Desde La Habana


La disfuncionalidad cubana (revisitada)

La palabra “disfuncionalidad” no aparece en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Pero sí “disfunción”: “desarreglo en el funcionamiento de algo o en la función que le corresponde”. Se trata de una práctica que aquí puede llegar a ser urticante, por imitación conductual y por la labor de la familia y los espacios de socialización del individuo. La crisis le añade un componente adicional que no hace sino reforzar comportamientos disfuncionales aprendidos.

Un escritor del siglo xix escribiría que es una enfermedad del alma. Se trata de un dato evidenciado de varias maneras en la vida nacional, señoreada por una especie de teleologismo perverso o por una permanente condena a la repetición. Fluye como el río de Heráclito --con la diferencia de que no cambia--, a pesar de constituir muchas veces una agresión al sentido común --según dicen, “el menos común de los sentidos”. Y tal vez lo peor: a menudo acciona como un boomerang que se vuelvecontra sus propios actores, un caso de masoquismo digno de estudio más profundo por parte de los psicólogos sociales.

La disfuncionalidad principal está en la economía, bien por factores internos, externos o por una combinación de ambos. Voy a discutir aquí brevemente, por el momento, solo tres de sus expresiones cotidianas: la bancaria, la taxística y la vecinal.

   La bancaria.  Hace algún tiempo, algunos centros de trabajo implementaron el pago del salario mensual mediante tarjetas magnéticas, renunciando así al sistema tradicional, sin dudas un acto de modernización al que sin embargo se llegó según lo usual: tarde. Pero esto último no fuera un problema de no ser por la frecuencia con que en los cajeros automáticos aparecen los letreros de FUERA DE SERVICIO, lo cual ocurre por un abanico de razones que van desde dificultades internas de la red y la falta de billetes, hasta apagones no programados y otras disfuncionalidades, todas justificadas, por supuesto. Por otra parte, prácticas bancarias absolutamente expeditas y simples en los cuatro puntos cardinales, como cobrar un cheque, en Cuba pueden ser más complicadas que deshilachar la tela de Penélope. Si existe, por ejemplo, la más mínima diferencia entre el nombre que aparece en el carné de identidad y el del cheque, el usuario regresa a su casa como en el verso de Vallejo: rabo al aire y con el anhelo pospuesto, no importa que esté fuera de toda duda que la persona que el bancario tiene delante corresponde a la de la foto y sepa a las claras que se trata de una simple omisión burocrática. Pero es lo que se ordena “de arriba”. Endosar un cheque es imposible. Presentar una tarjeta de crédito/débito en una tienda lleva un proceso digno de “Crime Scene Investigation (CSI)”  o “Tras la huella”, su homólogo cubano.

   La taxística. El método universal de tomar un taxi consiste en sacar la mano, subirse y después informarle al chofer la dirección; el taxímetro se encarga del resto. En Cuba no, excepto si se paga el servicio en los vehículos en CUCs. Los almendrones tienen rutas rigurosamente predeterminadas, como los viejos tranvías de la calle Línea, y por consiguiente lo dejan a uno cerca, nunca en el lugar exacto al que se dirige. Te hacen un favor, con la diferencia de que se les paga: diez pesos la carrera, y si es más lejos de la cuenta --algo que quien maneja el portento rodante estima considerado factores como distancia y hora--, el doble. Aquí se saca la diestra, se asoma la cara por la ventanilla y se le pregunta al chofer si pasa por el lugar al que se quiere llegar, pero demasiadas veces el bípedo implume mueve enfáticamente la cabeza, pronuncia un NO redondo y aprieta de nuevo el acelerador. Sin dudas, parar un almendrón constituye uno de esos momentos sublimes donde se concreta el concepto focaultiano del micropoder. Y muchos parecen disfrutarlo, a juzgar por sus caras.

   La vecinal. También en todas partes existe la figura del encargado, quien realiza las funciones de limpieza, mantenimiento y orden  del edificio. Aquí, por lo general, no. En su lugar funciona --cuando funciona-- un Consejo de Vecinos. Y que funcione o no, depende del material humano que a uno le toque, un ejercicio de ruleta rusa. Hay edificios múltiples donde resolver un problema común significa más o menos un dolor testicular en medio del desierto. Aquí, en el mío, hace varios meses una señora se comprometió a limpiar las escaleras, desde luego pagándole, como es todo ahora. No duró un mes y por consiguiente hoy compiten con bastante lealtad con los establos de Augías: hay colillas, papeles, basura y, a veces, hasta artefactos de procedencia china relacionados con el sexo.

De manera similar, otro inquilino se encargaría de poner el motor del agua para evitar la manipulación excesiva y el consiguiente riesgo de rotura: no lo hace o lo hace cuando le viene en ganas, lo cual implica la existencia de derrames a la entrada del inmueble (el flotante está roto y no se arregla), una verdadera estupidez en medio de un verano tan duro como este. Se produce entonces un contrasentido: no hay agua corriente habiendo en la cisterna más agua que yerba en el parque de enfrente.

En una ciudad donde las llamadas indisciplinas sociales han venido subiendo de tono, la práctica de colocar cerraduras en las puertas de los edificios se ha expandido de manera sostenida. De la noche a la mañana, de pasillos y corredores frecuentemente se esfuman bombillos y sockets; aparecen charcos de orine y otras excrecencias (palabras claves: bailables o carnavales en el Malecón). La primera movida, a todas luces de legítima defensa, va sin embargo acompañada de un nuevo contrasentido: se cierra la puerta principal, pero no se instalan sistemas de aviso a cada uno de los apartamentos, como timbres o intercomunicadores. Ambos artefactos van de inexistentes a raros en el mercado en CUCs, y si aparecen, sus precios de venta exceden con mucho los bolsillos, a no ser que uno se inserte en el sector más competitivo del cuentapropismoo reciba remesas.

El problema consiste en que cuando se va a visitar uno de los apartamentos, no hay manera de hacer saber que uno está allá abajo, y por consiguiente tiene que romperse las cuerdas vocales a ver si lo oyen. Si el apartamento es interior, lo más recomendable es largarse o esperar pacientemente a ver si algún parroquiano de los que allí viven sale a la calle, no sin antes explicarle a quién va a visitar, algo que reafirma la filosofía de portero que de un tiempo a esta parte recorre a la escena cubana. El correlato es una práctica tecnocultural hasta hoy inédita: los teléfonos celulares, que por otra parte no todos tienen, se convierten en intercomunicadores, hecho que tal vez ETECSA debería propagandizar en sus comerciales de TV --en los que, por cierto, las muchachas son todas blancas con porte ejecutivo-- a ver si logra mayor cantidad de clientes y bajar más los precios.

Estos casos sugieren, en última instancia, dos verdades claras y distintas: que lo que es de todos no es de nadie y que el orden, siempre deseable, resulta canijo cuando se carece de compromisoy constancia, dos talones de Aquiles de una cultura que parece encaminarse hacia su propia maceración colectiva a golpes de pura estulticia.

Comentarios

Comentarios vía Facebook

Los comentarios en 7dias.com.do están sujetos a moderación. No se aceptan los comentarios que:

  • Contengan afirmaciones, enlaces, nombres o sobrenombres insultantes o contrarios a las leyes dominicanas que penalizan la difamación y la injuria.
  • Hagan acusaciones y no aporten datos comprobables.
  • Exalten la violencia o apoyen o insten a la violación de los derechos humanos.
  • Contengan alusiones discriminatorias por razón de la nacionalidad, sexo, edad, religión, opción sexual, militancia política o discapacidad.
  • Ataquen de manera denigrante a otros comentaristas de la misma información.
  • Contengan vulgaridades.
  • Contengan enlaces a espacios publicitarios, pornográficos o spam.
  • Insulten a nuestros periodistas, articulistas y blogueros.
  • Estén escritos con una ortografía que haga presumir que las faltas fueron cometidas de manera intencional.
  • 7dias.com.do se reserva el derecho de no publicar los comentarios que irrespeten estas normas, que son indicativas pero no limitativas. Nuestro deseo es propiciar el intercambio democrático de ideas en un marco de respeto. Las opiniones vertidas en los comentarios no expresan las del periódico.

Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.