Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Un perrito en La Habana

LA HABANA, Cuba. Montar en un avión para viajar a cualquier país, para mi, siempre ha resultado una verdadera odisea, y más a partir del 11 de septiembre de 2001cuando dos aviones fueron chocados contra las simbólicas torres del Word Trading Center, y provocaron su derrumbe. Venir a la capital de esta isla caribeña no ha sido excepción.  https://mx.tuhistory.com/hoy-en-la-historia/ataque-terrorista-derriba-las-torres-gemelas-en-nueva-york.

A media mañana del domingo 15 de octubre de 2017, pasé bien la rutina tediosa de Migración y Aduanas del "Aeropuerto Internacinal de las Américas o José Francisco Peña Gómez": quitarme los zapatos, la correa, el reloj; despojarme del celular, bolígrafo y hasta las mentas del bolsillo izquierdo de mi camisa, para depositar en una platina que sería expuesta a los rayos equis. Un guardia joven y grosero me ordenó cruzar el control de metales y, seguido, hizo señales para que levantara los brazos y abriera mis piernas. Me dijo en tono seco: ¡Avance ya, todo bien!. Descalzo, salí detrás de mis enseres.

Luego, frente al mostrador de la compañía Pawa Dominicana, le solicité amablemente a la joven que "me gustaría un asiento en la ventanilla". Accedió. Solo que no advertí cuál ventanilla; ella no me advirtió sobre aquel infierno, aunque seguro lo sabía. Atrás, justo al lado de la turbina derecha, me esperaba lo peor.

El avión, un M-83 de la Boeing, ahora se movía sobre el paseo. Iba hacia el punto de despegue de la pista. El ruido era pasable para mi oído resentido. Hasta que comenzó a correr, a correr... y a despegar. Subía. Subía. Las turbinas comenzaron a rugir cada vez más fuerte. El ruido subía, subía, y se mulplicaba con un eco insufrible, un trueno infernal, como si la nave careciera de aislantes. En realidad, lo sentía como un motor cansado de un camión viejo cargado de piedras y pulseando con una cuesta.

La tortura no cesó hasta el aterrizaje sin contratiempo en el Aeropuerto Internacional José Martí, donde se abrió una compuerta y colocaron una escalera. Un autobús llegaría minutos después para el traslado a las áreas de Migración y Aduanas.

MÁS DUROS

Aturdido, con dolor en el oído derecho, seguí el orden de la fila. Pero, al llegar frente a una ventanilla de Migración, una joven poco simpática chequeó mi pasaporte, me miró a la cara y ordenó: "Quítese los lentes y mire a la cámara". Diligente, lo hice. Volvió a mirar el documento y el permiso de entrada y salida otorgado por la Embajada Cubana en República Dominicana. "Espere un momento", expresó y se marchó con mis papeles. Le vi consultando con otra mujer, tal vez con rango superior. Un minuto después regresó y me instruyó salir de la fila y esperar en un lado: "Vaya a la correa y espere su maleta, por favor, y luego diríjase allá, al fondo, al área de Aduanas, y dígale a una de ellas que le revisen, y vuelvan por su pasaporte", instruyó.

La faja transportadora o correa tiraba, a ratos con violencia, maletas y maletas. Sus dueños las recogían y se marchaban. Y más maletas, y sus dueños las recogían. Ya no salian. Se detuvieron los "rieles" por unos minutos. Luego, cuando ya partía para reclamar, vi que venìa la mía, solitaria... y rota. Eran poco más de las cuatro de la tarde.

Caminé raudo en busca de la persona de Aduanas para que procediera a la revisión autorizada. Una joven menos recia que la anterior, con un bolígrafo y un papelito a manos, se puso frente a mi. Detrás habían quedado mi maleta rota durante el viaje y el bulto de mano. Ella comenzó con el interrogatorio: nombres, apellidos, procedencia, motivo de viajes, oficio, quién lo autorizó, hacia dónde va... Escribía rápido; me miraba... De repente, extrañé mi maleta rota y mi bulto de mano. Cuando giraba hacia la izquierda para ubicarlos, ella advirtió: ¡No, un momento, deje que el perro actúe! Pero "la curiosidad mató al gato". Por el "rabo del ojo" vi un perrito dando vueltas como un trompo alrededor de mis pertendencias. Parecía un perro loco, olfateándolo todo. No sé si lo hacía por unas pastillas y miscelaneas que cargaba, o si era su temperamenteo, o si se había emocionado con el olor a orina de uno de mis chihuahuas que, poco antes de partir de Santo Domingo, levantó su patita  trasera derecha y se meó en mi maleta aun sin dañar, o si percibió en mis zapatos el olor a mis diez perros. 

Cuando el can terminó su tarea, la agente me mandó a colocar la maleta ya rota y el bulto de mano en el área de rayos equis (o y, o z, o no sé qué letra). Nada. Luego, me envió a la agente de Migración original, quien me entregó pasaporte y permiso: "Disculpe, se trató una selección al azar. Bienvenido a Cuba. Suerte en su diplomado". ¿Por qué a mi?

Salí de allí con la garganta seca y las mandíbulas duras, solo pensando en las penurias que sufre cualquier mortal que se considera, como ha dicho P. Mayer, "aprendíz de todo, maestro de nada", lejos de la maldad, lejos del terrorismo.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.