Vivir en la ficción

Esta columna usualmente tratará temas relacionados con la cultura y la política internacional

George Bush: gran precursor del terrorismo actual

Parecería que las víctimas del terrorismo en países como Irak, Siria, Libia, Afganistán, Pakistán, Bangladesh tienen un valor menor al de los muertos de Francia, Bélgica, España, Alemania, Finlandia y Estados Unidos. La conmoción no es de la misma envergadura cuando se trata de muertos oriundos del oriente, del otro mundo, del mundo que ha sido puesto patas arribas por los poderosos de Occidente, con Estados Unidos a la cabeza. Las masacres que cotidianamente golpean y sacuden los cimientos de esos grupos humanos no reciben el mismo tratamiento de la prensa. Cuando los malos terroristas asestan uno de sus golpes mortíferos en Irak, por ejemplo, casi nadie se inmuta. Sin embargo, cuando el dolor, la muerte y la destrucción se verifican por estas  latitudes, el asombro, la indignación, el horror, el miedo y  el rasgarse las vestiduras toma por asalto a los medios de comunicación y estremece a las redes sociales. ¿Es que hay seres humanos superiores, como lo creían los nazis?

Y ante el patético panorama que vivimos a escala global es necesario revisar las circunstancias que han contribuido a la explosiva situación que se vive hoy.

Dentro de lo que hay que resaltar está la trágica presidencia del señor George W. Bush, expresidente de los Estados unidos. Hagamos un poco de memoria.

Después del derrumbe de las torres gemelas la economía estadounidense se vio severamente afectada. El turismo, uno de sus soportes, entró en declive. Las bolsas tuvieron pérdidas importantes y esto arrastró a otros sectores de la economía. Y se sabe que los problemas económicos son fuertes detonantes para la pérdida de popularidad política. Con los ojos puestos en las elecciones de noviembre de 2004, George Bush y Dick Cheney empezaron a articular una estrategia para retener el poder. Y encontraron en Osama Bin Laden y Saddam Hussein a dos magníficos chivos expiatorios; a dos peones malditos, que pusieron a jugar a favor de la estrategia establecida.

No valieron las advertencias, no valió la oposición interna y externa porque la estrategia también buscaba controlar el negocio del petróleo y sus derivados, los oleoductos y otro tipo de infraestructura económicamente importante, con la finalidad de expandir las inversiones de los estadounidenses y sus socios.

 Lanzada la invasión, se estableció claramente que los argumentos que afirmaban que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva eran puras patrañas para justificar la tremenda metedura de patas que acababan  de emprender. Las consecuencias de la invasión-destrucción de Irak empezaron a sentirse muy pronto, primero en el propio país invadido, y luego en otras latitudes. La peor hazaña de Bush y su grupo fue destruir y humillar al ejército que había consolidado Saddam Hussein. De buenas a primeras, miles de hombres de familia se vieron en la calle, sin casa, sin trabajo, sin oportunidades para rehacer sus vidas en medio del caos que sobrevino a raíz de la invasión. Entonces muchos de ellos tomaron el único camino que les dejaron para sobrevivir: el terrorismo.

De aquella barbarie nació otra barbarie: Isis, o el llamado estado islámico. La desestabilización de la zona siguió con la caída y linchamiento de Muamar el Gadafi. De Libia salieron también miles de combatientes, del antiguo ejército libio, y se fueron agrupando con desertores de diversos grupos radicales, con mercenarios y trastornados mentales fruto del fanatismo religioso. Y sobre todo por resentidos, por víctimas de las esas atroces guerras infrahumanas.

Nadie niega que Hussein y Gadafi eran dos auténticos monstruo; nadie niega que asesinaban, torturaban y reprimían a sus pueblos; pero tras su desaparición sobrevino el gran caos, la gran destrucción de esos pueblos, que estaban adaptados a vivir en regímenes totalitarios, pero que al menos mantenían la estabilidad en sus territorios.

Hoy Europa, principalmente, sufre los coletazos mortales de la estrategia, de los ardides, de la ambición de un grupo de hombres del poder que a sabiendas de que mentían se inventaron una serie de subterfugios para impulsar una candidatura presidencial en graves problemas. Políticamente lograron sus objetivos, pero a un precio astronómico para los más débiles, que son siempre quienes pagan los desafueros de los poderosos, de las potencias, de los que controlan la maquinaria del poder.

Por eso no dudamos en afirmar que George Bush es un auténtico auspiciador del terrorismo. Y lo peor de todo es que en otras partes, fruto de su accionar, se sufre hambre, muerte, exilio y todo tipo de penurias; mientras que él y sus socios están muy resguardados al amparo de la maquinaria que tiene la hegemonía del mundo.

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