Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

La barba de otro vecino

En República Dominicana la cotidianidad transcurre de espaldas a la alta peligrosidad sísmica que caracteriza a la isla. A lo más que se llega es a ser público pasivo de la espectacularización mediática de los terremotos que a menudo sacuden a América y el Caribe, como si fuera un juego. Y esa irresponsabilidad colectiva, tarde o temprano, saldrá cara. Muy cara.

No dejan mentir los seísmos que acaban de sacudir a México (uno de magnitud 8,2) con un saldo de al menos 318 muertes y graves daños a las edificaciones. Ya la espuma del sensacionalismo se apaga. Y “la vida sigue su agitado curso”, al margen de los antecedentes y las estadísticas.

http://www.lavanguardia.com/internacional/20170924/431540148646/balance-muertos-terremoto-mexico.html.

Las últimas generaciones dominicanas no han sufrido el impacto de un movimiento telúrico de gran magnitud. Hace 71 años, el 4 de agosto de 1946, ocurrió uno de magnitud 8 con epicentro en Samaná, y, ocho días después, una réplica de 7,6. Provocó un tsunami en la bahía escosesa, con olas de 15 pies. Se habla de al menos dos mil muertos y daños graves a las vías férreas, carreteras, puentes, viviendas y edificios. http://hoy.com.do/la-hispaniola-esta-localizada-en-una-zona-de-peligro-sismico/.

La República Dominicana del siglo XXI, con 10 millones de habitantes, tiene muchos edificios altos y viviendas suntuarias, pero también está plagada de tugurios a leguas vulnerables al más leve de los fenómenos de la naturaleza.

Sin embargo, ¿quién garantiza que esos edificios altos y esas viviendas suntuarias no son tan frágiles como las viviendas de hojalata de los suburbios desparramados en todo el territorio nacional? Nadie.

En realidad, en este país hay un desorden en términos constructivos. Cualquier adinerado se inventa una empresa y comienza a edificar residenciales en cualquier lugar, sin estudios de suelos, plagados de vicios (filtraciones, grietas, hongos, hundimientos, inundaciones), pese a que los ofertan como joyas de la sismorresistencia. En el Estado, ni se diga.  Dicen que hay códigos y reglamentos actualizados, pero de esos textos a la realidad, el trecho es largo.

Y algo peor: falta una cultura de prevención que contribuya a mitigar el impacto de un gran sismo. La inversión en esa área es insignificante pese que saldría mucho más barata que una caterva de seres humanos fallecidos y miles de millones de dólares en pérdidas a causa de un terremoto de magnitud superior a 8. El que afectó a Haití el 12 de enero de 2010, dejó un saldo de unos 350 mil muertos.

Hemos visto “la barba del vecino arder”, sin poner la nuestra “en remojo”. Luego no culpemos a Dios de la irresponsabilidad de los terrenales.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.