Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

El mensaje de Irma y María

Septiembre nos ha traído espinas en vez de rosas. Dos huracanes poderosos han pasado paralelo a la costa atlántica de República Dominicana, y dos de sus tres efectos (vientos y lluvias) han dejado secuelas imborrables: muertes, daños psicosociales y destrucción de viviendas, puentes, carreteras, plantaciones.

El Irma, que se formó como ciclón el 30 de agosto, alcanzó la categoría 5 y, el 7 de este mes, pasó a más de cien kilómetros rumbo a Cuba y La Florida, donde ha provocado resultados catastróficos, para luego perder fuerza y disiparse. Antes había recorrido las Antillas Menores y Puerto Rico con saldos también muy negativos. http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/huracan-irma-afecta-a-republica-dominicana-128174.

El María acaba de salir este viernes 22 del territorio marítimo dominicano tras afectar con sus vientos y lluvias, sobre todo, a las provincias del litoral nordeste. En Puerto Rico había causado estragos al atravesarlo con toda la fuerza de su categoría 5 (máxima de la escala Saffir-Simpson).  https://elpais.com/internacional/2017/09/21/america/1506008040_699848.html.

LA REALIDAD DESNUDA

La isla Hispaniola está en la ruta de estos fenómenos hidrometeorológicos. La temporada ciclónica para esta zona comienza el 1 de junio y termina el 30 de noviembre, aunque se han producido algunos fuera de ese período. Es decir, la amenaza de embates de estos “hijos del mar” es casi permanente. Imposible evadir esta pesadilla porque no depende de nosotros sino de los avatares de la naturaleza.

Pero ellos tienen algo bueno, además de podar los árboles, limpiar el aire y los ríos: desnudan, cada vez que nos “visitan”, la vulnerabilidad social y la falta de una cultura de prevención en la sociedad dominicana.

Son dantescas las escenas sobre las inundaciones en Miches, Samaná, Duarte, Sánchez Ramírez, Espaillat y otras provincias. Son imágenes de la pobreza extrema. Del valor del pobre.

Cientos de seres humanos apiñados en semilleros de casitas de hojalata edificadas a la carrera en laderas de montañas arcillosas,  riberas o cauces de ríos secos y despeñaderos que a leguas enseñan su peligrosidad, sin servicios básicos adecuados, con pocos dolientes y muchos demagogos.

Ellos son los hijos de las migraciones que pare por minuto la planificación centralizada en la metrópoli, misma que abandona las provincias, empobreciéndolas, y lo concentra todo en la metrópoli.

Los huracanes solo las han visibilizado desde las entrañas, desde la carencia de todo, menos del humor caribeño, porque le sacan filo hasta a su tragedia. Lo habían hecho igual los ciclones San Zenón, Inés, Katy, Flora, David, Georges… Pero también tormentas como Noé y Federico. Y la indiferencia es casi la misma.

En este momento se impone la fase de recuperación. El protocolo lo establece. El mismo presidente Danilo Medina ya ha hecho un periplo por las comunidades más afectadas para verificar los daños. Ha autorizado atenciones extras donde la desgracia es mayor y ya los funcionarios menores no pueden. Muy bien.

Pero, en éste o en otros años, vendrán otros ciclones más o menos potentes. Y volveremos a lo mimo: muertes, destrucción… lamentos. Se impone entonces la prevención, y prevención significa comenzar a resolver la vulnerabilidad para que el riesgo sea menor a la hora del impacto.

Hay que invertir el dinero que sea necesario para sacar de la pobreza y de la pobreza extrema a millones de personas, y ponerlas a vivir en lugares aptos para seres humanos, no para alimañas. La deuda social acumulada con los excluidos es inmensa y de vieja data. Hay que enfrentarla de manera decidida, si queremos reducir el impacto de los huracanes.

Al menos por recordarnos nuestras miserias, agradezcamos a los señores Irma y María.  

Agradezcamos, aunque, por tan dañinos, jamás aparecerán otra vez en las listas de nombres elaboradas por los científicos para designar las probables tormentas de cada año. Aunque padres y madres, casi seguro, rehuirán, a partir de ahora, a la tentación de declarar a sus hijas con ni siquiera con nombre parecido.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.