Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Invasión de los reyes de la posverdad

Según el psicólogo y sociólogo Arturo Torres, la posverdad supone un emborronamiento de la frontera entre la verdad y la mentira. En síntesis, mentira emotiva.https://psicologiaymente.net/social/posverdad.

Para otros, es sencillamente “mentira, estafa o falsedad encubiertas” porque, a la hora de crear y modelar la opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y las creencias personales.

https://es.wikipedia.org/wiki/Posverdad.

El Periodismo, conforme el periodista y Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, es, en cambio,  "…una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad…”

Y para Horario Verbitsky, periodista y escritor argentino, “… es echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa;

de la neutralidad, los suizos; del justo medio, los filósofos, y de la justicia, los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”. https://maritimafm.blogspot.com/2011/06/que-es-el-periodismo-segun-varios-e.html.

 

ABATIDA LA SOCIEDAD

Si el Periodismo es búsqueda afanosa de la verdad, y la posverdad puro engaño deliberado, ¿por qué se permite que ella lo estupre, in flagrante, y desdibuje sus contornos?

Por complicidad o por una miopía que impide dimensionar el daño social. Las dos corrientes resultan venenosas.  Grave.

Periodismo y posverdad no pegan, deberían enemistarse, o, al menos, tratarse con ojeriza, mantenerse a distancia. Él tiene la sagrada responsabilidad de trabajar en pos de la construcción de una mejor sociedad; ella representa el encubrimiento y la mentira con un ropaje emotivo, y apuesta a la manipulación para arrodillar a los públicos y ponerlos al servicio de los fines económicos y políticos de emisores perversos pintados de santos.

Pero resulta que en medios de comunicación dominicanos han instaurado un reinado de la posverdad. Y ese reinado ha violado in flagrante al periodismo en desmedro del derecho de los seres humanos a recibir información veraz a tiempo para adoptar decisiones oportunas, de calidad.  

Abundan los ejemplos de esta plaga que provoca estragos en la sociedad dominicana: La leyenda urbana estructurada sobre el rapto, violación y muerte de Carla Massiel Cabrera, 10 años.

Ocurrido el hecho en la empobrecida comunidad de Pedro Brand, provincia Santo Domingo, durante un año pre-electoral (25/6/ 2015), unos “genios” inventaron un relato digno del cine de ficción.

Aprovechándose de la angustia que ha implantado la inseguridad pública en las personas, de la ignorancia de los públicos y de la agitación pre-electoral, mediatizaron la idea del rapto para extirpar a la niña órganos vitales y trasplantarlos a un médico dueño de tres clínicas en Santo Domingo Este, y de una “finca rara, con animales raros, donde hacen cosas raras”, cercana al lugar de donde los hoy acusados se llevaron a la vista de testigos a la niña cuando salía de una actividad religiosa.

La dramatización y repetición mediática de la mentira fue tal que pronto los públicos vulnerables la somatizaron como verdad y el efecto contagio no tuvo parangón. No había comunidad del territorio dominicano donde no afectara el terror al rapto para trasplante de órganos. El pánico era generalizado. El monstruo rondaba las cuatro esquinas del país. Suficiente para revictimizar a Carla Massiel y su madre; construir el villano (médico y familia) y un héroe (los constructores mediáticos de la ficción.

Posverdad también fue el show con el exconvicto Quirino Ernesto Paulino contra el expresidente Leonel Fernández con el objetivo de arruinarle la precandidatura presidencial, entre 2015 y 2016; las imputaciones del senador por Peravia, Wilton Guerrero, al expresidente Hipólito Mejía, sobre un supuesto viaje a México en una nave de un narco;  el discurso contra la moral de la presidenta actual de la Cámara de Diputados y hermana del presidente de la República, Lucía Medina; el manejo de la corrupción... Posverdad es la mayoría de los discursos mediados. La lista es interminable.

La sociedad dominicana ha sido abatida por el reino de la posverdad. Es decir, del chantaje y la extorsión.

No hay reparo en armar un espectáculo de mal gusto con cualquier tema en el entendido de que el afectado “gritará”, reclamará por su buen nombre. En pocas palabras, “él o ella vendrá a nuestros pies, a enfriarse”. Y entonces vendrán los “excúsenos que no sabíamos que era así”. A partir de ahí, todo es “felicidad”.

Eso es perversidad, morbosidad y gozo por doblegar al otro, un trípode malévolo representado en el reino de la posverdad que hunde al periodismo dominicano ante el silencio irresponsable de una mina de profesionales de la disciplina. Tal vez no perciben su  estatus actual: en extinción, por la invasión de los reyes de la posverdad.

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Sobre el autor

Periodista. Profesor en la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la que dirigió durante seis años y donde imparte docencia desde hace veinte años. También ha sido profesor en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y en la Universidad Católica de Santo Domingo.