Desde La Habana


Vámonos pa´ Cuba II

El ministro de Turismo, Manuel Marrero Cruz, acaba de dar a conocer en el marco de la última Feria de La Habana que al cierre de 2015 habían ingresado a Cuba 390 000 cubano-americanos y 161 233 norteamericanos, para un total de 551 233 viajeros. También que durante enero-abril de 2016 llegaron 116 000 cubano-americanos y 94 000 norteamericanos, un incremento de 93% respecto al mismo período del año previo. Estos datos marcan una tendencia que seguirá actuando de manera creciente como resultado de nuevos cambios en la política norteamericana que facilitan el ingreso a la Isla, lo que algunos expertos ya denominan “el efecto bola de nieve”. Proyecciones de The Havana Consulting Group indican que para fines de 2016 la cifra podría acercarse, por primera vez, al millón de personas. Evidentemente, otro boom, esta vez superior al de los años 50, impulsado por los casinos, el glamour de La Habana y la conciencia WASP tomándose unas vacaciones.

La administración Obama fue modificando progresivamente las regulaciones del Cuban Assets Control (CACR) a partir de sus objetivos de política: “involucrarse con y empoderar al pueblo cubano”, “incrementar los contactos para apoyar a la sociedad civil cubana” y “promover la independencia de los ciudadanos del gobierno”, etc. Lo hicieron varias veces desde 2009. La última, el 15 de marzo de este año, antes de la visita de Obama. La Office of Foreign Assets Control (OFAC) y el Department of Commerce Bureau of Industry and Security (BIS) anunciaron “enmiendas significativas” a las CACR en varios sentidos, entre las que aquí interesan, por lo pronto, dos: primera, permitir “viajes personales no turísticos” a Cuba y, segunda, el uso del dólar norteamericano en ciertas transacciones bancarias internacionales, medida que, de cumplirse, el gobierno cubano reciprocaría suprimiendo el gravamen del 10% al dólar, vigente desde 2004 e impopular tanto en Miami como en la Isla.

La primera movida estuvo destinada a despejarle el camino a los vuelos comerciales, que ya se habían anunciado en enero. Venir a la Isla resultaría entonces más simple: ya no habría que hacerlo necesariamente en grupos o paquetes de Insight Cuba u otras agencias --lo cual resulta bastante costoso--, sino que funcionaría la base individual, el face-to-face. Solo habría que llenar una planilla declarando el propósito educacional del viaje de la persona para montarse en un avión --o ahora en un crucero. Esto significa que con los vuelos regulares podrá reservarse un pasaje a Cuba on line, como mismo se hace para ir a Buenos Aires, París, Moscú o Burundi. El New York  Times, desde el principio partidario de la política de Obama, apoyó la medida en un editorial exhibiendo su mejor sentido del humor: “La prohibición turística, codificada en la ley, permanecerá en su lugar. Pero bajo las nuevas reglas demostrar que el viaje cumple propósitos educacionales quedará en manos de los viajeros. Y cualquier viajero experimentado dirá que las conversaciones con los camareros de los bares, tengan lugar o no en la playa, pueden ser poderosamente educacionales”.

 El face-to-face constituye el paroxismo de uno de los enunciados en el fondo más vulnerables de la perspectiva oficial: considerar a norteamericanos y cubano-americanos “los mejores embajadores de nuestros valores”, como si estos fueran una bola de acero  compuesta por esa mezcla infalible de libre empresa, democracia, derechos humanos y libertades individuales, y no estuviera atravesada por una diversidad de posicionamientos e identidades que no necesariamente comulgan con “el credo americano” --tal como lo define Samuel P. Huntington en Who Are We?--, muchas veces hasta el punto de cuestionarlo y ponerlo en crisis. Los viajes de los norteamericanos a Cuba pueden llegar a mostrar, de hecho, resultados que funcionan como un boomerang, lo cual deberían tener en cuenta quienes tanto de este lado como del otro perciben que ese turismo sería, aquí y ahora, una especie de nuevo Armagedón. Una encuesta de la agencia Friendly Planet Travel (2013) arrojó, por ejemplo, lo siguiente:

El 88,2% de los visitantes llegados a Cuba en programas pueblo-a-pueblo se han mostrado a su regreso partidarios de que el gobierno de su país ponga fin a las sanciones que unilateralmente impone a Cuba desde hace medio siglo y de que cese la prohibición de los viajes a la Isla como turistas. Solo el 10,8% de los encuestados dijo que la experiencia de su viaje no había tenido efecto alguno sobre su opinión respecto a la Isla. La indagación observó en las respuestas un cambio en sus actitudes hacia Cuba. “La experiencia transformó dramáticamente sus opiniones sobre Cuba, su gente y la política de  los Estados Unidos sobre este país", comentó un reportaje sobre la encuesta publicado por  la revista digital Business Wire, de Pensilvania. Por último, pero no menos importante, la mayor sorpresa que admiten haber experimentado esos viajeros fue “la apertura y amabilidad de los cubanos hacia los norteamericanos, el carácter emprendedor de muchos cubanos y la vitalidad de las artes y la escena cultural en Cuba”.

En el Senado hay un proyecto de ley, “Freedom to Travel to Cuba Act 2015”, presentado por Jeff Flake (R-AZ) y copatrocinado por Patrick Leahy (D-VT) con el apoyo de más de cuarenta miembros de ese cuerpo legislativo. Su lógica es impecable: aunque no se trate de destinos terriblemente populares, los norteamericanos pueden moverse a Teherán, Damasco o Pyongyang sin pedirle permiso a nadie. Una cuestión de derechos constitucionales transgredidos. Cuba es el único caso, lo cual resulta un contrasentido, mucho más en el actual contexto bilateral. La sección de viajes del New York Times, que hace lo suyo, colocó a Cuba en el no. 2 entre los 52 lugares a visitar  en 2015. Y a Viñales en el no. 10 (2016). Las últimas medidas de Obama en esta área, que llevan el sello de su inteligencia y la de sus asesores, operan como el hurón: abrirle con los dientes un huequito por encima al huevo, chuparle toda la sustancia y dejarle el cascarón vacío al campesino.

Las posibilidades de que la ley pase la prueba no parecen, por ahora, muy factibles, a pesar de todo entusiasmo. Sin embargo, si se eliminara el travel ban estaríamos hablando --según varias fuentes-- de un estimado de tres millones de turistas que arribarían a Cuba al cabo del primer año de levantada la talanquera, con ingresos directos proyectados en 250 millones y 420 millones de dólares anuales para las compañías aéreas y de cruceros, respectivamente. Y también de un desafío para el lado cubano, cuya infraestructura y logística tendrían severos problemas a la hora de digerir la estampida. La vida te da sorpresas: nadie podía anticipar el proceso de deshielo y la celeridad de los acontecimientos, ni siquiera la decencia de quienes derramaron lágrimas aquel 17 de diciembre. Actualmente hay en La Habana 11 300 habitaciones para el turismo, el 20% de la capacidad total del país. Y en los planes de desarrollo se proyecta duplicarla para 2030; es decir, de aquí a casi quince años. Difícilmente el concurso de los privados que se dedican a alquilar habitaciones --hoy unas 4 700 en la capital y algo más de 14 000 en toda Cuba, dato este último del Informe Central al VII Congreso del PCC-- podría cubrir, conjuntamente con el oficial, esa demanda, incluso si también crecen. Y plantearía, además, preguntas en términos de la calidad de los servicios, que como norma distan de ser paradigmáticos. Según se sabe, los norteamericanos suelen ser bastante liberales en todas partes con la retribución, pero a cambio de la eficiencia y rapidez que ellos esperan/demandan.

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.