Solo una idea

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Magaly, simplemente ella

Desde Chile he conocido de la muerte de Magaly Pineda, una figura imprescindible en el movimiento social dominicano de los últimos cuarenta años.  Y en particular en ese sensible fuero que ocupa el feminismo.

Fue justamente por esta última vía que la conocí, hace treinta años. Por entonces, fines de los 80s, un conocido y valioso activista de la equidad de género, Michael Kaufman, organizó una red de estudios de movimientos sociales en el Caribe, al que nos invitó a ambos. Y en el caso específico de Magaly, para tratar el tema de los movimientos de mujeres, aunque era evidente que con ella Kaufman perseguía otro fin oculto: cruzar todo el esfuerzo intelectual con una perspectiva de género más consistente.

Aquella fue una experiencia muy motivadora que siempre recordaré, y dentro de ella el rol de Magaly. Recuerdo su forma delicada y convincente de hablar, sus finos ademanes, su inteligencia y su alta preparación teórica. También recuerdo todas las molestias que causaban sus incisivos retos a nuestra confortable paxmasculum. Pero si algo me llamó la atención de Magaly, fue que nunca gastó muchos esfuerzos en los aspectos periféricos del asunto -entonces corregir los géneros al hablar era un acto de fe feminista- sino que sabía centrar su atención en las cuestiones medulares de la relación de poder incrustada en el patriarcalismo.

Gracias a ello, debo decirlo, Magaly pudo cambiar muchos de mis puntos de vista y vencer muchos de mis resabios machistas. Cuando en 1990 publiqué mi libro sobre los municipios cubanos, estuve en condiciones no sólo de analizar los rasgos autoritarios del sistema, sino también su acentuado tono patriarcal.

En los 90s, dentro del Centro de Estudios sobre América, mi vida adquirió una intensidad profesional insólita para mis gustos. Magaly iba con alguna frecuencia a Cuba, donde tenía vínculos con un sector avanzado de la pleistocénica Federación de Mujeres Cubanas y con algunos grupos feministas emergentes. Nos veíamos con alguna frecuencia y nos divertíamos conversando de temas nuevos y añejos, entre los primeros sus vicisitudes con sus camaradas cubanas.

Despertó todo tipo de reacciones en el mundo cubano. La quisieron los amigos y la odiaron los enemigos. Pero había algo interesante. A pesar de estar casada con  FafaTaveras, un líder histórico de la izquierda dominicana, nunca escuché a alguien hablando de la-mujer-de-fafa: Magaly era, simplemente, Magaly.

Ya en mi exilio en República Dominicana, nos vimos en unas cuantas ocasiones. La última vez, lo recuerdo, fue en la Fundación Friedrich Ebert, donde le entregué mi último libro sobre la frontera. Allí quedamos en vernos, como siempre hacen los buenos amigos, pero yo salí para Puerto Rico y luego Chile. Y el encuentro ha quedado para la otra vida.

Otra vida en que no deseo a Magaly un descanso final.  Quien tanto movió la tierra, no tiene derecho a ello en el cielo. Y finalmente, Magaly descansando sería un derroche de oportunidades que no nos merecemos.

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