Solo una idea

Un espacio para abogar por la justicia social y la libertad en esta patria: la humanidad

Con Franc Báez

Conocí a Franc Báez Evertsz hace exactamente 34 años, en una taquería de Ciudad de México. Allí conversamos largo sobre República Dominicana, sus virtudes y sus pesares. Una conversación particularmente interesante para mi, que entonces comenzaba mis estudios sobre esa media isla que entonces era solamente la patria de Máximo Gómez, y terminó siendo la mía. Y fue allí donde Franc trató de enseñarme a comer tacos mexicanos sin embarrarme el bigote de salsa, intento altruista en el que fracasó estrepitosamente.

No fui exactamente un amigo cercano de Franc. Nos encontrábamos ocasionalmente, en eventos, cursos, y esas otras actividades propias del gremio, pero con algo más que formal afecto. En realidad siempre sentí una admiración mayor por Franc y por su obra. Uno de sus libros –Azúcar y Dependencia en República Dominicana de 1978- fue una de las primeras lecturas que hice sobre el país, y figuró en mi librero por mucho tiempo, hasta que tuve que salir exiliado de Cuba. Y estoy seguro de que su obra sobre los braceros en 1984 sigue siendo una recurrencia imprescindible.

Es que Franc fue parte de una hornada de jóvenes científicos sociales que en los 80s produjeron obras de primer orden sobre la realidad dominicana, principalmente desde la entonces radiante UASD, y en particular desde el CERESD. Luego la mayor parte de sus compañeros tomaron otros rumbos más redituables que la academia, la UASD dejó de ser radiante y el CERESD desapareció. Pero Franc continuó, dejando su impronta en estudios que han acompañado a las políticas y luchas sociales dominicanas y en cursos donde ganó, a fuerza de sabiduría y modestia, la admiración de todos los participantes.

Fue en uno de esos cursos, en el Centro Bonó, donde lo vi por penúltima vez, ofreciendo una explicación cautivante sobre las políticas estatales hacia sus inmigrantes. Luego lo vi dos dias antes de mi partida para Chile. Había ido a la Academia de la Historia a despedirme de mi gran amigo Cordero Michel, y lo encontré en la puerta. Hicimos algunos chistes sobre el fantasma de Lilís, me habló de su trabajo sobre inmigración en la frontera y me deseó mucha suerte en mi derrotero. Fue la última vez.

Franc fue un hombre discreto que probablemente nunca entendió su relevancia en las ciencias sociales caribeñas. Era ese tipo de gente que huye de la tribuna a pesar de que tendría mucho que decir desde ella. Y por eso, creo, que todos tenemos una deuda con Franc. Ojalá la UASD, a la que Franc dedicó toda su vida, le dedique algún recordatorio sustancial y publique  algunas de sus obras imprescindibles para la sociología histórica nacional. Recordar a Franc siempre nos hará bien a quienes lo conocimos. Le hará bien a toda la sociedad dominicana.

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