Desde La Habana


Lucha

El trabajo es, por definición, no solo un medio para la reproducción simple sino también de movilidad social ascendente. Y un valor al que se le rinde una pleitesía muchas veces casi obsesiva, como ocurre en la cultura protestante, venida al mundo “con el arado en la mano y la Biblia en el otro. Tenerlo o no marca entonces la diferencia entre vivir o no debajo de un puente y acceder a determinados niveles de bienestar y consumo en función de los ingresos personales/familiares. Un empleo siempre se defiende a capa y espada en este mundo ancho y muchas veces ajeno.

Trabajar implica, pues, compromiso, responsabilidad y eficiencia, categorías más bien esotéricas en la Isla. Acciona aquí un humus histórico: bastaría solo recordar que en el siglo xix José Antonio Saco consideró necesario escribir un opúsculo contra la vagancia, uno de los peores lastres coloniales que desde entonces quedó como fijado en piedra y no pudo ser resuelto ni con campañas (“el que no trabaja, no come”), ni con leyes como las promulgadas por el poder revolucionario en los años 60-70. “

Si la alienación consiste, entre otras cosas, en que la actividad productiva se reduce únicamente a que el trabajador gane suficiente dinero para poder sobrevivir, en Cuba estaríamos, probablemente, en el país menos alienado del globo. En efecto,  quienes no trabajan no viven, precisamente, debajo de ningún puente. Siguiendo el pulso de la realidad misma, economistas y estudiosos de distintas tendencias, corrientes y posicionamientos --tanto de dentro como de fuera-- han subrayado la pérdida del valor del salario desde el llamado Período Especial hasta hoy, pero por lo regular se ha obviado mencionar/discutir la existencia de ciertos componentes históricos presentes en el imaginario nacional que asumen de manera negativa el trabajo considerándolo un castigo que obstaculiza, según esa peculiar escala, el objetivo supremo de la vida: el goce de los sentidos, “la gozadera”, constructo nacido durante la economía de plantación y magnificado durante la República, en el primer caso, como parte de la cultura de resistencia del esclavo; en el segundo, del relajo y el choteo, insuperablemente estudiado por Jorge Mañach en un ensayo clásico. Fernando Ortiz lo advertía ya en Entre cubanos (psicología tropical), en 1913: “la bobería es nuestra muerte civil”. De ahí la percepción, en última instancia, del trabajo como una actividad  alienante de la “esencia humana”, según lo resume un merengue popularizado en 1954 por Alberto Beltrán y la Sonora Matancera:

 

A mí me llaman el negrito del batey

Porque el trabajo para mí es un enemigo

El trabajar yo se lo dejo todo al buey

Porque el trabajo lo hizo Dios como castigo.

 

(…)

 

Porque eso de trabajar

A mí me causa dolor.

 

O este son de Ignacio Piñeiro, reciclado de sus archivos por el poeta e investigador Sigfredo Ariel, grabado por el Sexteto Occidente en 1926 y socializado después, con distintas variantes textuales, por todo el Caribe hispanohablante:

 

Yo no tumbo caña

 que la tumbe el viento

 que la tumben las mujeres

con su movimiento.

 

La crisis cubana acentúa esa desvalorización del trabajo e incluso le transfiere un signo positivo al robo, al mercado negro y a otras actividades de la economía subterránea, resumidas en la frase “en la lucha”, peculiar re-semantización del discurso y los eslogans revolucionarios de los años 60. Un buen paradigma es “Lucha tu yuca”, de Raymundo Fernández Moya, tonada concebida en el Alamar profundo, en la que se acude a la población autóctona --los llamados “indocubanos”--- y se subvierten de manera alevosa, y con irreverencia, los códigos idílicos y a la vez manipuladores del romanticismo siboneyista del siglo xix.

Se apela a resolver mediante la luchalos problemas económicos y alimentarios en medio de la dualidad monetaria, una de las contradicciones más gruesas de la realidad nacional desde 1993 y asignatura pendiente de las reformas raulistas:

 

...Tú, tú lucha tu yuca taíno, lucha tu yuca, lucha tu yuca taíno, lucha tu yuca.

(…)

¡Ay!, trabaja, trabaja cómo suda el indito

al que todavía pagan con espejitos

en las horas de ocio juega al Batos un poquito

porque está caro, muy caro el areíto.

 

Que la jugada está apretá, todo el caney lo sabe, que no abunda el taparrabo y no alcanza el casabe, que está cara la magia y más la medicina.  

Mis amigos economistas aseguran que el problema no se solucionará con llamados a la conciencia, que no han operado en el pasado, sino con una estructura económica organizada, funcional y eficiente. Pero en el largo camino hacia la utopía seguirá ahí un sentido distinto de la lucha: “no cojas lucha” --otra expresión de “muerte civil”, siguiendo a Ortiz--, con sus rebrotes en coyunturas caracterizadas por nuevas medidas de ajuste y austeridad que producen, inevitablemente, impactos psicológicos varios sobre las personas. De hecho, un llamado a no hacer, a cruzarse de brazos, a dejarle la salida a otros, no a la gestión individual o a las soluciones socialmente concertadas (en otras culturas, la actuación individual hace la diferencia, al menos en el credo). Y que se recicla en las calles con una frasecilla, continuadora a su modo del “aquí lo que no hay es que morirse”: “Suave pa que se te dé”.

De Manuel Moreno Fraginals es esta verdad: “El deterioro económico puede ser recuperado a corto o mediano plazo, pero el deterioro cultural puede ser definitivo y la dependencia cultural mucho más honda que la dependencia económica. Crea nexos, escalas de valores y patrones de comportamientos que marcan a generaciones enteras”.

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.