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La solidaridad con el gobierno cubano y los límites de la decencia

A fines de julio tuvo lugar en República Dominicana el VIII Encuentro Continental de Solidaridad con Cuba, según la prensa con unos 370 delegados de una veintena de países. Aunque el evento manejó temas diversos, su norte fue la solidaridad con Cuba frente a un siempre revivido “peligro imperialista” que encarna en la persistencia del bloqueo/embargo y en el mantenimiento de la base militar estadounidense en Guantánamo.

Este tipo de eventos ha sido usual en toda la parafernalia internacional de esa marca política se hace llamar Revolución Cubana. Y cuando aún era efectivamente una revolución que suponía avances sociales significativos y la hostilidad norteamericana era un dato militar, eran actos de fuerte concurrencia de todos quienes creían sinceramente en la independencia nacional como un valor. Hoy son actos menguados, que solo atraen a falanges nostálgicas de aquellos tiempos.

Y creo que la celebración en República Dominicana tiene el doble sentido de atraer concurrentes (¿quién no disfruta una visita a la isla donde-todo-comenzó?) y gozar del apoyo de los ripios izquierdistas en desbandada que se alimentan del presupuesto del Partido de la Liberación Dominicana. Y aplaudir una fantasiosa revolución continental mientras coluden con la real situación de xenofobia, homofobia, insensibilidad social y corrupción que caracteriza la gestión de este partido que en algún momento fue esperanza y hoy es solamente frustración.

Pero no todos los concurrentes fueron oportunistas de baja ralea. En las fotos, y menciones, escuché y vi figuras que han basado sus vidas en la lucha por la democracia en República Dominicana, y que conocen a Cuba lo suficiente como para saber la razón del hedor en Dinamarca. Algunas de ellas lo siguen haciendo con denuedo. Y creo que esto les inhabilita moralmente.

Me pregunto, ¿es razonable que personas honestas y decentes se involucren en estos shows publicitarios? Obviamente, creo que no, y por dos razones.

La primera es que desde diciembre de 2015 el gobierno norteamericano restableció relaciones diplomáticas plenas con la República de Cuba. Y al mismo tiempo, amplió, por facultades presidenciales, numerosas prerrogativas de contactos.  No ha hecho más porque el gobierno cubano no ha dado la menor señal positiva que reduzca los costos políticos internos del deshielo; y porque el levantamiento del embargo/bloqueo es un tema legislativo que no puede resolverlo un presidente con un congreso hostil. Y el otro tema pendiente, la base de Guantánamo, es un asunto sencillamente para negociar, sobre el que el gobierno cubano nunca ha mostrado un interés significativo, pues lo que realmente le interesa es que la base se mantenga.

Por supuesto que la presencia de un superpoder a solo 200 kilómetros de una pequeña isla, es siempre un motivo de tensión. Así lo entendieron, por ejemplo, los políticos republicanos prerrevolucionarios. Pero, ¿implica solidaridad militante?

Claro que no. Porque la solidaridad que expresan estos shows publicitarios, como el que tuvo lugar en la UASD, lo es con el gobierno cubano exclusivamente. Y eso es lo que hace todo aquel que preste su figura y su nombre para legitimarle.

Es solidaridad con un gobierno que ha sido incapaz de hacer sus funciones con ese mínimo de eficiencia que permite reproducir la economía. Solo sabe hacerlo apoyado en fuertes subsidios, unas veces soviéticos y otros venezolanos, convirtiendo a la nación en dependiente y frágil. Y por eso, y no por el bloqueo, la economía cubana es un desastre donde la gente gana como promedio unos pocos dólares mensuales en una economía de precios crecientemente dolarizados. Es un gobierno que ha hecho de la pobreza generalizada la razón de su dominio.

Es solidaridad con un gobierno represivo que impide a los cubanos el ejercicio básico de los derechos civiles y políticos, el acceso al internet en condiciones de real acceso, manifestarse libremente, ocupar los espacios públicos y mediáticos para ejercer sus críticas y eventualmente oponerse e intentar cambiar pacíficamente al gobierno. Las personas que intentan hacerlo son reprimidas, encarceladas, golpeadas e intimidadas. En los momentos del conclave, algunas de estas personas estaban en huelga de hambre, bordeando la muerte. Solo piden que cese la represión.

Es solidaridad con una élite política que en nombre de una revolución que hace mucho terminó, y de un socialismo que nunca existió, está produciendo su acumulación originaria y su conversión burguesa. Se apropian de los mejores negocios privados, recorren el mediterráneo en yates de lujo, establecen vínculos con la inversión extranjera, al mismo tiempo que los cubanos comunes viven existencias miserables, en el día-a-día sin perspectivas de futuro.

Es, finalmente, solidaridad con un gobierno que ha colocado fuera de las fronteras nacionales a un 20% de su población. Es un gobierno que argumenta que ello se debe a una ley americana de incentivo a los emigrantes cubanos, pero eso es mentira: los cubanos emigran de mil maneras porque no tienen posibilidades de realizar sus vidas. Miles de cubanos se encuentran varados en centro y sur América en condiciones de absoluto desamparo. A esos emigrados extrae remesas y cobra servicios consulares astronómicos, pero al mismo tiempo les niega todos los derechos. El gobierno cubano, con el que se solidarizan los participantes en el encuentro continental, ha producido la mayor expropiación de derechos ciudadanos de toda la historia continental.

Por supuesto, cada persona tiene derecho a tener sus preferencias políticas. Incluso a apoyar a un gobierno represivo, cínico y autoritario como el cubano. Pero nadie tiene derecho a hablar en su nombre de democracia, de justicia o de un futuro mejor. Cuba es un pasado abigarrado y pernicioso. La solidaridad con el gobierno cubano está reñida absolutamente con la decencia.

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