Juan TH en voz alta

JUAN T H: periodista, abogado, poeta, ateo, medio cuerdo y medio loco,

A favor del aborto

La mujer debe tener el derecho a decidir cuántos hijos tener. Y cuando.

La mujer no debe ser obligada a tener los hijos que el hombre, sea su esposo, novio, amigo, amante o compañero, quiera.

La maternidad es asunto de mujer, no de hombre.

Pero los hombres, dueños del mundo, le imponen  a la mujer una maternidad muchas veces no deseada, como si fuera una incubadora.

El aborto no debería ser un tema de discusión a estas alturas del desarrollo de la humanidad. En muchas sociedades con altos niveles de educación y desarrollo económico esa cuestión ha sido resuelta legalizando la interrupción del embarazo por las razones que la mujer entienda.

Yo estoy de acuerdo con el aborto en todas las circunstancias. Lo he dicho otras veces.

Insistir en castigar el aborto es un anacronismo que nada tiene que ver con defender  la vida humana, pues millones de niños y niñas, adolescentes y jóvenes, mueren todos los años a causa de enfermedades curables, de hambre y durante los bombardeos indiscriminados de los países en guerra, sobre lo cual rara vez la iglesia se refiere.

Las iglesias, sobre todo la católica, no tienen calidad moral para mantener una campaña en contra de la suspensión de la gestación, por todo el daño que históricamente le han hecho a la mujer, como género, discriminándola, condenándola, asesinándola en la hoguera tras acusarla de hereje y considerándola un ser inferior subordinado a los caprichos masculinos.

La iglesia que viola miles de niños y niñas en el mundo no puede hablar de abortos. El celibato es un absurdo anti bíblico que incita a los “pecados de la carne” incluyendo la homosexualidad y las perturbaciones más aberrantes que pueda tener una persona.

Castigar y condenar el aborto bajo cualquier circunstancias es sentenciar a las mujeres pobres al desamparo, a enfermedades, incluso a la a muerte. Las féminas  de clase media en adelante tienen los medios educativos y materiales para resolver cualquier problema de esa índole, ya sea en el país o en el extranjero.

Si la iglesia ama tanto la vida,  como dice, ¿por qué la mayoría de los curas, de todos los niveles y rangos no reconocen a sus propios hijos que suelen decirles “tío”? ¿Si defienden tanto la vida por qué no salen a recoger a los cientos de niños que deambulan por las calles pidiendo un pedazo de pan? ¿Por qué los obispos no se llevan para sus casas a los niños y niñas huérfanos de padres y madres por la violencia intrafamiliar? ¿Y por qué los políticos corruptos que se oponen al aborto mientras se roban el presente y el futuro de la niñez no adoptan una docena cada uno?

No entiendo, de verdad, ¿por qué se preocupan tanto por los niños y niñas que no han nacido cuando abandonan y dejan morir de hambre, descalzos y desnudos, sin familia, a los que ya nacieron?

Considero que el Estado dominicano, en vez de aferrarse al pasado discutiendo cuestiones tan pueriles como el aborto, debe enfrentar los desafíos que plantea el crecimiento de la población no solo en nuestro país, sino en todo el planeta. Los humanos somos seis veces más que el resto de los habitantes. Pronto seremos 9 mil millones y a finales de siglo alrededor de 10 mil millones, lo cual plantea interrogantes y preocupantes muy serias ya que la ciencia y la tecnología nos llevan a un estadio de desarrollo donde los humanos seremos cada vez menos imprescindibles en materia de salud, alimentación, vivienda, agricultura, etc., gracias, entre otras cosas, a la inteligencia artificial dentro y fuera de la robótica.

Ignorar o colocarse de espalda a la cuarta revolución industrial en marcha desde hace  años discutiendo tonterías como el aborto es una estupidez propia de estúpidos.

(¡Si alguien se siente ofendido, le pido perdón, no es la intención, pero es la verdad!)

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