Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Salcedo, entre Marcha Verde e invasión

El municipio Salcedo, provincia Hermanas Mirabal, pueblito nordestano que cabe en el puño de una mano (177 kilómetros cuadrados, cerca de 41 mil habitantes), no nació atado al miedo de los aletazos actuales del narco. Su historia está preñada de dignidad, pero casi ahogada hace unos cuantos años por brotes de violencia que apuntan a epidemia si la autoridad sigue limitada a operativos “apagafuegos” y complicidades irresponsables.

Este domingo y el lunes (16 y 17 de julio), en el fondo de la agenda mediática de ruidos sobre la sobreestimación o subestimación de la Marcha Verde, y una repentina “invasión haitiana” auspiciada por “fusionistas”, la comunidad gastaba sus horas en lamentos por sus cuatro muertos, entre ellos, una mujer de 66 años, y cinco heridos, resultado de una refriega entre entre una pandilla de Los Mangos y otra de Villa Flor (El Matadero).https://www.diariolibre.com/noticias/sucesos/en-salcedo-estaban-cansados-de-denunciar-puntos-de-drogas-cuyas-bandas-mataron-cuatro-personas-DE7644849.

Quizás muchos ligeros de pensamiento se alegrarán de eso, y hasta montarán fiestas, porque --para ellos, con rasgos maquiavélicos-- representa una autoeliminación natural de los delincuentes, necesaria para la colectividad.

Pero, más allá de las subjetividades, está la realidad real, testaruda como nadie. Y ella manda a otro tipo de actitud: reflexión sobre el deceso de esos seres humanos y cambio de método para retornar a la paz duradera, antes de que sea más tarde. Y mandar una alerta a otros pueblos aun tranquilos como Pedernales.

En ese municipio de 41 mil habitantes, distante 138 kilómetros de la capital dominicana, se ha construido la sensación azarosa de inseguridad.

El que llega o pasa por allí, lo primero que le brota a la mente es la imagen de sitio inseguro, no su valentía histórica, ni sus enseñanzas culturales, ni la envidiable agropecuaria de la provincia. Un lugar donde en cualquier momento puede ocurrir lo peor.

La culpa es primero de las autoridades y los demás políticos de la oposición; luego, del resto de su población, que aterra con su anomia, y, al final, de las mafias. Los dos primeros, al narcotráfio le han brindado en bandeja fina una brecha para colarse e instalarse sobre base acero.

El problema ha crecido a la vista de todos. Y, como pasa siempre, la mayoría, desde el glamur de sus hogares, ha sido indiferente porque ha creído que el infierno ni cerca les pasará. Otros, los políticos de todos los colores, han optado por negociar con los infractores de la ley para garantizarse seguridad personal y familiar, y conquistar sus votos.

Cierto que el narco es un gobierno global, por su poderío económico y su consecuente capacidad de cooptación de cerebros para ponerlos al servicio del mal. Pero dicen en el pueblo:  “No hay peor diligencia que la que no se hace”. Y allá, en aquel pedacito de tierra cibaeña, ha faltado suficiente diligencia para evitar la formación de tugurios vulnerables por su extrema pobreza, como Villa Flor y Los Mangos, y ha sobrado indiferencia frente al consumo de drogas prohibidas.

¿De qué otra manera se explica que un pueblito así contenga un semillero de barrios marginales dizque impenetrables salvo por un batallón mixto con rostros cubiertos? No surgieron de la nada; los construyó la desidia, la indolencia y la falta de visión. Si son el resultado de una construcción, se pueden desconstruir.

La solución del caos comienza, entonces, por cambiar esa mirada retrógrada y atacar los problemas estructurales, comenzando por la indigencia. En definitiva, pensar a Salcedo desde la prevención, si apuestan a un hábitat tranquilo. Se puede. Hay que intentarlo una y otra vez, sin desmayo, porque, sin cambio, habrá más muertos y angustia colectiva.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.