Vivir en la ficción

Esta columna usualmente tratará temas relacionados con la cultura y la política internacional

Periodismo y literatura: una frontera difusa (2)

Vamos retomar a Rosa Montero y su libro La loca de la casa para iniciar la siguiente discusión. Refiriéndose a la diferencia entre periodismo y narrativa, en este caso entiendo que se refiere a literatura en el sentido más tradicional, afirma: “Y así, hay que tener muy claro que el periodismo y la narrativa son géneros muy distintos e incluso antitéticos. Por ejemplo, en periodismo la claridad es un valor: cuanto menos confusa y menos equívoca sea una pieza periodística, mejor será. Y en novela, en cambio, lo que vale es la ambiguedad. Quizá podríamos decir, para resumir la diferencia fundamental, que en periodismo hablas de lo que sabes y en narrativa de lo que no sabes que sabes”.

No creo, como afirma Rosa Montero, que lo esencial en periodismo sea la claridad, pues la claridad es apenas uno de los tantos atributos del buen periodismo. Pienso ante todo en un término sujeto a muchas discusiones en este mundo super comunicado: realidad, y si fuésemos a buscar puntos de desencuentros fundamentales entre periodismo y literatura, desde mi óptica, la diferencia más importante entre estos dos géneros estriba en que en periodismo la materia prima esencial es la realidad, mientras que en la literatura la ficción es lo fundamental. Pero hay demasiados problemas en torno a estos aspectos. El periodista busca la verdad, el novelista o cuentista rehuye de la verdad. Mientras que el periodista está obligado a ceñirse a los hechos, el escritor de ficción toma la realidad y la transforma a su antojo. Y crea sus propias verdades, que usualmente son mentiras verdaderas. Y he ahí una de las grandes virtudes de un buen escritor de ficción: hace que sus mentiras tengan el poder de persuación de un hecho real. A fin de cuentas, cuando alguien lee una novela o un relato tiende a creer a pie juntillas los acontecimientos que le están relatando. Pero ya he dicho que eso va a depender de las habilidades del escritor para dar un revestimiento de verosimilitud a la invención más burda.

 El periodista no puede crear noticias, mientras que el escritor de ficción es una fuente inagotable de hechos, situaciones, personajes, estados anímicos y sicológicos. Ahora bien, ¿están estos recursos vedados al periodista? De ninguna manera, y primordialmente cuando nos referimos al periodismo literario, que no se ciñe a la camisa de fuerza del periodismo meramente informativo. Una anécdota que viví sirve a ilustrar lo que digo. En cierta ocasión tuve la responsabilidad de hacer entrevistas a escritores dominicanos, para ser publicadas semanalmente en el desaparecido diario El Siglo. Uno de los escritores elegidos por mí fue Andrés L. Mateo. Infatuado por su importancia como intelectual, novelista y poeta, siempre tenía una excusa para esgrimir cuando lo llamaba para hacerle la entrevista. Cansado, decidí entrevistarlo sin entrevistarlo. Cuando salió publicada la entrevista que nunca le hice, el primero en quedar estupefacto fue el propio Andrés L. Mateo. Durante la entrevista Andrés habló de política, literatura e incluso de sus amores. La experiencia fue sublime y a partir de aquella no entrevista, ningún otro escritor buscó una excusa para no darme la sí entrevista.

Pero hay un gran problema con eso de la realidad y la ficción. Ya sabemos que los seres humanos somos capaces de las proezas más insólitas, que un día somos santos y al día siguiente demonios. Por eso ya nadie se sorprende ante las conductas más depravadas, ante la crueldad sin límitre, y ante los avances de una ciencia que se parece mucho a la mejor ciencia ficción. Y las situaciones que un escritor pueda inventar mediante el acto ficcional, la realidad cotidiana las pone entredicho, las minimiza.

 Hoy nadie pone en duda de que durante la Segunda Guerra Mundial los Nazis hicieron muchísimos experimentos con seres humanos. Y si vemos esas acciones en una película o la leemos en una novela, ¿ qué estamos viendo, ficción o realidad?

Tomemos el doloroso caso de México, país que en la actualidad está siendo víctima de una escalada de violencia brutal, producto del ataque al crimen organizado por parte del estado, y las insólitas reacciones de los criminales. Recuerdo una escena que me marcó enormemente: era un sábado en la noche y la gente se divertía en una discoteca. El hecho aconteció en una de esas tantas ciudadades literarias de la frontera mexicana con Estados Unidos. En medio de los corridos y boleros, de los shots de tequila y los sorbos de cerveza, mientras la gente rozaba sus cuerpos con sensualidad en medio de la pista de baile, de repente, varios individuos penetraron al lugar y se dirigieron al centro de la pista. Y allí tiraron ocho cabezas humanas recién cortadas, como si en vez de estar en una parranda la gente hubiese estado en medio de la filmación de una película de terror. Cuentan los presentes que algunas cabezas aún tenían los ojos abiertos y supuraban sangre. Cuando uno se entera de situaciones tan extremas, se pregunta, ¿esto es ficción o realidad? En ese mismo orden, también podríamos preguntarnos qué historias podrían contar los narradores mexicanos que ya no hayan contado los periodistas. Pero ahí entra en juego el papel de la literatura frente al periodismo. Colegimos que esas ocho cabezas humanas fueron cortadas para cobrar una deuda o para intimidar a los adversarios y a las autoridades encargadas de enfrentar al crimen organizado. Un buen periodista interesado en hacer un reportaje en torno a este caso no tendrá más opción que jugárselas, correr riesgos, ser intrépido. En otras palabras, investigar a fondo, meter la mano en la sangre y en las heces, exponerse a la ira de los malditos. Ahora bien, cuando el periodista en cuestión escriba su reportaje, que incluso podría ser un libro, está en la obligación de limitarse a contar los hechos sin distorsiones. Puede usar el lenguaje de manera muy peculiar, valiéndose de los recursos del llamado Nuevo Periodismo y podría terminar con un estupendo libro. Sin embargo, en caso de que fuera un narrador quien se diera a la tarea de escribir una novela sobre este acontecimiento, estaría facultado para trastocar los hechos, los nombres, las circunstancias. Goza de la libertad para suprimir y añadir. En conclusión, la realidad en periodismo y literatura son dos entidades muy distintas y un hecho que ocurrió en la realidad real puede ser visto con otros ojos en la realidad ficticia de la novela.

El insigne profesor Juan Bosch, maestro del cuento y de la política, solía decir: cuando yo digo que la burra es baya es porque tengo en las manos su pelo. Con este refrán quiero soportar lo que he dicho en torno a la dimensión de la realidad cuando la trabaja un novelista en vez de un periodista. En nuestro país aconteció un hecho sangriento que estremeció a la sociedad. Fue el asesinato de siete hombres en la comunidad de Navarrete, Santiago, a finales del año 2004, y todo el mundo sabe que ese hecho estaba ligado al narcotráfico y sus perversos modos de operación. Algunos fueron acusados por el crimen, pero al paso de los días todos fueron dejados en libertad. Y el caso se diluyó en el tráfago de la cotidianidad y de la impunidad con que nos conducimos.  En mi novela Princesa de Capotillo yo retomo el caso del asesinato de los siete individuos en Navarrete. En la novela, una pandilla de Capotillo es la que es contratada por un capo de las drogas para que asesine a estos hombres. Los Broders son un grupo de pandilleros creados por mi imaginación, que se trasladan hasta Santiago a ejecutar el asesinato. El asesinato ocurrió en la realidad, pero los Broders no fueron los autores del hecho. Y no podían serlo por una razón muy simple: no existen en la realidad real, pero sí existen en la realidad ficticia. En un reportaje o en una crónica, ningún periodista tiene esa licencia para trastocar, mezclar, falsear, para inventar autores y tergiversar datos en torno a un hecho real. He ahí una de las diferencias fundamentales entre periodismo y literatura de ficción o narrativa, como algunos gustan llamar al arte de mentir y que te crean.

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