Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Allá y aquí

En Barcelona, cerca de medio millón de personas han participado el sábado 26 de agosto de 2017 en una manifestación de condena a los atentados terroristas de mediados de mes con un saldo de al menos 13 muertos.

https://elpais.com/ccaa/2017/08/26/catalunya/1503733027_986536.html.

El terrorismo es un gran problema internacional. Es como un monstruo de infinitas cabezas que se reinventa por segundo y a ratos parece imposible de contener, pese a los “súper poderes” de Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Francia, Japón y Rusia. Nadie con juicio sano lo duda.

Muy peligroso y complejo, pero millares de personas de aquella región española que ha sido agredida recientemente, han salido a las calles a repudiarlo a riesgo de sufrir ahí mismo consecuencias fatales. Significativo.

¿Por qué no sucede lo mismo en República Dominicana con la violencia callejera, si esta dista mucho de la complejidad del terrorismo en cualquiera de sus formas, y es controlable?

¿Por qué agotamos el tiempo con tantos lamentos  --muchos de ellos no sentidos—cuando cae muerto un ser humano, sea civil o policía?

¿Por qué el maldito entreteniento morboso de matar el ocio contando los muertos de la violencia, sin exhibir ninguna acción concreta para ayudar a evitarlos?

Sencillo: no hay voluntad. El sangriento tema sirve de trampolín a discursos demagógicos orientados a alcanzar espacios electorales, ascendencia social y puntajes de lectoría y audiencias, como sirve a políticos corruptos de todos los partidos, a narcos y pichones de narcos y demás arribistas. Si bajara la ebullición, los carentes de creatividad, quedarían el aire, mudos, sin vida.

Y así, con la construcción de esa espiral tenebrosa, jamás avanzaría el país.

AGACHANDO EL CUERPO

Hace décadas que la sociedad le cogió miedo a la delincuencia. Desde los años setenta, sobre todo, convirtió las viviendas en lugares que semejan cárceles deprimentes, con enrejados, alambres, electricidad y cámaras de seguridad por doquier. Hizo tan común esa práctica que ya las inmobiliarias ofertan sus unidades con “hierros incluidos”, y han proliferado las tiendas de dispositivos de vigilancia.

Las clases media, media alta y alta, comparonas al fin, creyeron que, encerrándose, se salvabarían. Confundieron el árbol con el bosque. Y ahora gritan porque advierten el riesgo de morir junto a sus familias. No han bastado su dinero, ni su aislamiento.

Quizá esa sacudida conviene. Quizá eso ayude a un cambio de actitud colectiva. Porque el problema no se resuelve con la cotidiana bulla mediática, ni con poses politiqueras nauseabundas.

Se resuelve, sí, con políticas estatales estructuradas conforme nuestra realidad, sin calcos. Pero también con una actitud más honesta de los ciudadanos. Porque no resulta honesta la indiferencia frente al vecino atracado y hasta eliminado; tampoco que usted conozca al ladrón y matón y, sin embargo, voltee la cara porque cree que nunca le tocará la tragedia; menos que mande a robar o compre objetos robados, ni que defienda antisociales porque “los de arriba también roban”.

Guste o no el Gobierno, la actitud del ciudadano, sin importar si es “nariz parada” o María la del barrio, debería ser distinta: cero miedo, mucha integración y solidaridad. No encuevarse como los cangrejos para evadir –solo por un tiempo--  a los dueños de las calles. Sería mucho pedir que, como en Barcelona, aquí, 500 mil almas salgan a las calles y avenidas de cada pueblo para rechazar la delincuencia callejera. La conciencia aún no llega a ese nivel; la madeja de intereses es casi inextricable. Pero hay que empezar. El fuego se puede apagar. Tal vez mañana no.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.