Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Don Curú, un papá de verdad

En el Pedernales de la frontera suroeste con Haití, las parejas tenían la costumbre de matrimoniarse en diciembre. Durante las décadas de los 70 y 80, era intenso el flujo hacia la Oficialía Civil de la capital de la provincia para el papeleo de rigor. Aun hoy no estoy seguro del porqué se casaban en tal fecha: si por el friíto del invierno; si por la entrega del salario 13; si por la nostalgia de la Navidad… si por las tres razones. Lo cierto es que el jolgorio era “grande”.

Desde temprano, uno o dos tanques de 55 galones eran colocados temprano del día en un lugar estratégico del patio de la vivienda del padre y la madre de la novia. Luego los llenaban con cervezas, y hielo con la pretensión de “enfriarlas”. Era el servicio habitual para una concurrencia que esperaba sedienta. Las salas eran preparadas para el ritual de la boda; siempre resaltaba el bizcocho que, a menudo, representaba una torre o una glorieta de un parque.

Las emociones estaban a flor de piel; los chismes, también. Besos, abrazos y lágrimas, por un lado; cuentos de pasillos sobre el novio y la novia, por otro lado. En fin, los matrimonios eran parte de la cotidianidad pedernalense. No era tan común el casamiento por la Iglesia Católica.

CON EL EJEMPLO

Juan Pérez (Don Curú) era el oficial civil del pueblo. Lo habían designado durante el breve gobierno de Juan Bosch (1963). No ostentaba título universitario en Derecho, pues ni el bachillerato había cursado. Pero trabajaba con las leyes sobre la materia en las manos; jamás actuaba fuera de ellas. Tampoco se permitía escribir una palabra sobre la que tuviera dudas, y menos en lengua ajena al español.

Al alcance de su mano derecha tenía siempre su Larousse, el llamado “mataburro”, para evitarse disparates. Su caligrafía era hermosa, casi perfecta. Los libros de nacimientos, defunciones y matrimonios quedan como testimonio de cero incorrecciones durante tres décadas de labor sin vacaciones.

Los mayores dones de Curú eran, sin embargo, su espíritu de consejero natural con su voz de susurro; su solidaridad a toda prueba, y su carácter indoblegable frente a las tentaciones de la corrupción, pese a su vida humilde.

Jóvenes y envejecientes de cualquier familia le consultaban; él les escuchaba con detenimiento. Era el último en marcharse de los velorios sin importar quien muriera; lo que producía en su conuco de Los Olivares, casi siempre lo repartía entre familias y amigos, igual que las carnes de cerdos y chivos cimarrones que cazaba en lo más alto del rocoso Baoruco. Nunca cedió ante las propuestas indecentes ni los chantajes de los politiqueros del patio.

Aún suena el espectáculo de mal gusto escenificado por unos políticos borrachos de ron y arrogancia en la misma vivienda de Curú, en el 4 de la ancha calle Juan López, “la calle de los perros”, porque se negó a formalizar un matrimonio express con una novia llevada de urgencia al municipio bajo el manto de la noche.

Todavía suena entre los pedernalenses de aquel tiempo su rechazo a realizar una boda montada “por todo lo alto” en un lugar “de clase” porque los papeles de la novia presentaban incorrecciones. No valió el aleteo de paquetes de papeletas para que variara su posición.

Suenan sus reclamos a los novios y las novias para que pensaran bien sobre el paso que daban porque  --acotaba--  “no vale la pena casarse en diciembre y divorciarse en enero, como lo hacen”. “Ni tiene sentido tener hijos para tirarlos a sufrir a las calles”. Era su letanía.

Sabía el daño que se hacían los casados al relajar la relación; pero, quizás, ni se imaginaba el deterioro de la sociedad a la vuelta de treinta años, por los matrimonios rotos, las relaciones informales y los padres irresponsables. Algunos estiman en 1 millón 400 mil madres solteras en una República Dominicana con 10 millones de habitantes; mientras, Colombia, con 45 MM, registra medio millón de mujeres en esa condición.   

Y aún suena su no rotundo a quienes le amenazaron con la cancelación del cargo si no emitía una caterva de actas de nacimiento que habilitaran a menores dominicanos y extranjeros para que votaran en las elecciones.

Al final, lograron cancelarlo, aunque él murió de cáncer, a los 74 años, sin saberlo, con una mano en alto, solo mascullando estas palabras inolvidables de advertencia a sus hijos e hijas: “Me estoy muriendo, pero nadie puede señalarme con un dedo”.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.