Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Pedernales espera al Gobierno

La victoria del Partido de la Liberación Dominicana y aliados en las elecciones del 16 de mayo de 1996 resucitó las esperanzas de la provincia Pedernales, en el suroeste fronterizo de la República Dominicana. El pueblo agonizaba por la desatención gubernamental. Pero nada bueno llegó.

La organización morada, fundada por el expresidente Juan Bosch, volvió a ganar en 2004, 2008, 2012 y 2016; sin embargo, entre promesas y promesas para convertir aquel pedacito de isla en una “mina de oro”, se entronizó el abandono. Y, desesperados los pobladores  que no pudieron –o no quisieron--  marcharse en busca de sitios menos hostiles, quedaron a expensas del tigueraje político y las mafias que han visto la frontera con Haití una fuente inagotable de enriquecimiento.

Mientras, los haitianos, con una indigencia insoportable, huyen hacia el este. Unos siguen hacia otras provincias y el Distrito; pero muchos, como en manadas, pueblan cada rincón de Pedernales, para ellos menos infernal que su país.

La cotidianidad de Pedernales ha sufrido un grave impacto. La inseguridad gana terreno. El desempleo ha tocado fondo; se puede ver en el envejecimiento a destiempo de la gente joven. Los chivos y vacas deambulando por las calles y paseándose por el parque durante las madrugadas, los accidentes de tránsito y los robos a cualquier hora y el consumo de drogas, representan solo el humo de un gran horno que arde por dentro. La incertidumbre es ley.

Por suerte, las vanas promesas y la subestimación de la comunidad también tienen sus ventajas. A veces provocan el despertar de segmentos sociales, a menudo dispersos. Y eso es lo que ha sucedido en esta ocasión con un grupo de pedernalenses no residentes.

Ellos se han unido, pese a las diferencias, y han emitido un comunicado en el cual piden al presidente Danilo Medina la reapertura de la cementera, asistencia para los agricultores y pescadores, terminación del aeropuerto, un acueducto, plantas de tratamiento, políticas para la instalación de empresas privadas, construcción del malecón y de la autovía Barahona-Pedernales, y control de la masiva migración ilegal de haitianos.

La iniciativa luce buena. Y sería mejor si la fortalecieran con la inclusión de otros pedernalenses que han denunciado lo mismo y han formulado propuestas durante décadas, sin pasar facturas políticas ni económicas.

Estamos ante una señal ominosa a la que el Gobierno debe prestar atención sin más dilación. Con el abandono eterno de Pedernales, se abre un boquete a la inseguridad nacional. Y eso es grave, aunque poco importe a políticos oportunistas que apuestan al hambre, la ignorancia y al desorden porque es su naturaleza.

El presidente Medina es sureño; por tanto, conoce muy bien el caro precio de vivir (o sufrir) en aquella región. Aquello es un manojo de miseria atizada por la irresponsabilidad estatal.

Él agota su quinto año en Palacio; sin embargo, su “score” de realizaciones anda bajo por allá. Ha prometido mucho, sí; pero falta una buena dosis de ejecución para paliar la deuda social acumulada.

Seguimos apostando a él. En el suroeste, urge la reivindicación de los gobiernos peledeístas.

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