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Las desventuras dominicanas de Pepe Mujica

Pepe Mujica ha significado una bocanada de aire fresco para la política latinoamericana. Fue un presidente que vivió en una chacra y habló, con sentido cotidiano, de muchas cosas de la vida. Como nadie –recordando a Carlos Fuentes- antepuso la riqueza de la pobreza  a la pobreza de la riqueza. Y le dio a la vida un sentido inmanente distante de las grandes epopeyas  trascendentales. Y por todo eso, y porque regresa desde una izquierda radical, ha constituido un asidero para los progres latinoamericanos, generalmente miembros de una clase media que necesita estos referentes estoicos tanto como la gente timorata a las películas porno: disfrutar viendo hacer lo que son incapaces de hacer.

A República Dominicana vino invitado, solamente al parecer pues el asunto aparece como muy complicado, por el Partido Opción Democrática. Presentó un libro, habló en varios lugares y fue homenajeado en otros tantos. En todos los lugares dejó un mensaje que la sociedad dominicana necesita. Pero en todos y cada uno dejó algún sabor de insatisfacción. En parte porque todo fue pesimamente organizado –el propio Mujica se lo recuerda a sus anfitriones en un video en que en un momento cuatro de ellos le hablan al mismo tiempo- pero sobre todo porque se trató de una visita sin norte, sin una orientación política precisa, sin un objetivo más elevado que el pavoneo politiquero.

Creo que la sociedad dominicana requiere oír a Pepe Mujica. Pero digo la sociedad, no la elite corrupta y banal. Y fue esta la que monopolizó los espacios para salir en la fotografía. Fue esta cacle de malhechores y cómplices –la mafia subyacente en los tres poderes del estado, la burocracia de los partidos, el jet set intelectual (en realidad más jet set que intelectual), el golden boy hijo de Leonel Fernández- quienes llenaron el salón de una universidad privada de segundo rango donde se efectuó su actividad principal.

Para la impresentable élite dominicana, Mujica fue una oportunidad para darse una ducha de la civilidad y el honor de que carece cotidianamente. Una suerte de orgasmo político que pasa rápido y sin mayores costos. Todavía tengo en mente una foto (ojalá se trate de una versión trucada) de Mujica abrazando a Amable Aristy, una criatura política que representa en todos los sentidos lo opuesto a lo que Mujica representa: corrupto, primitivo, manipulador, intrigante, forjado a la sombra de lo peor del balaguerismo.

  Afuera de cada lugar, quedaron miles de personas que debieron ser los interlocutores del expresidente uruguayo. Los que luchan día a día contra la explotación brutal a que son sometidos nuestros trabajadores y consumidores. Contra la homofobia, la xenofobia y todas las fobias que sitúan a nuestro país en el sótano del decoro. Contra la corrupción y la insensibilidad social. Contra la élite perpetradora o cómplice de todo este estado de cosas.

Creo que lo que hubiera sido un momento en la articulación de una respuesta cívica y popular al pantano político y cultural en que se hunde nuestra sociedad, quedó reducido a un retozo elitista. Lamentable, muy lamentable para todo.

Y una invitación a sacar las lecciones necesarias, en particular para quienes, como es el caso de Opción Democrática, aspiran a ser la alternativa política que nuestra sociedad merece. Pues si algo queda claro de todo este lodazal, es que no es así que se consigue serlo.

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