Desde La Habana


Otra raya

Otra raya más para el tigre. Una orden ejecutiva adicional, de esas que tenían planeadas con toda la anticipación del mundo, esta vez para producir otro acto de línea dura: prohibir la entrada al país de refugiados e inmigrantes de siete naciones de mayoría musulmana. Su nombre es pomposo: “Protegiendo a la nación contra el ingreso de terroristas extranjeros a los Estados Unidos”. Una jugada planeada, de hecho, durante la campaña presidencial. Y una nueva congruencia entre discurso y hecho que echa por tierra la idea --bastante común-- de que una cosa era con guitarra y otra con violín; es decir, que el Trump de la Casa Blanca tendría que ser, necesariamente, distinto al electoral. Hay muchas razones que lo explican. Una, que el presidente es la medida de los individuos que lo rodean en el ejercicio de su cargo. Los de este son como pirañas --y están bastante apurados. Han estado ocho años esperando la hora de desmantelar eso que se llama el legado de Barack Obama, y quieren borrarlo de un plumazo, literalmente, de la faz de la Tierra. Parecen miembros de la casta sacerdotal del Antiguo Egipto eliminando cualquier vestigio de monoteísmo. Le llamaban “el presidente imperial” por la cantidad de órdenes ejecutivas que tuvo que promulgar ante un Congreso que prácticamente le hizo la vida imposible en todas las esferas. Reforma inmigratoria. Dreamers. Oleoductos. Y un largo etcétera. Como si este problema, y esta contradicción entre ambas ramas del gobierno, no hubieran ocurrido nunca en más de doscientos años de historia norteamericana.

El poder judicial se movió rápido para bloquear, al menos temporalmente, la orden. Respondiendo a una solicitud de la American Civil Liberties Union (ACLU), una joven jueza federal de Brooklyn, Nueva York, la mandó a detener de manera emergente. Y después se sumaron otros magistrados de distintos puntos de la Unión. Uno dijo lo siguiente: “somos un país basado en leyes. En una Corte, no es la voz más alta lo que prevalece. Es la Constitución”. “El primer paso de un largo camino legal”, editorializó el New York Times en un texto singularmente ácido. Pero por importante que esto sea --y lo es--, el punto ahora consiste en que esas disposiciones en materia de inmigración y refugiados constituyen un indicador claro y distinto de lo que tienen en la cabeza esos raptors, quienes en su prepotencia no supieron o no pudieron o no quisieron calibrar sus impactos sobre el judicial y la sociedad civil. Para justificarse, acuden a otra manipulación de las que tanto abundan por estos días, en los que vuelan palabras tan altisonantes como huecas. Una de ellas, un eufemismo para designar falsedades: “hechos alternativos”, aporte lexical del estratega-jefe de la Casa Blanca, Steve Bannon, quien viene a ser como un nuevo golden boy en su ascenso meteórico hasta el Consejo Nacional de Seguridad, donde Donald Trump lo acaba de ubicar. Una especie de Michael Deaver durante la administración Reagan, pero bastante más poderoso y temible. Alegan, en breve, que el Presidente fue elegido para tomar medidas como esas, y que “el público las aprueba”, categoría imposible de digerir en el caso un país profundamente dividido y polarizado. Acaso como nunca antes.

Pero lo interesante es que están saliendo a la luz pública torpezas y contradicciones interburocráticas. Por eso, entre otras razones, a estos gallos la prensa les molesta, al punto de mandarla a callar sin tapujos: siempre hay un ojo que te ve o alguna gargantilla profunda que sale de por allá arriba. Y si a eso se suman los sombrerazos, el problema es doble. Por una parte, el exalcalde de Nueva York y actual asesor de la Casa Blanca en ciberseguridad, Ruddy Giuliani, declaró que Trump le había preguntado “cómo hacer un Muslim ban legalmente”, y por otra el Presidente aseguró casi al unísono que no era tal prohibición, idea acompañada por un discurso sobre “la tierra de los libres y los valientes” que nadie cree, empezando por sus propios gestores. Y todo en medio de una guerra contra el llamado cuarto poder, como si fuera el responsable del problema: “La mantendremos libre (a la nación) y la mantendremos segura, como los medios saben, pero se niegan a mencionar”, dijo Trump. Y también: “Para ser claros, esto no es un veto a los musulmanes, como los medios han reportado falsamente”.

 O el fuego cruzado entre Bannon y el United States Department of Homeland Security. A todas luces, una chapucería. Según trascendidos, desde esa entidad le advirtieron al ejecutivo el problema que representaría no dejar entrar al país o retener a personas con residencia en la Tierra, pero esto fue ignorado olímpicamente y los mandaron a proceder de todos modos. El caos y la confusión se entronizaron en agencias de viajes en el exterior y aeropuertos norteamericanos, según se ha venido reportando con historias personales de dramáticas a risibles. Y como para rematar, ayer domingo Reince Priebus, el jefe de Personal la Casa Blanca, contradijo lo que se estaba haciendo al afirmar en el programa Meet the Press que los poseedores de tarjeta verde de esos países no tendrían problemas. Pero con otro oxímoron, un punto no contemplado en la orden ejecutiva: solo someterían a escrutinio --le declaró a Chuck Todd-- a quienes tuvieran muchos viajes de ida y vuelta a estos siete: Irán, Iraq, Somalia, Siria, Yemen, Sudán y Libia. Excluidas de la lista están, sospechosamente, naciones como Arabia Saudita, de donde eran varios de los terroristas de las Torres Gemelas. Y, por supuesto, Osama Bin Laden.

Las protestas en calles y aeropuertos son un dato de la hora, expresión de una resistencia que aumentará en la medida en que sigan por esos derroteros. Hay manifestaciones muy fuertes en Washington DC, Chicago, Los Ángeles, Nueva York, Filadelfia, Miami y otras grandes ciudades. La televisión es como el rayo que no cesa. Las redes sociales andan revueltas. Estos cowboys están logrando incluso reavivar un viejo fantasma: la separación de California de la Unión, que ahora llaman Calexit. El mensaje es obvio: no los van a dejar gobernar, al menos de esa manera. En el Partido Republicano, hasta ahora bastante comedido, han empezado a aparecer distanciamientos y fisuras, no solo por una cuestión de valores, sino también porque hay un volcán en erupción apenas diez días después de la llegada al poder del presidente. Incluye a personajes como Mitch McConnell, uno de los republicanos más influyentes en el Senado, John McCain y Rob Portman.

Cuando nominen al nuevo juez de la Corte Suprema, con toda seguridad tan o más conservador que el fallecido Antonin Scalia, designado por Reagan en 1986, se romperá otro corojo.

Lo veremos.

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.