Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Mal presagio

En República Dominicana, un país caribeño con 9 millones de habitantes mal contados, nos hemos montado en el barco de la violencia sin fin. Hemos cambiado la prudencia por el ruido y la descalificación moral; la solidaridad por el golpe bajo, el chisme y la hipocresía; el diálogo, por la arrogancia, el oportunismo y la agresión… Hemos enviado de vacaciones a la señora razón para que ni advierta nuestros desvaríos. Grave; mas, muchos medios de comunicación reproducen y ayudan a construir este mar de sangre, antesala del caos generalizado. Más grave. 

Las cifras impiden mentir: al menos cien mujeres asesinadas cada año por sus maridos, y éstos, en consecuencia, se han suicidado o pagan condenas de hasta 30 años, si no han escapado. 18,800 personas (16,495 de ellos hombres) muertas entre 2007 y 2016 a causa de “accidentes de tránsito”, según ha informado la Oficina Nacional de Estadística. Primer lugar en América y el Caribe en morbimortalidad por esta causa. Durante los últimos doce años hubo 26,760 homicidios (2,147 por año), mientras hay más armas de fuego en manos de la población que verdolaga en el campo.  https://www.listindiario.com/la-republica/2017/07/26/475645/matan-2147-personas-cada-ano-en-rd.

Han devaluado la vida; matar o matarse es como un placer. Cada quien cuenta con su tribunal para el juicio sumario. “Accidente de tránsito”, asesinatos, homicidios… da igual: muertes evitables. Sufrimos una epidemia de violencia, el gran problema de salud pública de estos tiempos. Es que muchos quieren acumular riquezas a la fuerza para vivir la “buena vida”, la de los excesos y de la burla a los demás. Otros, sencillamente se sienten súper poderosos, inmortales, y les da un bledo eliminar a seres humanos. Y eso exige una mirada responsable, integral, alejada del oportunismo económico y político, salvo que aspiremos a hundirnos todos.

¿Responsables? Los políticos de todos los partidos, que solo gritan el qué, pero nunca ejecutan el cómo. Muchos son dioses en la oposición; demonios, cuando llegan. Los empresarios que, en su eterno afán de lucro, acometen cualquier proyecto sin importar el destino de la nación.  Los profesionales de todas las áreas que ni se inmutan por exprimir a sus clientes. Las familias que celebran los bienes adquiridos sin trabajar por parte de sus hijas e hijos. Los gobiernos, porque no han podido con el empobrecimiento...

Responsables, los medios de comunicación y periodistas que justifican su existencia reproduciendo sin rubor basura fétida, publicidad engañosa, descontextualizaciones y metodologías del crimen internacional al granel… Morbo, más morbo. Bulla, más bulla. Mentiras, más mentiras. El dinero es su fin y su medio; la misma matriz de muchos políticos. ¿Aliados estratégicos?   

El abismo es grande; el pesimismo gana terreno. Y muchos lavándose las manos, muchos culpables derivando culpas sin asumir ninguna.

¿Imposible salir de ese embrollo? No. Porque así como caímos en el hoyo, podemos salir. No éramos así; hemos construido este caos desde nuestra paz, por omisión o comisión. Podemos, entonces, des-construirlo para volver al redil. Nada de cruzarse de brazos. Un segundo más de indiferencia implica otro pilar de acero para el desorden.

Ahí están las personas buenas para retomar el rumbo: en  el Gobierno y en la oposición; y fuera de esos dos escenarios. En todas partes. Solo que la apatía por la lucha es su Talón de Aquiles, mientras los malos pululan por doquier como fuerza compacta alimentada por la tragedia que sufre el pueblo, edificada por ellos mismos. Y ese es un mal presagio.

Los buenos han de unirse para reflexionar sobre el estado actual de la sociedad dominicana, y plantear acciones sostenidas para enderezarla. Al menos para disminuir la cantidad de sangre derramada. Los segundos cuentan.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.