Desde La Habana


I´ll See You in C-U-B-A

En 1919 el Congreso aprobó la Ley Volstead, una de las más erráticas y contraproducentes en la historia de los Estados Unidos, que penalizaba con multas o cárcel la producción, transporte, importación y venta de licores en todo el territorio nacional. El inicio de una era conocida como la Prohibición, que duraría hasta 1933. Cuentan que el presidente Franklin D. Roosevelt lo celebró con un Martini seco, su trago predilecto.

En 1920 el compositor Irving Berlin concebía y estrenaba la tonada “I´ll See You in C-U-B-A”, un hit que resonaría prácticamente durante toda la década, e incluso más allá. Su texto era un verdadero manifiesto, una incitación que contribuyó en no escasa medida a continuar modelando/alimentando desde la cultura popular lo que un estudioso llama “la construcción de una Cuba en función de las necesidades norteamericanas”, de nuevo por default. Con solo brincar el charco, aquí se podía empinar el codo hasta la saciedad:

No muy lejos de aquí

Hay una atmósfera muy viva

Este año todo el mundo va para allá

Y hay una razón.

La estación empezó en julio pasado

Desde que los Estados Unidos se secaron

Todo el mundo va para allá

Y yo también estoy en mi camino

A Cuba, para ahí me voy

Cuba, ahí me quedaré

Cuba, donde el vino fluye.

 

Y más adelante:

Allí están los bares más exquisitos, los tabacos

Que solo se hacen en Cuba

Donde madrugaremos y beberemos hasta quedarnos ciegos.

Ciegos, pero alegres de verte en C-U-B-A.

¿Por qué no viajas con nosotros en un tren o en un ómnibus

A Miami, donde podemos empezar

A planear un maravilloso viaje en avión o en barco

Que nos llevará de la Florida a La Habana?

¡Te veré en C-U-B-A!

 

Los efectos de la Prohibición fueron inmediatos. Por una parte, el contrabando de rones y melazas, que tendría en Canadá y el Caribe sus dos pivotes. Una oportunidad dorada que supo aprovechar la mafia al devenir la suministradora de un producto de gran demanda, ahora prohibido por las autoridades, pero consumido en sótanos y “capillas ardientes” a las que se accedía con solo mencionar una palabra clave, según lo recrea una famosa comedia de Billy Wilder (1959) sobre “los locos años 20”. Cuba se convirtió en una de las piezas fundamentales en la distribución/comercialización de bebidas alcohólicas en los Estados Unidos --un caso de integración económica horizontal informal--, y en punto de operaciones de figuras del bajo mundo, quienes durante el período lograron fuertes dividendos para sus imperios y sentaron las bases para la alianza con miembros de las élites locales, una de las fuentes de corrupción durante la primera y la segunda repúblicas.

Por otra, el boom turístico norteamericano, que pasó de 56 000 visitantes en 1920 a  90 000 en 1928. Entre este último año y el siguiente se estima que los norteños gastaron en la Isla unos 26 millones de dólares, cifra que caería a cinco millones en 1933-1934 como resultado de la Gran Depresión y de la rebelión contra la tiranía de Gerardo Machado. Además, la Prohibición movió hacia La Habana tanto a dueños de destilerías como de bares, y hasta bartenders que habían perdido sus empleos en los Estados Unidos. Algunos desmontaron, literalmente, sus negocios en Chicago, Nueva York o Nueva Orleáns para trasladarlos a La Habana, muchas veces incluso con el mismo nombre. De acuerdo con algunas fuentes, por entonces llegó a haber alrededor siete mil bares en la ciudad.

Se bebía prácticamente en cualquier parte, pero los norteamericanos lo hacían con preferencia en los sitios más céntricos y frecuentados por su turismo, sobre todo en el iluminadísimo Paseo del Prado y sus alrededores: los bares de los hoteles Inglaterra, Plaza, Sevilla Biltmore, y en las barras de El Floridita y el Sloopy Joe´s, que nunca cerraba. Y no precisa ni únicamente whiskey, sino también ron y coctelería cubana, entre la que despuntaban el Daiquirí, el Presidente y el Mary Pickford, combinaciones híbridas al cabo de los crecientes contactos entre ambas culturas desde la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana, junto al Cuba Libre, a base de Coca-Cola, ron, hielo y limón. Y todos con Bacardí, la firma enteramente nacional con cuyo ron se inventaron esos cuatro tragos, y que hizo su primer despegue al implementar estrategias y mecanismos de marketing absolutamente modernos utilizando vallas y propaganda gráfica que llegaron a promover con bastante efectividad el consumo de licor dentro de la Isla y al otro lado del Estrecho.

Había, por otra parte, ciertas ventajas comparativas omitidas por el texto de Berlin. Según un historiador norteamericano, 

[...] en Cuba los visitantes no eran molestados por vecinos entrometidos o autoridades moralizantes. Cuando los norteamericanos se emborrachaban a matarse, la policía miraba al otro lado. Si se requería algún tipo de intervención, la policía turística escoltaba al ofensor hasta su hotel, o quizás hasta la estación para ponerlo sobrio, pero casi nunca se le acusaba. Y no solo esa atmósfera de libertinaje hacía a Cuba tan popular. Había espacios para virtualmente cada tolerancia, de pistas de carreras a prostíbulos y fumaderos de opio. El escenario tropical era descuidado y seductor. Tanto las mujeres como los hombres hallaban a Cuba irresistible: la lujuriosa calidez y fragancia de sus noches, las brisas del mar, la luz, los cocteles exóticos, la música suave que parecía fluir de todas partes, la gracia, el baile sensual, los cuerpos fabulosos y la ropa elegante. 

Calvin Coolidge desembarcó en La Habana aquel 15 de enero de 1928 para llegar al Palacio Presidencial, con sus fastuosos interiores a cargo de la firma Tiffany´s y abierto ocho años antes por el presidente Mario García Menocal (1913-1921), graduado de ingeniería civil en Cornell University, ex mayor general del Ejército Libertador, conocido entre otras cosas por su sentido de modernidad, por su guerra contra todo lo oscuro, incluyendo los tambores, y por un sobrenombre asociado con el siglo XIX: El Mayoral.

Gerardo Machado y Morales, a quien un joven poeta de pupila insomne ya había renombrado como el Asno con Garras, le tenía preparada una recepción. Y tres pisos completos del Palacio para él y su esposa.

Un periódico local impreso en inglés lo había advertido: “No trate de consumirlo todo durante los primeros días. Recuerde que las destilerías cubanas trabajan día y noche”.

Pero era un viaje de solo 48 horas, y había que aprovecharlas.

 

continuará…

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.