Vivir en la ficción

Esta columna usualmente tratará temas relacionados con la cultura y la política internacional

Periodismo y literatura: una frontera difusa (3)

A medida en que avanzaba el siglo XX los géneros literarios empezaron a descomprimirse, a zafarse de la camisa de fuerza que los encasillaba dentro de determinados parámetros. Así surge la prosa poética, por ejemplo, una combinación de poesía salpicada de la mejor prosa o una prosa salpicada de la mejor poesía. Y a medida en que los teóricos de la literatura van cediendo en sus posiciones ortodoxas el periodismo y la literatura empiezan a converger, a acercarse. A ese acercamiento contribuyó el surgimiento del movimiento conocido como Nuevo Periodismo, que surge en Estados Unidos desde la década de los sesenta del siglo XX. Escritores como Tom Wolfe, Truman Capote, Norman Mailer, Gay Talese, entre otros, revolucionan al periodismo y a la literatura. En América Latina tabién hemos tenido destacadas figuras de este movimiento, incluso todo el que está en el medio conoce del movimiento Nuevo Periodismo Iberoamericano, creado por Gabriel García Márquez.

 Hoy, ya casi se admite una categoría nueva en el mundo de la escritura, son aquellos libros degenerados, esto es, que no se ciñen a las reglas tradicionales de ningún género, pero que en gran medida los contienen a todos. Es decir, que son una espléndida combinación de poesía, narrativa y periodismo.

Quiero concentrarme en dos libros y dos autores para apuntalar lo que he expresado. Estos autores son el estadounidense John Dos Passos y el italiano Roberto Saviano.

Pero también hay que hacer honor a Gay Talese, de quien citaré un fragmento de un afamado reportaje que hiciera acerca de Frank Sinatra, y que se titula: Frank Sinatra está resfriado.

Quien tomase en sus manos el libro Rocinante vuelve al camino, de John Dos Passos, se encontrará con una obra maestra de la escritura. Y desde un principio tenemos la impresión de que estamos leyendo una novela, cuando en realidad Rocinante vuelve al camino es un libro de crónica de viajes, un género periodístico que estuvo muy de moda a principio del siglo XX, y tuvo representantes muy excelsos, entre los que podemos citar a Joseph Conrad y Elías Canetti, entre otros tantos.

Echemos un vistazo al comienzo de Rocinante vuelve al camino: Telémaco se había alejado tanto en busca de su padre, que ya no recordaba lo que andaba buscando. Sentado en un diván de felpa amarilla, en el Oro del Rin, plaza de Santa Ana, Madrid, rebañaba con una miga  de pan la salsa que tiznaba el plato, en cuyos bordes había amontonado el desconyuntado esqueleto de un pichón. Frente a su plato había otro semejante, que su compañero acababa de lustrar. Telémaco se llevó a la boca el último trozo de pan, vació de un trago espasmódico un bock de cerveza, suspiró, se inclinó sobre la mesa y dijo:

-No sé por qué estoy aquí.

Ya quisieran muchos escritores iniciar así sus novelas.

Un contemporáneo nuestro, el italiano Roberto Saviano, ha escrito y publicado uno de los libros más sobrecogedores que haya leído en los últimos años. Se trata de Gomorra, un texto en donde periodismo y literatura alcanzan las más altas cotas de comunión. Leyendo a Gomorra uno entiende con claridad que ese pujante género de periodismo literario o de literatura periodística, si se me permite el giro, está cada vez más metido en el gusto de un lector desorientado, que casi ha perdido la capacidad discernir entre ficción y realidad, y que ya no se asombra ante el bombardeo de situaciones insólitas que los medios le hacen saber. Por eso los libros de difícil encasillamiento están teniendo tanta aceptación en diferentes latitudes.

También, me permito transcribir el inicio de Gomorra: El contenedor se balanceaba mientras la grúa lo transportaba hacia el barco. Como si estuviera flotando en el aire, el spreader, el mecanismo que engancha el contenedor a la grúa, no lograba controlar el movimiento. Las puertas mal cerradas se abrieron de golpe y empezaron a llover decenas de cuerpos. Parecían maniquíes. Pero en el suelo las cabezas se partían como si fueran cráneos de verdad. Y eran cráneos. Del contenedor salían hombres y mujeres. También algunos niños. Muertos. Congelados, muy juntos, uno sobre otro. En fila, apretujados como sardinas en lata. Eran los chinos que no mueren nunca. Los eternos que se pasan los documentos de uno a otro. Ahí es donde habían acabado. Los cuerpos que las imaginaciones más calenturientas suponían cocinados en los restaurantes, enterrados en los huertos de los alrededores de las fábricas, arrojados por la boca del Vesubio. Allí estaban. Caían del contenedor a decenas, con el nombre escrito en una tarjeta atada a un cordón colgado del cuello...

En Gomorra, la frontera entre realidad y ficción se ha esfumado, y, sin embargo, cuando nos acercamos a este texto estamos concientes de que vamos a leer un trabajo de investigación que hizo el autor sobre la forma en que opera la camorra napolitana, una versión muy sanguinaria de una de las mafias italianas.

El último ejemplo del mejor periodismo literario que quiero compartir con ustedes es este fragmento de un trabajo que escribiera Gay Talese, y que se titula Frank Sinatra está resfriado: Frank Sinatra, con un vaso de bourbon en una mano y un pitillo en la otra, estaba de pie, en un ángulo oscuro del bar, entre dos rubias atractivas aunque algo pasaditas, sentadas y esperando a que dijera algo. Pero Frank no decía nada. Había estado callado la mayor parte de la noche y ahora, en su club particular de Beverly Hills, parecía aún más distante, con la mirada perdida en el humo y en la penumbra, hacia la gran sala, más allá del bar, donde docenas de jóvenes y parejas estaban acurrucadas alrededor de unas mesitas o se retorcían en el centro del piso al ritmo ensordecedor de una música folk que atronaba desde el estéreo. Las dos rubias sabían, como también los cuatro amigos de Sinatra, que era una pésima idea entablarle conversación cuando estaba de ese humor tan tétrico, un humor que le había durado toda la primera semana de noviembre, un mes antes de que cumpliera los cincuenta años. Sinatra no se encontraba bien. Era víctima de un mal tan común que la mayoría de la gente lo hubiera encontrado insignificante. A él, en cambio, lo precipitaba en un estado de angustia, de profunda depresión, de pánico e incluso furor. Frank Sinatra tenía un resfriado. Sinatra con catarro es Picasso sin colores o un Ferrari sin gasolina, sólo que peor. Porque los catarros corrientes roban a Sinatra esa joya que no se puede asegurar, su voz, y hieren en lo más vivo su confianza. No sólo afectan a su psique, sino que parecen provocar una especie de moquillo nasal psicosomático en las docenas de personas que lo rodean y trabajan para él, que beben con él y lo quieren y cuyo bienestar y estabilidad dependen de él. Un Sinatra acatarrado puede, salvando las distancias, enviar vibraciones a la industria del espectáculo y aún más lejos, casi como una enfermedad repentina de un presidente de los Estados Unidos puede sacudir la economía nacional. Cuando se habla de un tema tan extenso se comete el pecado de las omisiones. Aquí he pecado, y no he tenido espacio para citar a grandes libros, a grandes autores que han hecho del periodismo la mejor literatura. Sin embargo, para que el pecado sea venial y no llegue a grave, no dejaré de mencionar a autores como Kapuscinski, que elevó hasta la excelencia literaria al periodismo en varias vertientes, como Heminway, Vargas Llosa, García Márquez, Manuel Vicent, Antonio Muñoz Molina, Francisco Umbral, que antes de ser novelistas ejercieron el periodismo con mucha brillantez, y que todavía hoy, en el caso de varios de ellos, deleitan con sus magníficas piezas en diarios y revistas.

Al final quería dejarles esta anécdota: En cierta ocasión le preguntaron a un famoso escritor si periodismo y literatura eran dos asuntos diferentes o si por el contrario eran una misma cuestión. Su respuesta fue muy cortante: la diferencia entre un cirujano y un carnicero es la forma en que ambos manejan el cuchillo. Y si hiciésemos una analogía, podríamos decir que la gran diferencia entre un periodista y un narrador estaría en la forma en que manejan ese cortante instrumento llamado lengua.

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