Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

El Irma y los todólogos

El poderoso huracán Irma ha evidenciado una suerte de expertos-políticos mediáticos que se arrogan el derecho de sustituir las fuentes oficiales como instancias de primer orden para el servicio de información veraz y oportuna sobre los fenómenos naturales.

Tal vez son genios de cuantos temas les agenden. Pero algo de mesura ha de llegarles cuando se trate  del abordaje comunicacional de situaciones de riesgo colectivo. La falta de freno es grande; poseer una “lengua” atrevida no los categoriza como expertos en esta área tan compleja aunque abusada al extremo: la comunicación y su periodismo. Como no se categorizan  comunicólogos y con derecho a inundar los medios de comunicación por el hecho trascendente de haber nacido humanos y con el privilegio de haberse formado bien en ciertas áreas. El tratamiento de la información sobre Irma, un ejemplo contundente. No pega con protagonismo politiquero, ni figureo de farándula, ni publicidad comercial.

No se trata de un intento por secuestrar voces, ni negar buenas intenciones. Mucho menos bloquear el acceso al  “democrático” ciberespacio para ataviarse de informaciones  en fuentes quizá fidedignas,  y luego discursearlas. Jamás. Democracia ante todo; mas, no libertinaje mediático del que nos abruma.

El problema está en que si usted carece de un mínimo de formación en gestión y comunicación de riesgo, y encima de eso es activista político o militante encubierto, sus “grandes conocimientos técnicos en muchas áreas” solo servirán para construir pánico, zozobra colectiva, y conquista fama, si se piensa en términos personales. Y a eso usted no tiene derecho, por muy experto que sea. La comunicación se estudia, y es compleja.

En cuestión de interés colectivo, cuando las vidas de los seres humanos peligran a causa de las reacciones de la naturaleza, las instituciones del Estado constituyen la fuente de información primaria. Y los ruidos mediáticos colaterales, sea por ignorancia, arrogancia o politiquería, deberían ser controlados, para no decir sancionados.

Respecto de Irma, sin embargo, se observa en algunos “influenciadores” mediáticos un afán implícito por despreciar a los organismos oficiales al apelar a ofertas informativas estadounidenses confiables, pero manejadas fuera de contexto, con un nivel de lengua sofisticado que ni Dios entiende, y una marcada tendencia a la espectacularización con el objetivo de ganar ascendencia social, económica… y rating. No más. 

Si nadie les creyera, perfecto. Pero muchos siguen tales “filípicas” opositoras porque desconocen los principios elementales de lectura crítica de mensajes. Perciben lo contrario: solidaridad, voces de dioses salvadores, pues desconocen que los cosifican para sacarles provecho. El entorno bulloso con que las presentan, esconde la verdad. Y ahí está el peligro. Esos destinatarios también pueden morir a causa de la desinformación.

Las autoridades nucleadas en el Comité de Operaciones de Emergencias (COE) deberían “sugerir” a esta gente que, dada su sapiencia, se integre para que haya un mensaje unificado sobre prevención. Se supone que colaborarán con gusto, de manera honorífica, como los miles de muchachos y muchachas de la Defensa Civil. El Estado no tendría con qué pagar a genios del siglo XXI, aunque sus aportes sean invaluables.

Cuando un ciclón (Depresión, tormenta o huracán en cualquiera de sus cinco categorías) viene en camino, como Irma, lo que menos necesita la sociedad es distracción. Sin embargo, a nombre de la libertad de empresa (y de prensa), como ahora, bombardean una lluvia de mensajes inextricables, en la forma y en el fondo, a una población vulnerable en términos de formación. Un verdadero espectáculo. Juego sucio.

Un profesional ético no juega de esa manera. Todo lo contrario: reconoce la voz de la autoridad, y se integra, si son reales su sensibilidad y su responsabilidad social. ¿Cuántos lo hacen?

Mientras eso se averigua, ¿quién es responsable de la plaga de “sabelotodo” en los medios de comunicación?

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.