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¿Queda algo de decencia en el senado?

No digo nada nuevo, ni que los lectores no sepan, si afirmo que nuestra política está podrida hasta los tuétanos. En un país donde campea la pobreza con su peor cara, donde los niños carecen de hospitales suficientes como para que no mueran por falta de atención adecuada, tenemos funcionarios con sueldos astronómicos, rodeados de cortes de pillos lambones bien pagados, con frecuencia iletrados, bocones irrespetuosos, ignorantes de sus funciones y en ocasiones en ministerios inventados.

Pero probablemente no hay peor lugar que el congreso. Nuestros senadores -con las consabidas excepciones, cada vez más “excepcionales”- arrastran consigo una cantidad tal de probables fechorías -nunca aclaradas, y por tanto más que probables- que debieran estar bajo investigación, y eventualmente pagando en Najayo su deuda social. Basta revisar la información de internet y de organismos nacionales muy prestigiosos, para sospechar que personas como los senadores de Hato Mayor -hoy vocero del PLD- de Montecristi y de Elías Piña (presunto desfalcador del Banco Agrícola) no son personas moralmente aptas para legislar por el bien común, función inevitable de un senador.

Ahora estos chicos traviesos de la política se han dispuesto un aumento salarial de 70 mil pesos -casi dos mil dólares- por encima de los 250 mil (seis mil dólares) que ya reciben, y de los muchos cientos de miles de otras asignaciones. Y lo han hecho argumentando que lo que ganan no solo no les permite llevar una buena vida, sino ni siquiera costear una mala.

Esto es, por ejemplo, lo que ha afirmado la senadora por Dajabón, Sonia Mateo. Mateo no es una política apropiada para ninguna otra cosa que para cacique de una sociedad local atrasada, donde reparte migajas y cobra votos. Durante mucho tiempo fue alcaldesa de la ciudad, donde dejó una serie interminable de escándalos de corrupción, y recuerdo un estudio que hice para la Unión Europea donde se afirmaba que en algún lugar de la alcaldía se perdían entre 4 y 6 millones de pesos anuales del cobro de impuestos en el mercado. En un sistema de cobro donde la recaudación final era transportada cada noche de mercado (lunes y viernes) en cash y bolsas de plástico a la casa de la alcaldesa. En los días de conclusión del estudio, la alcaldesa estaba envuelta en un oscuro asunto de una yipeta que no recuerdo bien, y se negó a recibirnos para conocer los resultados. Fueron también los días en que Sonia Mateo pasó de danilista enfebrecida a leonelista ardiente, con la primaria de 2008 por medio en que parecía que LF había sepultado para siempre a DM.

Y ahora Sonia Mateo reaparece haciendo gala de su mejor recurso político: el show publicitario. Pues esta señora, más que una legisladora, es como una Paris Hilton de la política dominicana: hace del escándalo su razón de existencia. Y lo hace argumentando, nada más y nada menos que el dinero, no le alcanza, que no tiene para comprarse una botella de agua cuando viaja por los campos miserables de su provincia, ni tampoco para alquilar un apartamento en la capital cuya renta mínima decente fija, nada más y nada menos, que en 100 mil pesos, es decir, 2500 dólares.

Una payasada, pero insultante para una sociedad cuyo ingreso promedio mensual es 23 mil pesos (500 dólares). Y la mediana de ingresos es de 11 mil (menos de 300 dólares), con lo que vive el 50% de los dominicanos y dominicanas. Vivir, aclaro, es un decir: en realidad malviven, arrastran una existencia precaria que compensan endeudándose de mil maneras. Sabiendo que no hay escape en una sociedad marcada por la inequidad, la insensibilidad social y la corrupción.

El buen humor dominicano -ese gran recurso nacional- ha dado cuenta del estropicio moral de Sonia Mateo. Hay una colecta para comprarle agua, y una ONG le ha brindado apoyo profesional para enseñarle a administrar sus ingresos. Ojalá que, madure ese otro movimiento que reclama poner un coto a los afanes mercuriales de los senadores y diputados.

Un primer paso para soñar con un congreso de personas decentes, aptas políticas y moralmente para legislar. Y no lo que es hoy -salvo, siempre digo, las honrosas excepciones- un espacio de complacencia, clientelismo y conservadurismo donde pululan algunos de los bribones más connotados de nuestro pesebre político.

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