Desde La Habana


Verano

Al cabo de ocho años de reformas, el promedio de crecimiento anual de la economía cubana se ubicaba en un 2,7%, por debajo del 4,4% planificado por los expertos del gobierno. En la última sesión de la Asamblea Nacional, en julio pasado, el General Presidente Raúl Castro dio a conocer la reducción en los suministros de combustible provenientes de Venezuela, la gran ubre tras la desaparición de los 13 millones de toneladas anuales que la Isla llegó a recibir de la URSS. Ello implica varias cosas, entre ellas ajustes de gastos, recortes en la disponibilidad de combustible y el incumplimiento de algunos compromisos de pagos internacionales. No se alcanzará, de nuevo, el crecimiento previsto del PIB (fue del 1% en el primer semestre). Un hombre de la vecinería, que no estudió ni sabe de economía, lo resumió con una frase: “aquí se crece como el rabo de la vaca: pa´ bajo”.

El otro día, en una emisión del Noticiero Nacional de TV un funcionario de la Unión Eléctrica anunció que el consumo estaba por encima del plan --en este país casi todo está por encima del plan, menos el crecimiento--, lo cual disparó las preocupaciones acerca del regreso de los apagones al sector residencial, si bien hasta ahora en La Habana no los ha habido, y en caso de haberlos han sido bastante moderados. El gobierno implementó un programa de ajuste que hizo recaer sobre el sector estatal estrictas medidas de ahorro a fin de no afectar a la población: verano, población flotante, vacaciones, receso escolar, etc. Algunos centros de trabajo reajustaron sus horarios de 9 de la mañana a 12 del día. En instituciones y organismos se reguló o suprimió el uso del aire acondicionado. Por eso en las tiendas de recaudación de divisas (TRD) los empleados sudan tan copiosamente como el río Almendares en sus buenos tiempos, y sus caras largas tienen el mismo valor de un dazibao chino. Se generaron desabastecimientos de productos de alta demanda. Estantes vacíos sin pollo ni picadillo. Crisis con la producción/distribución de refrescos y cervezas nacionales, ahora importadas de República Dominicana, Brasil, Alemania…, con lo cual la balanza de pagos siguió aumentando sus angustias existenciales en detrimento de las exportaciones, uno de los talones de Aquiles de la economía cubana. Problemas con el papel sanitario. Colas cuando entran los paquetes, algunos importados --y más caros-- debido a la insuficiente producción nacional.

Este es el punto de partida de representaciones sociales que pueden no corresponderse exactamente con la realidad, pero que actúan dando pábulo a la inseguridad y al acaparamiento. (El modo de ser de esta crisis parece consistir en el punto y coma, la intermitencia). Y si se anuncia, como se hizo, que podría haber más medidas y recortes, peor. La idea de un segundo Período Especial está en el aire, y es incorporada, por más esmero que exista en sostener lo contario. Y a lo anterior se suma, como lógico corolario, el problema de transporte público. Las guaguas van de más a menos. Intentar regular los precios de los almendrones ha conducido a su menor circulación y a una huelga de brazos caídos de sus choferes, una expresión de la inconveniencia de tomar la economía por asalto. Y a un juego de las decapitaciones: “yo te aprieto, tú los aprietas, pero si me los aprietas mucho… te lo quito”.

El quid es que estas medidas y otras que puedan adoptarse, por racionales que sean, tienen un inevitable efecto psicológico sobre las personas. El primero es que redundan en más ineficiencia, indisciplina y dejadez, tres debilidades de una economía necesitada de mayores cambios en la que el salario ha perdido su condición esencial y la reproducción simple está sometida a múltiples tensiones. Además, generan sentimientos de incertidumbre, refuerzan la idea de que la crisis cubana se parece al infinito y retroalimentan la idea de que irse es la única vía de resolver los problemas, en especial para los Estados Unidos, donde han confluido históricamente los reventones migratorios por un efecto combinado de problemas internos y de una política especialmente diseñada hacia la Isla (Ley de Ajuste Cubano, 1965; Pies Secos, Pies Mojados, 1994).

Pero hay otros correlatos. La violencia verbal y física en las relaciones interpersonales tiende a subir de tono, lo cual se expresa de varias maneras en el tejido social, empezando por el medio familiar y las relaciones laborales y terminando por los ómnibus. El calor complica aún más el panorama: sudar en exceso irrita y afecta la conducta, mucho más cuando hay frustraciones en el ambiente. En fiestas y bailables de verano, que siempre han sido problemáticos desde este ángulo --como lo recoge la toma inicial de Memorias del subdesarrollo (1968)-- no resultan inusuales reyertas, botellazos, armas blancas y la subsiguiente intervención policial. El alcohol y otras cosas hacen, en este terreno, su labor de topo.

El resultado de toda esta complejísima urdimbre de problemas económicos estructurales y representaciones sociales es diverso, pero confluye en un punto: la tendencia a hacer lo menos posible, acudir a la picaresca o al choteo como vía de escape para capear al toro ante la sensación de que las cosas no tienen remedio por más que uno se esfuerce, fatalismo inscrito en piedra en la conciencia colectiva y que actúa como un pesado lastre. Y el cansancio también asoma su oreja peluda.

En uno de sus más famosos poemas, T. S. Elliot escribió que abril era el mes más cruel.

Definitivamente, se equivocó.

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.