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El desastre electoral y el futuro

Danilo Medina logró una victoria electoral apabullante.

Lo consiguió gastando todo el dinero del mundo en propaganda y compra de voluntades y votos, tal y como hizo en 2012. Y tal como sucedió entonces, ahora los dominicanos tendremos que pagar las apetencias continuistas y reeleccionistas de este partido que un día fue esperanza y hoy es un inmenso fraude.

Lo consiguió haciendo una gestión ciertamente menos cargante y más sensible que la de su antecesor Leonel Fernández. Pero que dejó tantos pobres como antes, y también tantos no-pobres en el filo de la pobreza. Y que supo explotar los bajos instintos clientelistas de nuestra sociedad, regalando el presupuesto en paseos dominicales y convirtiendo el 4% -que tanta lucha nos costó- en siembra de varillas y cemento a cargo de esa inmundicia institucional denominada OISOE.

Y lo consiguió jugando taimadamente desde el palacio, moviendo hilos para mantener la obediencia de la elite peledeísta y al mismo tiempo haciendo silencio cómplice cuando, como dicen los gringos, la porquería llegaba al ventilador. Si Leonel Fernández se proclamó heredero del vinchismo, Danilo Medina tiene todo el derecho a proclamarse el vástago más aventajado del balaguerismo. Ambos, continuadores de la tradición derechista, autoritaria y elitista que ha azotado nuestra historia nacional.

No solamente vamos a pagar los gastos de la reelección -que son muchos- sino que por otros cuatro años tendremos los mismos funcionarios ineptos, corruptos y nepotistas de los doce anteriores. Nuestra sociedad seguirá siendo ese enigma marcado por altas tasas de crecimiento económico y un nivel impresionante de depauperación social.  Seguiremos teniendo ministros cuasi-analfabetos con ministerios ficticios. Y nuestra política seguirá del brazo del narcotráfico, la corrupción más desesperante y la opacidad cómplice.

La oposición perdió no solo porque no tenía dinero, o por la falta de carisma de sus candidatos -Danilo Medina es el anticarisma personificado- sino porque no supo tomar nota de los tiempos. Los pequeños partidos alternativos -APD, AP, etc.- no reunieron en conjunto más de un 2% de los votos. Y el PRM tuvo que conformarse con el núcleo duro del perredeísmo histórico, con el mismo tercio con el que Hipólito Mejía perdió en 2004 en medio del desastre económico de esos años. La alianza con el PRSC no le reportó ventaja apreciable, aunque si al reformismo, que gana aire nuevamente y se hace de dos senadurías. Por supuesto, dando por sentado que el triunfo en la capital pertenece a otro partido, la familia Vicini, que requiere una gestión “emprendedora” para continuar su ofensiva crematística en los medios urbanos y en particular en la zona colonial, apoyada en la gestión del Ministerio de Turismo y el BID.

El PRM no pudo captar el descontento de los sectores populares y de las clases medias, que finalmente votaron por cualquiera o no votaron. Fue pusilánime e incoherente. Optó por lo viejo, por los caminos trillados de las componendas electoralistas, en lo que el PLD y el PRSC son maestros avezados. Y perdió en todo.

No sé si el PRM podrá ser opción de futuro. Tampoco sé si lo será Alianza País, con sus oscuridades programáticas y su toque mesiánico que hasta el momento no le ha permitido despegarse del fatídico 1%.  Pero estoy seguro que es necesario construir esa opción, y con ella, el proyecto de país que necesitamos. El mismo proyecto que ha sido frustrado por dictadores, oligarcas y marines. El que ahora no pudo asomar, agobiado por la francachela peledeísta y por nuestras propias incapacidades.

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