Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

La desgracia de la mujer… y del hombre

Hay hombres, muchos hombres, que miran a la mujer como objeto de consumo.

Y hay mujeres, muchas mujeres, que se ofertan como tal. Y viceversa.

Hay hombres, muchos hombres, que “casan” con una mujer para suplir la ausencia de sus madres.

Y hay mujeres, muchas mujeres, que asumen ese rol sin el menor rubor (lavar y planchar la ropa, cocinar, limpiar la casa, atender la prole y hasta aguantar malcriadezas). Y viceversa.

Hay hombres, muchos hombres, que “regalan” dinero, apartamentos, vehículos, viajes de placer, celulares y prendas, a cambio de lujurias, “fidelidad” y control al derecho de la libertad de movimiento.

Y hay mujeres, muchas mujeres, que ofertan lujurias, “fidelidad” y esclavitud a cambio de esas dádivas porque –comentan orgullosa--  “hay que resolver”.

Hay hombres, muchos hombres, que se ufanan de su “alto poder de persuasión” a las mujeres.

Y hay mujeres, muchas mujeres, a quienes les encanta que las “persuadan”.

Hay hombres, muchos hombres, infieles.

Y hay mujeres, muchas mujeres, tan infieles como ellos.

Hay hombres, muchos hombres, abusadores de las mujeres.

Y hay mujeres, muchas mujeres, abusadoras de los hombres.

Hay hombres, muchos hombres, que solo les interesa el cuerpo torneado de la mujer con cerebro de cucaracha.

Y hay mujeres, muchas mujeres, que se esfuerzan para cumplir esos requisitos del macho porque de él solo les interesan su dinero y sus “cuadritos de gimnasio” y esteroides. 

Hay hombres, muchos hombres, pedófilos.

Y hay madres, muchas madres, que brindan sus hijas menores al primero que les parezca acomodado.

Hay hombres, cada vez más hombres, convencidos de que el amor no existe, que se compra y se vende.

Y hay  mujeres, cada vez más mujeres, que entienden lo mismo, pues solo vale el “con qué tú cuentas”.

Hay hombres, cada vez más hombres, dispuestos a matar mujeres, y matarse, si las mujeres les “dan un tumbe”.

Y mujeres, cada vez más mujeres, dispuestas a matar hombres, sin matarse, pero en la cárcel.

Hay hombres, muchos hombres, malos con las mujeres.

Y hay mujeres, cada vez más mujeres, que, en perversidad, compiten metro a metro con los hombres.

Muy grave el panorama. Pero no se ha perdido la guerra.

Hay hombres, muchos hombres, buenos.

Y hay mujeres, muchas mujeres buenas, trabajadoras incansables, excelentes madres. Como hay hijos e hijas con la mejor educación doméstica.  

Solo que los medios de comunicación no visibilizan el accionar de esa gente de calidad que vive –o malvive-- en todos los rincones del territorio dominicano. El marco de referencia que le ofertan a la sociedad es un mar de conflictos y sangre. Ese es el desayuno, comida y cena de los niños y de las niñas, sin un huequito para “una merienda” de paz y esperanza.

Hay hombres, muchos hombres, buenos, trabajadores, hijos modelos, buenas parejas, buenos padres, buenos ciudadanos aun en la pobreza.

Y hay mujeres, muchas mujeres, con iguales condiciones.

Solo que las políticas estatales de “prevención” del feminicidio nunca se han zafado de tinte comercial que refuerza el problema en vez de contribuir a resolverlo.

Con la mediatización del hombre como demonio y la mujer como víctima, más las leyes aplicadas con prejuicio y sin reflexión, entre él y ella se ha construido un océano de desconfianza y enemistad casi imposible de vadear. Un océano que ya mojado tal vez a millones de dominicanos. No es fortuita la ojeriza de una mujer respecto del hombre; y del hombre respecto de la mujer.

Un vistazo al historial de campañas de “prevención” muestra una ausencia de los conceptos amor y entendimiento, y un predominio de la mujer abatida, re-victimizada (moretones, bañada en sangre, tirada como una basura). Ninguna o poca diferencia con el amarillismo de siempre.

La radio, la televisión, los periódicos y las redes sociales huelen al ocre de la sangre humana. Las telenovelas, las películas, los discursos de los opinantes, las fotografías y los titulares en los periódicos, la publicidad que inocula pasión el consumo desmedido y el sexo, mientras subestima al que nada tiene, o, al menos, al que solo posee dignidad… Todo eso, y más, pronostican un futuro cercano más sombrío que el presente que sufrimos, como si fuera insuficiente la desgracia de las mujeres… y de los hombres.

¿Podemos cambiar para bien?

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.