Solo una idea

Un espacio para abogar por la justicia social y la libertad en esta patria: la humanidad

¡Basta!

Hay dos tendencias que han estremecido a América Latina en los últimos años.

La primera es la extensión sin paralelos históricos, de la corrupción pública, en particular de esa modalidad de la corrupción que da cuenta de la relación espuria entre un sector privado arrogante, que ha acumulado cantidades astronómicas de capitales, y estados debilitados, ocupados por trúhanes políticos que hacen desde el área pública lo mismo que el sector privado desde sus negocios truculentos: acumular y ser más ricos.  No hay límites ideológicos: izquierdas y derechas se han rendido ante las ofertas mercuriales, sepultando con ello, en cuanto a izquierdas se refiere, también las esperanzas de un mundo mejor que, evidentemente, no se puede construir con ladrones.

Hasta países que eran destacados por sus buenos performances en cuanto a moralidad pública, comienzan a desfallecer. Chile ha vivido experiencias particularmente traumáticas de enrolamientos del gran capital en financiamiento de los políticos y en las compras de votos parlamentarios, principalmente de la derecha pinochetista, pero también de la izquierda. Cuba, en otro lado de la historia, reporta cada vez más casos de corrupción pública, en lo que resulta un proceso de conversión burguesa de la elite política postrevolucionaria. En ocasiones con los aplausos, unas veces estúpidos y otros interesados, de sectores de la izquierda continental.

La otra tendencia interesante es el vigor que ha mostrado el poder judicial. En buena parte de estos países han sido los fiscales quienes, motivaciones políticas a un lado, han sacado a la luz pública estos hechos y han procedido con una increíble independencia. Perú, Chile y Brasil son tres casos que hay que resaltar.

Nuestro país ha sido también víctima de esta fiebre corrupta, y sobre funcionarios y políticos se han vertido generosamente 92 millones de dólares de las arcas de Odebrecht.  Ha sido un festín depravado, el pináculo de la gestión del PLD. No porque el PLD haya sido el único partido corrupto de nuestra historia reciente. No hay criaturas políticas más venales que los reformistas, quienes venden todo lo que pueden. Y los perredeístas no se han quedado atrás. Pero comparados con los ladrones del PLD han sido simples rateros, carteristas de buses en horas pico. Porque si algo ha aportado el PLD a la historia nacional ha sido la corrupción orgánica, donde los grandes capitales y los políticos se dan sus baños de lodo y sangre en la más absoluta impunidad. Es el estado como corporación económica que modeló y diseñó Leonel Fernández y que hoy parece reventarle en la cara a Danilo Medina.

Lo que diferencia a nuestro país es que la segunda tendencia no ocurre. Acá no hay un poder judicial independiente, dispuesto encausar a los funcionarios corruptos y eventualmente perseguir y enjuiciar a los expresidentes involucrados. No hay fiscales que salven la honrilla del estado. Lo que hay es un procurador sin personalidad, zigzagueante, cómplice del estado de cosas existente, y una serie de fiscales y jueces que parecen ser partes del problema y no de la solución.

Danilo Medina y su cohorte siguen siendo al único equipo ejecutivo en este continente que no se ha pronunciado en torno a Odebrecht a pesar de lo cerca que le caen las salpicaduras. Lo único que ha hecho es nombrar una comisión ilegítima, llena de funcionarios y adeptos del gobierno y presidida por un cura maquiavélico que fue, hasta hace muy poco, directivo de una de las compañías involucradas. Y de ahí espera un dictamen objetivo desde donde encaminar sus políticas. La comisión que preside Agripino Núñez es una bofetada a la inteligencia y a la moral de nuestra sociedad.

Danilo Medina debe renunciar, y junto con él toda la crápula peledeísta que enloda cada día la dignidad nacional. Leonel Fernández, Félix Bautista y sus acólitos deben ser encausados. Ojalá que sucesos como la marcha contra la impunidad se repita, y se mantenga como opción. Esa es nuestra única oportunidad ante el abismo ético en que nos encontramos. Decir ¡basta!

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