Sin temor... ni favor


Empezó la cosecha

Una vez, hace ya muchos años, tuve financiada una pequeña finca de unas 500 tareas cerca de Yamasá, donde pretendí sembrar ajíes, engordar algunos toretes y una crianza de conejos que llegaron a ser de más de 2000.

Todo se vino abajo cuando el ciclón David y luego Federico. Los conejos que quedaron me los compró la Secretaría de Agricultura, siendo Hipólito Mejia su titular.

Era de tierra montañosa, sin agua, por lo que tuve que hacer un pozo, pero como había sido usada antiguamente para pastoreo libre de ganado, tenía más de 400 matas de mango, esparcidas, sembradas por el tracto anal de estos animales, de calidad muy corriente.

Mis hijos estaban pequeños y como durante la semana entera trabajaba en mi empresa, los domingos eran los días de pasarlo atendiendo conejos, cruzándolos, sanándolos, rastreando los sitios planos, y ellos ayudando y montando en caballo, alguno montado en el tractor conmigo que le bautizamos como Jacinto, rastreando y limpiando el terreno plano o de poca pendiente.

Durante la época de mango recordaba mis años de adolescencia y maroteo, viendo una alfombra de cientos de magos amarillos bajo cada árbol, que disfrutábamos toda la familia sentándonos en el suelo bajo los mejores y más dulces, comiendo y embarrándonos hasta más no poder.   Nadie los compraba.  Regalábamos lo que podíamos, pero todas las fincas por esos rumbos estaban igualmente llenas de matas en producción.  Por desgracia los conejos no comían mangos.

Tanto mis hijos como yo estábamos esperando con impaciencia este par de meses de abundancia goce y dulzura, cuando la madre naturaleza nos brindaba esas gotas de amor con que satisfacer nuestro antojo.

Esto me recuerda aquella anécdota de Balaguer y Bosch en la Habana, cuando el primero fue invitado por el segundo a quedarse allí y unirse a la oposición de Trujillo, y Balaguer, Canciller de Trujillo, le contesto que no, que el iba a estar debajo de la mata cuando el mango cayera, lo que fue profético.

Los pueblos a veces también tienen que esperar debajo de la mata para cuando el tiempo llegue y los mangos necesariamente comiencen a caer, porque ya de maduros no se pueden sostener, o porque personas impacientes les lanzan piedras y palos certeros para tumbarlos.

Mucho me place ver como aunque sea a palos y pedradas, ya empiezan a caer los mangos malos que solo serán comida de puercos una vez en el suelo.  Es la ley de la naturaleza y es la ley de la vida...  Nada dura para siempre y todo lo que empieza acaba.

En este mundo puedes ser hasta superdotado como el Dr. Melgen, o un buen ingeniero constructor como Diandino, quizás ambos insuperables, pero si no supieron controlar sus ambiciones, moralidad y sobrepasaron por mucho los límites establecidos y prudentes e hicieron lo indebido creyéndose intocables, lo que no tenían necesidad de hacer, tendrán que pagar sus afrentas y llevar la pena y vergüenza por toda la vida que pueda quedarles, pagando el castigo que merecen, que para mí sería el fusilamiento y aun así no devolverían a la sociedad el daño que le hicieron.

Solo puedo celebrar, que como era de esperarse, cuando la cosecha empieza, aunque no sea agosto ya nadie pueda detenerla hasta que no quede ningún mango en la mata, y felicitar a Alicia Ortega, esa periodista seria, firme, capaz, sosegada además de bella, que nos ha demostrado que sí se puede.

Supongo que muchos otros estarán temblando y con diarrea y quizás hasta arrepentidos.

Monterrey, Méx.* luis@arthur.net * www.luisharthur.blogspot.com *14/V/2017

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Sobre el autor

Vive a horcajadas entre Santo Domingo y Monterrey. Ingeniero electricista del Instituto Tecnológico y Estudios Superiores de esta última ciudad, es un apasionado de la genealogía, tema sobre el cual ha hecho varias investigaciones al alimón. Bloguero y articulista de medios escritos y digitales, se interesa ahora por la medicina alternativa y el biomagnestismo.