Vivir en la ficción

Esta columna usualmente tratará temas relacionados con la cultura y la política internacional

El turno de los malos, novela de Fernando Berroa

No miento cuando digo que leer a un joven escritor dominicano no es una idea que subyugue a los escritores dominicanos de trayectoria, aquellos que tienen una dilatada carrera literaria. Antes prefieren ignorarlos. Es una vieja tradición en el mundo de la literatura: los sabios no pierden su tiempo con pendejadas de novatos. Mejor, decimos, nos dedicamos a releer a los clásicos, que siempre, afirmamos, nos dan una nueva lección de sabiduría, de hondura, de gran literatura. Sin embargo, a pesar de esa lógica reticencia, a veces nos encontramos con casos que son imposibles de ignorar.

Recientemente llegó a mis manos la novela El turno de los malos, de Fernando Berroa, obra galardonada con el premio de novela Federico García Godoy 2012 que auspicia Funglode. En lo que a mí concierne, nunca me he dejado chantajear por los lauros que haya obtenido determinado texto literario; el mundo está lleno de obras premiadas que no sirven siquiera para hacer hogueras para espantar mosquitos. Cito en este orden a El viajero del siglo, de Andrés Newman, y La prueba del laberinto, Fernando Sánchez Dragó. La primera ganó el premio Alfaguara y la segunda El Planeta. Ambas son mamotretos intragables. Pero en este caso tuvo mucha razón el jurado que le otorgó el premio a la obra de Berroa.

Fernando Berroa es cuentista, poeta, ensayista, guionista y profesor universitario. Ha obtenido premios importantes en casi todos los géneros en que ha incursionado. Junto a Kianny Antigua, Jesús Cordero, Lauristela Peña, Rita Indiana Hernández, Ray Andújar, Ramón Mesa, Johanna Díaz, Jennet Tineo y otros tantos jóvenes escritores, representa lo mejor de la literatura dominicana más reciente.

En cuanto  El turno de los malos es una obra escrita con mucha lucidez; en mi caso quedé sorprendido de las garras, las mañas, el talento, la soltura con que escribe este autor. Al leerla pensé en muchas obras de escritores consagrados, muchas de las cuales ni por asomo tienen la calidad de este texto. Incluso, considero que la mayoría de novelas que han recibido el premio anual de novela quedan a deber en cuanto a calidad si se comparasen con El turno de los malos. Por supuesto que no las he leído todas, y no las leído porque no merecen ser leídas por más premiadas que hayan sido; y no las he leído porque no tienen los elementos que considero indispensables para que un libro tenga el honor de ser leído por mí o por cualquier otro lector. Leer a alguien es un honor que se ganan ciertas obras.

Qué nos cuenta El turno de los malos

En esta novela tenemos a un escritor que reside en un barrio del gran Santo Domingo. Después de muchas búsquedas, como les sucede a la mayoría de novelistas, el narrador personaje encuentra una historia que le parece atractiva: el mundo de los capos barriales y sus peripecias. No hay dudas de que quien escribe sobre determinado tema al menos debe estar bien empapado de las minucias que componen, articulan la trama. Cuando no se dominan los pormenores el texto corre el riesgo de caer en la patraña, en lo absurdo sin tener este absurdo categoría literaria. En El turno de los malos el narrador presencial le aporta mucha verosimilitud a lo narrado y esto hace que el texto tengo elevados niveles de persuasión, que no es más que la capacidad que tiene un autor  para que el lector perciba que lo que se le está contando pasó, es posible que acontezca o que aunque sea mentira tuvo el talento, la capacidad para hacer creíbles o verosímiles las mentiras más feroces.

La trama nos cuenta la historia de El Alemán, cuyo nombre verdadero era David. Una de las características esenciales en el mundillo del crimen es que todo el mundo tiene un apodo. El narrador lo cuenta de esta manera: “Infinidad de nombres sonaron en mi infancia, regresan a la memoria las cosas que se decía de ellos, a pesar de que nunca les conocí la cara; puedo caer en el error de adjudicar los hechos de uno a otro. Manilón, El Chévere, El Don, El Monstruo, Munra, Careperro y muchísimos más. Careperro fue el primer deportado del barrio”. Así, a lo largo del desarrollo de la narración nos encontramos con sujetos apodados Champola, El Chacal, Frank Cuento, Nino Cowboy, La Vaguada, Chofer, Leíto, Nariz, Cibao. Se sabe que a los delincuentes les gusta adoptar un nombre con el cual alcanzar el estrellato en el mundo del crimen; cuando no, es la policía quien los bautiza con los nombres más chulos posibles.

El narrador personaje hace un amplio recorrido por las costumbres, ritos, cotidianidad, alegrías y sinsabores del barrio, de ese espacio tan representativo de la mayoría de los dominicanos. Y el narrador lo hace con gracejo, con un lenguaje que no teme a las palabras que pudiesen rechinar en ciertos oídos. Además de que conoce y aborda con mucha agudeza la sicología de los personajes.

El escritor

El turno de los malos es también una especie de homenaje a la escritura, o lo que algunos llaman metaliteratura, que es literatura dentro de la literatura. Durante el desarrollo de la trama el personaje da cuenta de su pasión por esta práctica. Nos confiesa las humillaciones que sufren individuos como él, que se dedican al estúpido oficio de escritor. Mientras los demás muchachos de su generación se dedican a buscársela en el micro tráfico, él siente que su auténtico leitmotiv es la escritura. Incluso es tentado por un familiar cercano para que entre al ruedo, pero esquiva sus constantes ataques.

“Pensé que entendía la Metamorfosis de Kafka hasta que decidí estudiar literatura. Mi familia me empezó a tratar como un bicho raro. Le resultaba inconcebible, como si se tratara de una traición. Mi papá fue el más severo de todos, pues quería un hijo ingeniero, no poeta. (página 89)”.

“La conocí en la biblioteca. Llamó mi atención la cantidad de libros que siempre tenía a su alrededor. Dudé mucho antes de acercarme. Uno nunca sabe qué pensar de un rostro neutro; estamos acostumbrados a los matices. Intentaba adivinar los títulos que estudiaba. Por su ropa imaginé que era de la Facultad de  Artes. En esa facultad los estudiantes visten como locos. Mientras más decadentes, mejor. Ellos defienden su postura, alegan que es parte de su ingenio”. (página 33).

Como observamos, El turno de los malos narra dos universos muy distintos, pero conectados por el personaje narrador, que no ha hecho más que utilizar el recurso de la experiencia como mecanismo literario. Y le funciona muy bien porque una historia nos divierte y la otra nos alecciona.

La lectura de El turno de los malos nos enriquece sencillamente porque está bien escrita, y eso de por sí es un mérito del que no muchas obras dominicanas pueden presumir.

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