Desde La Habana


Españoles

La política es el arte de inventar un recurso a cada nuevo recurso de los contrarios.

José Martí

Según Alejo Carpentier, el español que llega al Nuevo Mundo no es un hombre del Renacimiento. Tipo segundón, sin herencia ni fortuna, transpira y vehicula el imaginario de la Contrarreforma. No tiene como referente, si alguno, a Erasmo de Rotterdam, sino a San Ignacio de Loyola. Convencido de su Verdad, la única posible, se dedica entonces a lo previsible. En su nombre practica la intolerancia, construye su catedral encima del Templo Mayor e impone sus convicciones y cultura. Excluye y margina: la diferencia no tiene, de ninguna manera, derecho a un lugar bajo el sol. También practica la pureza, empezando por la de la sangre, un bluff muchas veces levantado sobre bolsas de maravedíes destinadas a limpiar ancestros. Y expulsa de sus dominios a quienes no comulguen con su credo, enviándolos afuera, a la lejana Ceuta o, con suerte e influencias, a la Universidad de Zaragoza.

En Cuba hoy tenemos nuestros propios españoles. El reconocimiento del gobierno cubano como un actor legítimo, y la negociación en términos de igualdad y reciprocidad --dos de los rasgos distintivos del proceso de normalización de relaciones con los Estados Unidos--, no es para estos, en modo alguno, motivo de celebración. Convierten la victoria en un ejercicio de lugares comunes; y lo que debería ser fiesta lo transfiguran en funeral con tulipanes negros. Cuando se les escucha, suenan como las tubas de Tchaikovski, no como el flautín de Lennon y McCartney en “Penny Lane”, mucho mejor para acompañar nuevos desafíos. Cuba, sin embargo, los ha estado enfrentando con éxito prácticamente desde sus orígenes como nación.

Una de sus prácticas viene del nominalismo: lo que no se verbaliza, no existe. Se impone entonces un patrón de omisión en los medios. Si, por ejemplo, viajar a la Isla se ha puesto de moda en los Estados Unidos, no le dan (o casi no le dan) visibilidad social a personalidades como Usher, Smokey Robinson o Madonna. El procedimiento estándar consiste en confinarlos en sus predios, aplicarles la lógica del Quijote: “mejor es no menearlo”. Fábrica de Arte, Casa de la Música, Hotel Saratoga, algunos contactos sociales puntuales. No mucho para el público en grande. Y nada sobre el impacto de esas interacciones culturales y humanas a su regreso a los Estados Unidos, que en muchísimas ocasiones funcionan como un boomerang respecto a cualquier presunción hegemónica. Les aplican, por consiguiente, una expresión clásica: “bajo perfil”, válida también para casi cualquier artista cubano residente en el exterior que pretenda presentarse en su país y aparecer en la televisión. La prensa extranjera los reporta; la de aquí solo en esos términos. Y se llegan a cosas tales como quitar a un director y querer sancionar a una presentadora de TV por aludir en un programa al desfile de Channel, que al margen de cualquier criterio, fue aprobado por las autoridades y llevado a cabo en el Paseo del Prado. Y que, para más oxímoron, está disponible para quien quiera verlo en memorias flash y otros dispositivos electrónicos que ya forman parte del cuadro, irremediablemente.

El problema radica, al menos en parte, en dar como válidas las presunciones de un presidente que, como todos, hace la política que le recomiendan sus asesores a partir de ciertos constructos. Uno de ellos consiste en propagar la idea de que los norteamericanos que viajan a Cuba son “los mejores embajadores de nuestra política y nuestros valores”, algo que no se sostiene en una sociedad donde la diversidad y la contradicción son norma. En este caso, valdrían la pena preguntas como las siguientes: ¿Los valores conservadores? ¿Los liberales? ¿Los de Donald Trump? ¿Los de Bernie Sanders? ¿Los de la izquierda norteamericana? ¿Los de gays, lesbianas, la comunidad LGTB? Ni la libre empresa, ni el libre mercado, ni las libertades individuales --incluyendo la de expresión y la democracia--, son allí templos universalmente concurridos, sino bastante cuestionados en un contexto de crisis, y sin embargo los españoles, como Timba, caen en la trampa. Básicamente, les falta conocimiento y escalpelo, dos instrumentos esenciales para la política con mayúsculas.

Primero se volvieron contra publicaciones on line. Una movida destinada a la aceptación acrítica de la idea de que todos los gatos son pardos, pero esto no prosperó, a juzgar por las reacciones en el ciberespacio, los blocs y los correos electrónicos. En esos casos retomaron el mantra del dinero, aplicado a periodistas que cobran por sus colaboraciones, otra práctica universal estigmatizada. Lo verdaderamente problemático sería, en todo caso, amenazarlos con correrlos de sus empleos oficiales si se empeñaban en hacer lo que, lamentablemente, no puede hacerse en estos últimos: un periodismo de ideas, no de consignas, sino de afirmación y crítica a la vez. Los españoles funcionan con certezas; las dudas y cuestionamientos les dan urticaria.

 Después dejaron sin trabajo a un periodista de la radio holguinera por colgar en su bloc personal no el discurso de Obama en el Gran Teatro de La Habana, ni el de Hillary Clinton en FIU sobre la necesidad de aflojar más para acabar “de una vez y por todas con los hermanos Castro”, sino el de la subdirectora del periódico Granma, uno de los más inteligentes y revolucionarios que se hayan escuchado en ese gremio durante los últimos tiempos. El concurso de una funcionaria se dirigió a apuntalar la barrabasada: el reportero sería, de hecho, acusado de tener segundas intenciones y de promoverse a sí mismo para poder hacer su carrera en Miami, el típico modus operandi estalinista para estigmatizar al otro queriéndolo relacionar con las antípodas y ubicándolo fuera del juego.

Finalmente, le tocó el turno a un uruguayo, insertado de larga data en la cultura cubana y por ello conocedor de nuestras realidades, con independencia de que no siempre se esté de acuerdo con todo lo que escriba o diga, ni con sus percepciones y representaciones sobre la variedad de asuntos que aborda en sus textos, algunos muy complicados como para dirimirlos en una columna, un riesgo del oficio en cualquier tiempo y lugar. Aquí la movida fue tan abierta como mostrenca. Llegaron a pedir su expulsión del país, al mejor estilo del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el poder, como si se tratara de un asunto de seguridad nacional o de sexo con menores de edad  en el Parque de la Maestranza.

Jóvenes hay que comulgan con los principios fundacionales del proyecto cubano --soberanía, independencia nacional, antimperialismo--, pero disienten de prácticas que esos españoles legitimaron en sus políticas retrospectivas. Amenazarlos o castigarlos constituye una expresión de adocenamiento, o peor aún, de suicidio. El barco de los medios sigue haciendo agua; habría que prescindir del modelo autoritario-verticalista de que habla Martín Barbero y reemplazarlo por prácticas comunicacionales a tono con los procesos de cambio social en América Latina. La Revolución Cubana es una obra de este mundo, pero con “una prensa que a veces parece de otro planeta y una burocracia que para cada solución tiene un problema”, sentenció hace años un escritor izquierdista uruguayo. Y también por dos poderosísimas razones: la primera, porque resulta disfuncional ante el impacto de las nuevas tecnologías, que han llegado para quedarse y extenderse; y la segunda, porque la oruga ya no es más oruga, sino mariposa.

“Entre nosotros quedan muchos vicios de la Colonia”, escribió José Antonio Ramos en 1916. Tal vez por eso, y más, hoy me levanté con Martí en la cabeza: lo difícil, en efecto, no es quitarnos a España de encima, sino a sus costumbres. Y con la tentación de preguntarme: ¿habrá un próximo prójimo?

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.