Desde La Habana


Pañoleta para un bloguero

No sé quién es, ni conozco personalmente a Félix Edmundo Díaz. Acabo de enterarme de su existencia, y de su blog --sintomáticamente llamado La Mala Palabra--, por una noticia que ahora mismo, ay, anda recorriendo las redes sociales y los correos electrónicos dentro y fuera de Cuba: la apelación a partirle los dientes al periodista uruguayo Frenando Ravsberg, puesta en un escrito sobre los almendrones y las medidas tomadas por el Consejo de la Administración Provincial de La Habana, como bien se sabe controvertidas dentro de la Isla misma. Pero a pesar de que no lo conozco, no me gusta que oculte su rostro. Aparece en una foto con unos espejuelos oscuros y una gorra gris que impiden verle los ojos (https://twitter.com/feddefe). Tampoco me gusta que suene como un Dios del Génesis, correspondientemente pertrechado de rayos y centellas, solo que con una proporción rayana en el ridículo: “yo envío un ultimátum a los taxistas y compañía. Esta es mi gran contraoferta”.

De entrada, su texto --si se le puede llamar así--, propone una idea de institucionalidad cuando menos dudosa. Es más, una barrabasada: reactivar el Ministerio de Bienes Malversados, creado en 1959 contra los testaferros de Batista y disuelto dos años después por el propio Gobierno Revolucionario, un planteo que desconoce de manera olímpica la función de los tribunales y de un organismo llamado Contraloría General de la República (2009) en la Cuba de hoy. Pero el punto central de esta conversación --porque lo quiere ser-- no consiste precisamente en discutir sus criterios, atendibles o no, sobre los almendrones, los choferes y las nuevas políticas en curso, sino en preguntarse por qué un abogado, que se supone conozca las leyes, se permite el lujo de ofender e incitar la violencia contra un periodista --cuyos criterios sobre Cuba o Burundi no hay que suscribir necesariamente-- y en su lugar omita la argumentación razonada y persuasiva en sentido contrario a la del aludido, más allá de ciertos ideologemas que le brotan como lengua de lava cayendo del Vesubio. Leyéndolo, la primera pregunta que me viene a la mente es si esos cinco años en un aula de la Facultad de Derecho le sirvieron en verdad para algo. Y si fue así, una segunda: por qué parece ignorar que, de acuerdo con el Código Penal cubano (capítulo II, artículo 320.1), “el que, de propósito, por escrito o de palabra o por medio de dibujos ofenda a otro, incurre en sanción de privación de libertad de tres meses a un año o multa de cien cuotas”. En este punto lo que le pregunta al uruguayo no deja ninguna duda al respecto: “¿No crees que es hora de que te vayas pal c… de tu madre y empieces a escribir Cartas desde USA o Cartas desde España?”.

Hay aquí implicado un problema de civilidad. Se esperaría, en efecto, una polémica con el aludido, como ya abundan en distintos foros cubanos, dentro y fuera de la red, pero naturalmente partiendo de la base de que todo absoluto es escolástico. Eso se llama, me parece, humildad y honestidad intelectual. Pero aquí solo figuran ataques ad hominen, un verdadero homenaje a lo que los antiguos romanos denominaban cuneus, lo cual se relaciona con la crisis de valores que recorre a la sociedad cubana, y en particular con una de sus expresiones más rechinantes: el lenguaje. Una profesora de la Universidad de La Habana lo ha resumido como la “lexicalización del pene” en la vida cotidiana, visible --o más bien oíble-- en paradas de guaguas, escuelas y otros espacios sociales. Y ciertamente una movida que no hace sino remitir a un macho biológico marcando su territorio a la manera de Kong, y sobre todo a unos códigos que mi abuela, una simple conductora de la Ruta 23, llamaba de carretoneros. Tal vez un caso de influencia del reguetón --o de cierta parte de él, porque a estas alturas ya no es igual a sí mismo-- en mentes y corazones para nada solitarios, al punto de llegar a validarse, normalizarse e integrar el sentido común. La labor de educación/resistencia de periodistas, pensadores, escritores y artistas constituye, en todo caso, uno de los posibles antídotos a la avalancha, por incompletos que resulten. Y, por lo antes visto, esta diatriba opera en sentido contrario: no hace sino llevar más lodo al mismo pantano.

En los años 60 el canadiense Marshall McLuhan dictaminó esta verdad: “el medio es el mensaje”. Se impone entonces una pregunta final: por qué la periodista del ICRT Norelys Morales Aguilera --a quien tampoco conozco--, dio cabida en su blog a ese flush que se coloca a sí mismo, y por derecho propio, bastante por debajo de la línea de flotación. La prensa cubana, que ya adoptó la práctica de recoger las opiniones de sus lectores al final de los artículos, pone como condiciones para publicarlas las siguientes: a) mostrar respeto a los criterios en sus comentarios, b) no ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas, y c) reservarse “el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con la regla de uso”. Cabría evocar a Juan Marinello: “toda gran libertad supone una gran responsabilidad”. Al final del día, el escrito/panfleto/descarga/diatriba de este hombre es un caso adicional de lo que un colega calificara una vez de “ciberchancleteo”.

“Todavía estoy aprendiendo el oficio de ser revolucionario”, posteó una vez.

Así no es, por lo menos en este terreno.

Pañoleta de pionero, entonces, para el bloguero de La Mala Palabra.

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.