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Se venden visas dominicanas en La Habana

En estos días en que la corrupción gubernamental anda a la desbandada, vale la pena recordar que la corrupción en nuestro país es un lugar común del cada día. Nuestra moral pública es tan relajada que ha convertido a la corrupción –nepotismo, desvío de fondos, tráfico de influencias, sobresueldos- en sentido común, y casi nos acostumbramos a vivir con ella, A lo que aspiramos no es tanto a encontrar un funcionario probo como uno poco ladrón. Robar poco, o mejor, beneficiarse sin meter mucho la mano, deviene virtud.

Por eso mismo, nuestra corrupción es muy sincera. El policía nos pide algo para el refresco con la misma soltura como el alcalde o el diputado con  el que se tramita un proyecto de desarrollo local te puede preguntar a-el-que-le-toca. O el embajador coloca a su hijo inútil en tareas de protocolo en algún organismo. O las oficinas públicas y privadas –incluyendo ONGs que claman por la transparencia- que parecen hogares familiares, con hermanos, consortes y descendientes. En fin, todo un lodazal.

Hay, sin embargo, un caso personal que me resultó particularmente chocante. Y lo cuento tal y como pasó.

En el verano de 2013, mi esposa, dominicana, doctora en matemática entonces profesora tiempo completo de la PUCMM, con propiedades y buen salario, quiso traer a su hermana cubana –una persona con un hogar plenamente constituido en Cuba- de visita por dos semanas. Siguiendo los procedimientos, hizo todos los trámites. Pero recibió una respuesta negativa.

Inicialmente quisimos creer que se trataba de una confusión, por lo que tratamos de apelar, pero recibimos el rechazo de la cancillería, entonces encabezada por el tristemente célebre Carlos Morales Troncoso: no había, nos dijeron, derecho a apelación, y no se podía volver a aplicar hasta un año después.

La gestión, en realidad, corría por otro carril: al día siguiente de ser notificada la negativa, mi cuñada recibió una llamada en su casa de alguien-que-quería-ayudar, ofreciéndole la visa por 4 mil dólares, y algo más para ayudarle a él. Como mi cuñada no le ofrecía respuesta, llamó nuevamente y rebajó la tarifa a 3 mil, pagaderos cuando la visa ya estuviese colocada, en cash, y un plazo de 15 días para toda la gestión. Dígale a su hermana, le dijo, que todo va a ir bien.

Me negué a pagar eso. Ya yo preparaba mi viaje por un tiempo a Chile, y le ofrecí a mi cuñada un viaje a ese país, donde algo así es impensable. Pero casualmente, conversando con un buen amigo del Partido Reformista a quien había ayudado en varios proyectos en la frontera, él se ofreció a ayudarme. Y efectivamente, en dos semanas, consiguió destrabar el asunto y la visa fue otorgada.

La visita de mi cuñada fue placentera, como suelen ser las cosas en nuestro país cuando logramos sortear las telarañas pecaminosas del poder político.

Un día, conversando del asunto con un amigo cubano, éste estalló en carcajadas. Me decía que a nuestra embajada en La Habana le dicen La Candonga, en alusión a los mercados angolanos donde se vendía todo tipo de contrabando. Aquí, me decía, venden visas. Y de ahí, a cruzar La Mona.

Por supuesto que los únicos candongueros no debieron ser los depravados funcionarios en La Habana. La red debió llegar hasta los despachos en Santo Domingo.

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