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Cuba, después de Obama

No tengo dudas de que la visita de Obama ha sido un parteaguas en esta historia del corto plazo cubano.

No se trata de que tras Obama vendrá la democracia en Cuba o que los dirigentes cubanos harán más rápidamente lo que han estado haciendo en los últimos años: retornar la sociedad al capitalismo con ellos como la nueva burguesía nacional. Tampoco se trata de que Obama sea un predicador desinteresado de las virtudes del buen vivir. En realidad es el presidente de la todavía potencia mundial dominante, y su visita a Cuba se enmarca en un restablecimiento de relaciones no solo con la isla sino con toda América Latina sobre la base de una estrategia de “poder blando”.

Pero es indiscutible que la visita marca un antes y un después. Ante todo, los cubanos -siempre aquejados del control informativo gubernamental-  pudieron contrastar lo que significa un liderazgo dinámico. La clase política cubana es un sujeto social aburrido y carente de un discurso propio, particularmente después de que Fidel Castro pasara a retiro en lo que fue un tardío pero oportuno imperativo de la biología.  Su hermano Raul no solamente en un tipo parco en simpatías, sino que se esfuerza en demostrar lo contrario, con resultados mediáticos desastrosos.

Al lado de Obama sacó con comprobado éxito sus dotes de dinosaurio político. En la comparecencia de prensa conjunta demostró que no sabía usar los audífonos, le molestaban las preguntas de los periodistas y confundió los derechos humanos con los tratados internacionales en torno a ellos. Y, ofuscado, ofreció liberar de inmediato a todos los presos políticos si alguien le daba una lista creíble, es decir que el presidente de lo que se supone sea una república puede liberar presos “de inmediato” sin más procedimiento formal que una lista creíble.

Fue todo un desastre, coronado por el espléndido discurso de Obama en el elegante Gran Teatro de la Habana en que el presidente americano se comprometió a no intentar cambiar el régimen político en Cuba y a mirar al futuro para construir una relación normal entre ambos estados y pueblos.

No es que las cosas vayan a cambiar de inmediato. Solo que el escenario es ahora más  favorable a que los cambios se produzcan. Los dirigentes cubanos podrán seguir hablando de la injerencia imperialista y de los intentos de destruir la “revolución cubana”. Pero para los cubanos comunes quedará la imagen de un presidente americano amistoso, retando a una llovizna pertinaz en un paseo por la Habana Vieja, acompañado por una linda familia y saludando a los transeúntes.

De la llamada “revolución” les quedará la triste imagen de un octogenario con una mueca en la cara, enredado con los auriculares y luciendo como un matón de barrio desahuciado por las contingencias de la vida. 

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