Desde La Habana


Escribir para el exterior

La actual discusión sobre la prensa y los medios cubanos a menudo suele dejar a un lado un problema de la mayor importancia, aunque siempre latente: la relación de los intelectuales cubanos con el exterior y en particular con los medios de difusión. Pero como en este caso voy a hablar, fundamentalmente, de los ubicados al otro lado del Estrecho, la primera idea que quisiera colocar en limpio es la siguiente: los medios norteamericanos no son monolíticos.Como instituciones-reflejo de la clase política --o mejor, de los estamentos/facciones que la componen dentro del poder corporativo, el verdadero núcleo duro del problema--, una de sus funciones básicas es amplificar, como en una especie de lente de aumento, las diferentes visiones y maneras de encarar el mundo que en aquella existen, a menudo en abierta colisión. Aceptar entonces la idea de que todos los gatos son pardos --o lo que es lo mismo, que todos son lo mismo porque se trata de los medios del imperialismo, a secas y simplemente--, equivaldría a renunciar a conocer las contradicciones internas en la manufactura del consenso, como le denominan Edward Herman y Noam Chomsky en un estudio clásico. Ahí está, precisamente, el detalle.

Para ponerle rostros concretos a mi afirmación: no es lo mismo un periódico como The Washington Times o la revista Commentary --surgidos durante la “ola conservadora” de fines de los 70 y los 80, sobre la que se monta y profundiza la administración Reagan-- que The New York Times, la revista Foreign Affairs u otros diarios del establishment liberal del Este o el Oeste como The Boston Globe o Los Angeles Times. Esta es la prensa, con mayúsculas, de los Estados Unidos. No por azar esas instituciones --y hasta sus directrices editoriales y opiniones--, han resultado anatematizadas por los ideólogos conservadores más conspicuos, acusadas de prejuicio (bias) en sus reportajes y a veces hasta de promover agendas contrarias al “interés nacional”, una noción que para ambas partes puede no tener, y de hecho no tiene, idéntico significado. (Donald Trump y sus sombrerazos contra “los medios liberales” no son, obviamente, sino la cresta de la ola).

 Hay que recordar que una vez llegaron a responsabilizar a los medios por del American lack of will (“falta de voluntad norteamericana”) por la derrota deViet Nam:de acuerdo con esta lógica, la guerra se habría perdido única y exclusivamente “por el enemigo interno”--esa mezcla indistinta de liberales, izquierdistas de clase media, protestones universitarios, actores de Hollywood, jóvenes marihuaneros sexualmente promiscuos, peludos y roqueros--, cuando en realidad, como dice Howard Zinn, fue la primera gran derrota del imperio norteamericano después de la Segunda Guerra Mundial, hecha posible “por campesinos revolucionarios y por un sorprendente movimiento de protesta doméstico”. La superioridad tecnológico-militar quedó entonces aplastada por la acción del elemento humano a miles de kilómetros del territorio continental.

Se trata, en fin de cuentas, de dos maneras de manejar la dominación, pero con ramas y follajes de distintas orientaciones espaciales. Y está fuera de toda disputa que ese sistema ha sido efectivísimo al cabo de más de doscientos años de funcionamiento, enmiendas, cambios, correcciones, compras y mega-fusiones, primero dentro y después fuera de la Unión, labor ejecutada por conglomerados y corporaciones transnacionales que controlan los circuitos de producción/diseminación de la información y la cultura en estos tiempos pletóricos de globalización y economía de mercado.

Pero no hay por eso que evitar meterse en la garganta del otro, sino al contrario. Con una condición: hacerlo bien aun en medio de inevitables riesgos, vengan de donde vengan. A mi modo de ver, la labor del campo intelectual cubano no debe concentrarse únicamente en los medios de la izquierda, sin dudas importantísimos, en los cuales la cuestión consiste más bien en precisar ideas/posiciones y, desde ahí, entrar en el debate en zonas de empatías y confluencias de antemano existentes: la izquierda y sus medios son, obviamente, los aliados naturales en toda su diversidad e incluso en sus contradicciones. Pero en los primeros es más difícil y, por tanto, más estimulante. Supone considerar, entre otras cosas, una máxima del general Sun Tzu: “aplicar con sabiduría el conocimiento de la naturaleza humana” --es decir, del otro-- “en los momentos de confrontación” (o no). Y saber utilizar hechosyargumentos convincentes, así como los códigos con los que funciona la cultura norteamericana a todos sus niveles. Las declaraciones de principio son sin dudas pertinentes, legítimas y válidas, pero pertenecen a otros dominios que en predios ajenos no funcionan o funcionan bastante mal.

No tengo el dato empírico exacto, pero emigrados cubanos han publicado en el New York Times y otros medios después que la patria creció. Y lo han hecho incluso en coyunturas adversas. Si esto es así, ¿por qué los cubanos de dentro no podrían si se les presenta la oportunidad? ¿Porque los de allá viven en Miami Springs, Queens o Jamaica Plains y los de aquí en El Vedado, Centro Habana o Pogolotti? ¿Porque unos son biculturales y otros no? ¿O porque Harrison Salisbury, el creador de la página de op-ed del New York Times, aseguraba enfáticamente que no se publicaban textos nuestros porque “los cubanos de Cuba no tenían libertad para escribir?”.

No resultan por otra parte escasos los colegas de esos mismos barrios que han debatido y se han batido de tú a tú en distintos foros académicos --que son como medios de difusión, pero más pequeños y sofisticados--, no solo con sus contrapartes del gremio, sino también con individuos con responsabilidades administrativas y distintos talajes ideológicos. Y lo han hecho con las botas puestas, sin morir en el intento y arrancando signos de aprobación en audiencias que no son proclives a casi nada. Eso se llama poder de conocimiento, denotación y capacidad discursiva.

Voy a cerrar con otra opinión personal, ojalá no demasiado disonante: si a mí me invitaran a colaborar en una publicación periódica, revista, órgano o medio norteamericano, cualquiera sea su signo, lo único que no haría es bajar la cabeza o meterla donde el avestruz. Y procedería con un escalpelo en la mano al incursionar en el tema o los temas específicos de mi competencia, sabiendo de antemano qué, cómo y a quién se lo digo, un poco a la manera del equilibrista que figura en la cubierta de un famoso libro de Eliseo Diego. Y lo haría, también y sobre todo, porque es parte de lo que se denomina la responsabilidad intelectual. El general Sun Tzu lo pondría tal vez de otra manera en su ya citado El arte de la guerra: “Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”.

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.