Desde La Habana


Silent Cal

En Cuba Calvin Coolidge no dio entrevistas, solo habló públicamente en su discurso ante la Sexta Conferencia, pronunciado en el Teatro Nacional, en el suntuoso Paseo del Prado. Allí también ocurrió otro hecho histórico que no muchos conocen: la primera alocución radial de un presidente fuera de los Estados Unidos, trasmitida a toda la Unión por la National Broadcasting Corporation (NBC).

Sin embargo el evento --escribe un historiador-- “emigró de las secciones de noticias a las páginas sociales”, y de hecho se convirtió “en una celebración de los estilos de vida de los ricos y los famosos”. Las norteamericanas que asistieron al teatro dieron fe, a su manera, del proceso de modernización verificado en La Habana gracias a la siempre infiel magia del azúcar y a lo que una obra del teatro Alhambra había bautizado como “La Danza de los Millones”. Según The New York Times, los palcos, los balcones y la platea estaban ocupados por personas bien vestidas. Las mujeres norteamericanas dijeron que nunca habían visto --en Europa o en cualquier otra parte-- un evento con mujeres tan bien ataviadas. Alabaron a sus hermanas cubanas, presentes en gran número, por tener un marcado gusto en las modas, y subrayaron que los vestidos, en su mayor parte, eran las últimas creaciones de París.

Al siguiente día del discurso, Machado le organizó un banquete en su finca; también asistiría a un partido de jai alai y visitaría un cañaveral. En el primer caso, todo un reto en el escenario de la Prohibición. El historiador Joseph R. Conlin contextualiza en qué consistía el dilema para el Presidente de los Estados Unidos:

Los periodistas norteamericanos contuvieron la respiración. Si Coolidge aceptaba un trago, significaría una jugosa historia en primera plana. Si rechazaba al camarero con la clásica auto-rectitud de New England, sus colegas latinoamericanos lo tomarían como otro insulto del “Gran Hermano”.

De pronto, apareció en el salón un gastronómico cubano con “una gran bandeja de delicadas copas de cristal con daiquiríes, poniendo a prueba a “Silent Cal”, así llamado por su proverbial parquedad con las palabras:

Cuando la bandeja se le aproximó a su izquierda, se viró astutamente a la derecha pretextando admirar un cuadro en la pared. La bandeja se le acercó más. El señor Coolidge hizo un giro de otros 90 grados, señalándole a Machado la belleza del verdor tropical. Para entonces ya había completado un giro de 360 grados, y la bandeja incriminatoria había pasado por detrás de él. Aparentemente, nunca la había visto. Su maniobra constituyó una pieza maestra de acción evasiva.

Este incidente del camarero y la bandeja se ha repetido hasta el cansancio por la prensa, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos, en la cobertura de prensa sobre la visita de Obama.  Pero el problema es que esta historia deja en la oscuridad otra muy distinta, en parte porque es mucho más cómodo repetir que hurgar, aunque toda regla tiene su excepción. Una de ellas, un artículo de Glenn Garvin en The Miami Herald. Garvin hizo lo que ninguno: seguirle la pista a profundidad a un texto del periodista Beverly Smith, quien había cubierto el viaje de Coolidge para el Saturday Evening Post en 1928 y confesado treinta años después: “Un grupo considerable de nosotros fue a ver las atracciones locales. No todas eran de un elevado nivel cultural”.

Ya en La Habana, durante el acto de bienvenida aparecieron varias ninfas de un barrio no muy lejano al Palacio, con nombre de Almirante, tan bien vestidas como las que asistirían al Teatro Nacional. Coolidge empezó a devolverles el saludo, particularmente a un grupo de siete u ocho muchachas vestidas elegantemente y muy maquilladas y a su chaperona, que agitaba una bandera. Al instante, todos menos el Presidente las habían reconocido como las representantes profesionales de un prostíbulo cercano. Cuando el asustado Coolidge se dio cuenta de quiénes eran, se recogió en su asiento, pero pronto tuvo que llamar a un asistente para que se sentara a su lado y lo protegiera de las rosas…

El fin de la actividad oficial, casi a la puesta del sol, dejó libres a los reporteros para practicar el periodismo de investigación en los bares de La Habana. Entre sus descubrimientos estuvo que los esbirros de Machado habían advertido a los dueños que quitaran los retratos de Coolidge, por respeto al delicado tema de la Prohibición, aunque se les permitió dejar en la pared los afiches del piloto Charles Lindbergh, quien se había sumado al viaje.

A la caída de la tarde, se les unieron funcionarios norteamericanos que viajaban con el Presidente, encantados con la oportunidad de beber legal y abiertamente por primera vez desde que entrara en vigor la Prohibición [...]. A medida que el consumo de alcohol fue alcanzando proporciones pantagruélicas, altos oficiales de la policía habanera acudieron con instrucciones de asegurarse de que los gringos se sintieran bienvenidos.

Antes de volver a los Estados Unidos, la comitiva presidencial recibió la buena noticia de que nadie, ni siquiera los reporteros, tendrían que pasar por la aduana estadounidense en Key West.

Atraídos por el olor de esa tentación alcohólica desbocada, los fabricantes locales de licor se plantaron en el vestíbulo del hotel en La Habana. Casi todo el mundo compró botellas de ron de medio galón. Algunos llegaron a comprar maletas adicionales para llenarlas de bebida; los reporteros cuyas cuentas de gastos eran pequeñas se deshicieron de su ropa para abrirle espacio al ron. Todo eso fue subido a bordo por marines que les guiñaban el ojo con complicidad, lo cual llevó a muchos a preguntarse quién habría aprobado la gigantesca operación de contrabando. “¿Habría sido, increíblemente, el mismo Calvin, en un arranque del humor caprichoso que algunos suponían se ocultaba tras su cara de avinagrado de Vermont?”, se preguntó el reportero Smith.

El viaje fue todo un éxito diplomático para los Estados Unidos. El ex secretario de Estado, Charles Evans Hughes, logró aplacar una resolución promovida por la Argentina de Don Hipólito Irygoyen condenando la intromisión en los asuntos internos de las repúblicas latinoamericanas. Hughes se quebró de puro sutil: “Yo no diría intervenir, sino interponerse de manera temporal para proteger las vidas e intereses de sus ciudadanos”. Gerardo Machado se colocó, desde luego, en el lado políticamente correcto: “La Doctrina Monroe es, y debe seguir siendo, la política de defensa común para la integridad territorial de América”.

La Historia refiere que ”Silent Cal” llegó a Key West a bordo del crucero USS Memphis, mareado por el viaje. En la Oficina Oval se enteró de que el Ayuntamiento de La Habana había votado para renombrar a la calle 17, en El Vedado, como Presidente Coolidge.

Hoy, como ayer, los cubanos la siguen llamando por su número.

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.