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¿Por qué apoyo a Fernando Ravsberg?

Fernando Ravsberg es un antiguo periodista de la BBC, ahora del periódico Público, con familia cubana y radicado en ese país desde hace mucho tiempo. Ravsberg escapa a las clasificaciones, lo cual siempre atrae la atención, pero no es exactamente una virtud. Por ejemplo, en sus miradas a la sociedad cubana ha percibido signos moleculares de inquietud sin prestar atención jamás a las ruidosas protestas de la oposición, ni a como son reprimidas. Ha sido, en ocasiones, tremendamente condescendiente con los actos más aberrantes del gobierno cubano. Pero también ha logrado ser un crítico incisivo de determinadas situaciones. Es por esto último por lo que una jerarca de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) ha cargado contra él -que estaba defendiendo a un joven periodista holguinero despedido de su empleo en un periódico local- y lo ha amenazado con la expulsión del país dada su condición legal de extranjero.

A pesar de tener con él muchas más discrepancias que puntos de contactos -confieso que no es el tipo de persona con la que disfrutaría tomarme un café- creo que Ravsberg merece todo -y de todos- el apoyo.

En primer lugar, porque estamos en presencia de un acto represivo, y siempre el agredido merece solidaridad. Y está siendo agredido por lo peor de la farándula política cubana. Un conocido bloguero de línea dura denominado Iroel Sánchez la ha cargado contra él y ha prestado su blog para que un engendro moralmente despreciable -Darío Machado, por cierto muy activo en RD de la mano de esa desvergonzada izquierda castrista que aún se oye en nuestro país- lo ataque despiadadamente. Y cuando estas criaturas lo hacen, es porque alguien así lo indicó, pues sería ingenuo sospechar en ellas alguna capacidad de iniciativa política. Hacen lo que le dijeron, o al menos lo que oyeron cuando estaban cerca del capitán.

Y no creo que lo hayan oído de esa otra criatura del zoológico castrista que se denomina Aixa Hevia y que funge como directiva de la UPEC. La UPEC es una organización absolutamente subordinada al aparato ideológico del PCC, que al mismo tiempo lo ha estado siempre a los departamentos de contrainteligencia de los cuerpos armados. Con la UPEC no se juega. Se puede jugar con la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), pues los intelectuales casi siempre son propensos a intercambiar vocación pública por pequeños privilegios, y reprimirlos cuesta caro. Pero un periodista con un mínimo de autonomía es tremendamente peligroso, y reprimirlos no cuesta tan caro. Por eso es presumible que la Sra. Hevia también oyó en algún lugar que Ravsberg estaba molestando.

Lo que el ataque contra Ravsberg muestra es que el sistema es tan débil, tan frágil ideológicamente -particularmente tras el establecimiento de relaciones con EEUU y el agravamiento de la siempre grave economía- que se revuelve contra si mismo. Y termina mordiendo y devorando a aquellas personas con las que pudiera convivir, e incluso aprovechar para darse una ducha de tolerancia. Cosa para la que Ravsberg serviría eficientemente y a un costo muy bajo.

Si esta razón no fuera suficiente, hay otra: la Sra Hevia está echando mano a un tipo de argumento retrógrado, desvergonzado, sencillamente inaceptable: la xenofobia. Pues está amenazando al periodista uruguayo con la deportación –“aparecen llamados, escribe, en los espacios digitales a que saquen del país a alguien que constantemente se mimetiza como un camaleón”- y ello es absolutamente incompatible con el futuro democrático que queremos para nuestro país. La amenaza de la UPEC coloca al gobierno cubano en una situación moral vituperable, a la altura de lo peor de la derecha internacional.

Repito: no hay mucho que agradecer a Ravsberg. Ni los opositores encarcelados y reprimidos, ni los emigrados despojados de derechos, ni siquiera los críticos consentidos más audaces que imaginan en voz alta algo de república y pluralismo, tienen cuentas pendientes con Ravsberg. Pero a pesar de ello, y posiblemente por ello, hay que elevar la voz para denunciar la injusticia contra el otro y desfragmentar las tribunas. El sectarismo nos está aniquilando, y el castrismo lo sabe y lo usa.

Hay que apoyar a Ravsberg, para que no suceda, como advertía Niemoller, que cuando me lleven a mí no quede nadie para protestar.

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