitario, hasta comenzó a hacer un diagnóstico. El vicepresidente Fernández Mirabal, también había entenido lo mismo (no sé si lo recuerdan).

A ellos, como a otros, después de agradecerles, les he dicho: “Jamás iría a mi pueblo a conquistar un público y un cargo electoral con un discurso bonito, pero sin la mínima sintonía con la dura realidad que viven los compueblamos allá. Puedo hablar bonito, lo sé. Pero un pedernalense de pura cepa, jamás negociaría su dignidad a cambio de resolver sus problemas económicos personales, mientras el pueblo se hunde en el ostracismo por la irresponsabilidad eterna de los gobiernos y el silencio cómplice de otros. A nada he aspirado nunca; a nada aspiraré, salvo que nuestro pueblo supere al de antes en calidad. Y eso no ha sucedido.   

Así, todo el quiera que este gobierno salga a camino --y yo soy uno--, tiene que decirle la verdad a la sociedad: Pedernales no aguanta más demagogia. La pobreza tocó fondo.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.