Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Nieves y los intolerantes

El comentarista Ricardo Nieves es blanco del cañoneo de algún individuo o sector en vista de sus ácidos ataques a la corrupción y la impunidad gubernamentales, y al accionar en el país de la poderosa transnacional brasileira Odebrecht, centro de un escándalo internacional de soborno, sobrevaluaciones y lavado de activos.

Yerran con esa rancia táctica quienes, desde el Estado o desde la sombra tenebrosa del oportunismo, disparan sus balas de descrédito contra ese inquieto profesional. Si la embestida viene del lado oficialista, la única cosecha es el embarre; si proviene de la empresa extranjera o de algún enemigo encubierto, los daños serían leves, se borrarán con el paso de las horas, salvo que apuesten un desenlace fatal.

A distancia, percibo a Nieves como un tipo honesto, apasionado y coherente en las actividades en que se involucra: desde la filosofía, el derecho y la medicina, hasta su activismo casi enfermizo a favor de los “hijos de Machepa”, sin esperar más recompensa que la satisfacción. Eso basta para preservarlo y respetarlo, aunque cause escozor con sus descarnados comentarios. No los hace con base en la extorsión, el chantaje y el despecho, trípode perverso muy de moda en el quehacer comunicacional dominicano.

Como Nieves no hay muchos en los instrumentos de información colectiva, aunque muchos respinguen  con el caso Odebrecht, como si la corrupción nació y murió ahí. No integra él esa plaga de difamadores que solo busca figureo y lavarse; simular pulcritud frente a la población, para, luego de sus montajes en   cabinas y redacciones, salir en tropel a sacudir chaquetas privadas y públicas con el objetivo de justificar facturas por concepto de mañas.

Él, salvo que alguien demuestre lo contrario, no es un mentiroso patológico, ni un difamador. No teme al poder político; tampoco al empresarial. Ataca sin esperar autos de lujo, mansiones, viajes, fincas, “empresas prósperas”, cuentas bancarias. Con esa actitud intransigente, seguro que horada epidermis de mañosos de todas las épocas y de todos los colores, acostumbrados a comprar silencios a cualquier precio. Y eso lo hace vulnerable.

Así que los enemigos de él no están en el Gobierno; plantearlo así resulta un sesgo peligroso. Los verdugos medran en todas partes: lejos y cerca, arriba, abajo y en el frente, y siempre conspiran. Son los intolerantes manifiestos y encubiertos, los convencidos de que, con don dinero, se resuelve todo, incluso “taparle” la boca a cualquiera.  

De eso debe de tener conciencia Nieves y quienes, como él, desde cualquier escenario han optado por un ejercicio profesional responsable. Una práctica distante de la bulla y el oportunismo de la trulla de improvisados y arrogantes que ha invadido los medios, y tiene la cola más larga que un cometa. Tan corruptos, tan delincuentes como las personas que denuncian con estridencia, aunque se disfracen de ovejitos mansos.

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