Con mis ojos

Mirada a una situación social por la construcción de ciudadanía, el desarrollo institucional y el bienestar general. Respeto extremo al derecho a la intimidad y el buen nombre de las personas. Huye a las rutinas opinativas, a los ruidos mediáticos. Rehúye al sensacionalismo. Consciente de que la asepsia ideológica no existe, promueve el disenso, la crítica constructiva, sin descalificaciones.

Peluquero de barrio

La mañana del jueves 5 de enero salí en busca de un peluquero que –me habían dicho--  trabaja cerquita de la casa donde vivo, en Santo Domingo Este. Y, como era corta la distancia, lo hice en short, camiseta y unas chancletas destartaladas que apenas obedecían a los pies, gracias a los siete perritos más traviesos que he visto en mi vida. La idea era quitarme la apariencia de armadillo o puerco espín que exhibían los laterales de mi cabezota, pese a la planicie que he heredado en el cráneo.

Hace poco más de una década que he confiado la tarea de cortarme el pelo a uno de los muchachos de la popular peluquería Bollo, en el municipio Tenares, provincia Hermanas Mirabal. Había cambiado de una de clase media en el Distrito Nacional, por lo soso que me resultaba el ambiente. Todo muy formal, un silencio compulsivo, peluqueros taciturnos, distantes de la cotidianidad caribeña. Las de barrio son picantes, ruidosas, pintorescas, agolpadas de clientes pobres, ricas en historias del día a día de la comunidad. Sus colores, olores y sonidos son distintos.

Por razones que no vienen a cuento, me he visto compelido a salir en víspera de Reyes a olvidar por el momento a los Bollo y buscar uno de esos lugares vibrantes del municipio de la provincia Santo Domingo para calmar el alboroto que cada mes se arma en mi pelo. Y lo he hecho a regañadientes. Aparte de mi padre, que, cuando yo era pequeñín, se pasaba horas interminables recortándome, tres o cuatro personas, como mucho, han manipulado mi pelo crespo.

COMENZÓ LA FAENA

El sitio recomendado no existe. Al menos, no existe en ese punto. Nunca ha existido, según vecinos de Isabel II.Seguí caminando por la calle, hacia el sur, arrastrando mis sandalias casi desguazadas, como un cojo. Solo me decían: “Siga, allá hay una, doble a la derecha”. Y ese allá pasaba de un kilómetro.

Al llegar a la estrecha carretera de Mendoza, doblé a la derecha, hacia el oeste. Percibí que caía atrapado en el mismo infierno. Un caos en el tránsito. Un cruceteo frenético de vehículos chatarras, sin control; minibuses y autobuses del transporte de pasajeros zigzagueando a alta velocidad, casi llevándose las nalgas de los transeúntes.Motociclistas locos, indolentes, en vía contraria con la mayor naturalidad. De infarto.

Calzadas como un hilo, hasta que se esfumaban o se confundían con la vía. Los espacios para peatones, una simulación. Todo ocupado por ventorrillos, compradoras regateando por los precios de los alimentos del día; talleres, tiendas de pacas, “Beautyhair”, “boutiques”, contenes  ahogados de lodo cloacal, aguas residuales por doquier, personas caminando en todas direcciones… Insufrible, peligroso en extremo, y sin asomo de autoridad. Aunque la gente actuaba con naturalidad, yo, en cambio, me sentía aturdido; caminaba torpe, inseguro.

Suerte que apareció José, un vendutero haitiano, que  --junto a su pareja--, ha improvisado un puesto de vegetales en un huequito entre la calzada y un solar. Ella lavaba unas papas y a seguidas las organizaba en pirámide; él, con una pala, recogía un montón de lodo putrefacto a lo largo de unos 30 metros, para proteger su negocio. Hacía el trabajo que le corresponde a la Alcaldía. A él le había pedido orientación sobre las peluquerías de la zona. Y accedió con una disposición inesperada. 

El hombre larguirucho, de unos 30 años, comenzó a caminar calle abajo, hacia el oeste. Él delante; yo, detrás. Solo mascullaba: “Siga, siga”. Una peluquería, cerrada; otra, cerrada; otra, cerrada. Son las 11 de la mañana; parece que los peluqueros están libres. Medio kilómetro más, a pura canilla, saltando charcos pestilentes, hoyos y cuchumil obstáculos. El peor de ellos: la tensión que se sufre por el desorden desatendido.

Ahora José no sabe dónde hay más peluquerías. Me ha dejado estacionado como una vara en una esquina. Todos me miran como bicho raro;él ha cruzado rápido la avenida y se ha perdido por un callejón preñado de cuarterías y mujeres, hombres, niños matando el ocio obligado. Pero dos minutos después, ha regresado, y con la mano me ha señalado que le siga. Yo estaba casi arrepentido, pero su deseo de servirme a cambio de nada, me ha animado a seguir.

A menos de cincuenta metros del parque de Villa Faro, se ha desviado a la derecha, por una callejuela entre dos hileras de casitas, sin el mínimo espacio para lavar y tender la ropa. Menos para el entretenimiento.Esa vía es el patio y es la pasarela de las muchachas indigentes que, según sus vestimentas y el “tumbao” de su caminar, han caído en la trampa de vivir a la moda y el consumismo de un sistemaque, sin embargo, las desprecia.

CASI, CASI

De momento pienso que José anda más perdido que yo. Camina y camina, pregunta y pregunta. Cuando casi llegamos a Mandinga, un sector con fama de muy inseguro, se detiene y entra a una peluquería.Nadie adentro.

Una vecina que disipaba su pobreza sentada a la orilla de la callecita, pendenciando a todo el que pasaba, gritó: “Llámalo que está arriba, él baja”.

 Y así fue. Bajó un mulato de 43 años, e invitó a pasar. Su negocio: un trozo de 4x4 metros, arrancado a la galería de su viviendade cemento, cuyo patio delantero es la calle y los linderos laterales, las casas de los vecinos. Dos sillones giratorios vetustos que a duras penas giran. Un espejo manchado. Un acondicionador que se cae a pedazos; no funciona, el polvo se lo traga sin piedad. Una pintura en encuadrada, casi del tamaño de una de las paredes, en un verde brillante, de una mujer delgada, acostada boca arriba, con las tetas erectas y unos pantis que resaltan su vulva. Unos instrumentos para el corte de pelo al borde del colapso. El peluquero, muy empático, ha comentado que diciembre se le pasó sin poder remodelar aquello, pero que lo hará en breve. Como dominicano de pura cepa ha relatado su vida en unos minutos. “Tengo que ir pensando en bajar los tragos; la edad me está avisando que debo bajar porque me dan duro”, ha expresado.

En eso, ha pedido un adelanto del pago y ha mandado a su hija de nueve años a comprar una tostada y un jugo con agua sin filtrar. Lo comparte con la niña y la cuñada (una tostada para tres: el desayuno). Un niño ha llegado, por encargo de su padre. Es su próximo cliente.  Muy locuaz. Me ha dado una cátedra sobre tenis; le encantan los Jordan. Y, en cuanto a corte, le ha pedido al peluquero que le deje una “moñita” en el cráneo, y que le ponga vaselina. Le ha respondido: “Hay que preguntarle a tu papá, es muy jodón con eso”.

Entre pausa y pausa, relato y relato, han terminado conmigo. Satisfecho. Al final, el peluquero me ha ofertado unos Jordan  por 1,800 pesos. “Como nuevos, baratos, cuestan cuatro mil o cinco mil”, acota.

Mientras regresaba a casa, por el mismo laberinto diabólico, ahogándome por el sol de las doce, pensaba en la vida del barrio, en sus acentuadas necesidades, en que su gente es sobreviviente de un sistema inicuo y, sin embargo, luce alegre, natural, sin poses en el trato.

Con las coimas y sobreevaluaciones de Odebrecht y Embraer (Súper Tucanos), pero también con la recuperación de los miles de millones robadosal erario vía evasiones de impuestos y la creación de empresas para venderle al Gobierno a sobreprecios; con las mafias en el sistema eléctrico y en el transporte de carga y pasajeros… 

Con ese dinero, aquella gente y la de otros barrios, viviría, no sufriría bajo la incertidumbre de un ambiente hostil, no apto ni para las cucarachas.

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