Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Invasión negociada, una mentira diabólica

Nada más peligroso para la paz del país que el desaguisado de airear por un medio de comunicación un supuesto acuerdo del presidente Danilo Medina con el Departamento de Estado de Estados Unidos para permitir una invasión “pacífica” de haitianos a República Dominicana, a cambio de garantizarle la reelección de 2016.

Ni viéndolo, creería. Se trata de otro lance del mar de posverdades mediáticas (falacias) que ahoga la sociedad dominicana. Solo que ese adefesio resulta un juego muy peligroso que podría disparar los censores de la razón colectiva y provocar masacres contra seres humanos por el sustrato de odio que conlleva. Por tanto, merece atención y un pare inmediato de las personas sensatas.  

CADA LOCO CON SU TEMA

Aquí hay opinantes que, sustentados en el libertinaje mediático, teorizan sobre el Departamento de Estado como si fuese degustar un helado durante estos días de agobiante calor; mas, ni siquiera saben en qué avenida está ubicado. Y, si lo saben, es porque lo han buscado en Google.

Se supone que esa importantísima institución estadounidense no está compuesta por estúpidos; ni el presidente dominicano es un tarado como para acordar tal ridiculez. Tampoco se vive la era en la que el imperio decidía los presidentes y el destino de los ciudadanos de otras naciones.

La afirmación aventurera, dizque obtenida de una “fuente de entero crédito” (o sea, de la cabeza del opinante), tiene menos asidero aun porque se evacua en una República Dominicana con dos invasiones gringas en las costillas, la última para contener la Guerra de Abril de 1965, que buscaba reponer al derrocado presidente Juan Bosch, fundador de los partidos Revolucionario Dominicana y de la Liberación Dominicana, donde el presidente es figura de primer orden.  

El creciente flujo de haitianos hacia territorio dominiciano es una realidad, y eso es preocupante, pero las causas hay que buscarlas en el caos socioeconómico y político que por décadas sufre el país con el cual compartimos la isla; en la corruptela en la frontera y en la doble moral de muchos empresarios que “tiran la piedra y esconden  la mano” (los usan en sus empresas y los denuncian a través de sus voceros políticos).

Así, plantear, por despecho, que ello representa un filón de una invasión acordada por el presidente dominicano con Washington, es una apuesta a ríos de sangre humana para sacar provecho político y económico desde la acera del frente, nunca a regular las migraciones con las leyes a mano, como debe ser.

Dañina la denuncia, tenebrosa, un prefabricado venenoso comoquiera que se le mire. Imperdonable.

Para dramatizarla e instalarla en el imaginario popular se ha apelado a preconceptos, creencias, religión, métodos de matar, tensiones históricas, racismo y xenofobia. A la demonización del migrante  haitiano vía medios de comunicación.

La matriz busca, en el fondo, provocar una oleada de  ataques a “los invasores, antropófagos” por parte de “los invadidos”. Y una corriente de rechazo popular, si no de odio, contra el Gobierno y el partido oficialista, de modo que terminen debilitados de cara a los siguientes procesos electorales. Mala fe y demagogia de la peor, al mismo tiempo.

Urge estricto control de los extranjeros que ingresan a República Dominicana, sin distinción. Cierto. Muchas debilidades a la vista.

Los haitianos constituyen mayoría por la crisis general de su país, y porque las mafias y la vieja irresponsabilidad gubernamental de ambos lados de la isla, han borrado la frontera.

Las provincias fronterizas nuestras, que deberían ser la primera muralla de contención de los movimientos migratorios, son réplicas de Macondo. Su gente carece de fuerza y voluntad, salvo para diligenciar la comida de cada día, cada vez más escasa. Distan a años luz del bienestar.

Pocos, muy pocos, sin embargo, claman por ellas desde la comodidad de las capitales. No existen porque no interesan, no reditúan. La frontera entra a la agenda de manera tangencial solo cuando la circulación de haitianos se hace ruidosa y apestosa para las élites de las urbes. Nunca cuando forman cinturones de miseria al alrededor de barrios pobres; nunca cuando las mujeres preñadas y enfermas pueblan los hospitales públicos, y otras, con su prole a cuesta, obedecen las órdenes de algún patrón de poca monta que las manda a avenidas y negocios a pedir limosnas; nunca cuando trabajan a precio vil en construcciones millonarias y en fincas de lujo.

Los medios de comunicación de estos tiempos son una maravilla cuando sirven a la verdad. Un aliciente del caos y la violencia, si su norte es la mentira disfrazada de seriedad y amor por los demás, que es la mayor cosecha de ahora.

Si algo urge en este momento, además de regular los procesos migratorios, es ver si existe alguna “fórmula mágica” que detenga tanto desenfreno mediático, tantas lenguas largas sin escrúpulos. Porque si de invasión se trata, una plaga de vivos e indolentes disfrazados de periodistas ha invadido una caterva de medios de comunicación.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.