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La paz en Colombia y los policías del Parque Duarte

Dos noticias recientes son para mi caras de un mismo problema: por un lado, la sorprendente votación colombiana sobre los acuerdos de paz; por otro, la expulsión de los homosexuales del parque Duarte por una policía encargada de “mejorar” la imagen de la zona colonial.

Guardando las distancias de todo tipo, ambas reflejan los costos del conservadurismo de dos sociedades –la colombiana y la dominicana- que tienen como lugar común la carencia de experiencias disruptivas de masas (populismo, revoluciones). Que tienen costos en todos los lugares pero la ventaja de que limpian costras históricas seculares.

Nosotros pudimos haber tenido una, cuando en 1965 un movimiento popular en ascenso trató de cortar el paso a la oligarquía y abrir un escenario de democracia, libertad y justicia social. Pero el proceso fue duramente reprimido por las tropas intervencionistas norteamericanas en contubernio con las clases dominantes, las mismas que hoy existen.

En Colombia también existió la posibilidad de un remeneo de masas, cuando a fines de los 40s un candidato liberal de corte populista, Jorge Eliécer Gaytán, logró cautivar la imaginación de la mayoría de la sociedad y perfilarse como el ganador efectivo de los comicios de 1948. Pero Gaytán fue asesinado a balazos, lo que comenzó una espiral de violencia en el país que ha llegado hasta nuestros días. Justo lo que el acuerdo de paz quería sepultar.

Por supuesto, el voto negativo distó de ser masivo. Superó al positivo en algo así como un 1%. Pero sobre todo, se plasmó sobre una abstención del 60%. Pero puso en jaque un acuerdo de paz que podía ser imperfecto en muchos sentidos, pero mejor, dijo el presidente colombiano Santos, que una guerra perfecta. Y de cualquier manera se podrá argumentar, y con razón, que los guerrilleros de las FARC obtuvieron una franquicia política y económica que no se merecían. Y que eso es impunidad. Pero no se puede olvidar que es la misma impunidad que ha beneficiado a la derecha militar y paramilitar, sin que nadie se rasgue las vestiduras.

Ojala que el proceso de paz pueda encarrilarse, y que el Premio Nóbel entregado al presidente Santos cumpla una función estimulante en ese sentido. Ojalá que Colombia se encuentre con su futuro despojándose de todos los atavismos oligárquicos y clericales que han negado los mejores momentos de su historia. Los mismos atavismos que los policías homofóbicos lucen en el plácido parque Duarte expulsando homosexuales que, afirman en sus miserias morales, afean el paisaje del lugar.

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