Desde La Habana


Calvin Coolidge en La Habana

Durante las tres primeras décadas del siglo XX los presidentes norteamericanos no se caracterizaban por viajar a América Latina, traspatio natural en el contexto de la Doctrina Monroe, pero poblado de situaciones y caracteres que ellos creían conocer por tenerlos similares en el Sur de los Estados Unidos, en una zona emblematizada por Louisiana y Mississippi, desde entonces entre las más pobres y atrasadas de la Unión y herencia de la economía de plantaciones. La prensa del mainstream de la época caracterizaba a los primeros en sintonía con un imaginario compartido, como mismo lo hacía con sus vecinos caribeños y al Sur del Río Bravo: gente de piel oscura, infantil e incivilizada comiendo melones en la vía pública bajo la mirada entre condenatoria y burlona del Tío Sam o de los descendientes del Mayflower.

En efecto, una revisión sumaria de sus viajes al exterior arroja que entre 1906 y 1920 sus escasas incursiones al subcontinente estuvieron marcadas por intereses estratégicos globales, entre los que despunta a las claras una palabra de cinco letras: Canal. En 1906, Teddy Roosevelt (1901-1909) plantó en Panamá sus propias botas; tres años después, William Taft (1909-1913) se personó en la zona –y luego, en México. Woodrow Wilson (1913-1921) ni siquiera bajó al Sur, pero sí estuvo de la cintura para arriba: dos veces en el Reino Unido, cuatro en Francia, una en Italia, otra Ciudad del Vaticano y otra en Bélgica. Para seguir la rima, en 1920 Warren Harding (1921-1923) se dio un salto al Canal. Las otras dos veces que salió del país lo hizo al Reino Unido y Canadá.

El republicano Calvin Coolidge (1923-1929), a cuya administración algunos historiadores conceden un controversial sentido aislacionista, nunca salió del territorio de la Unión excepto para venir a Cuba en 1928 (la otra fue para pasar su luna de miel en Canadá, tan cerca de su Vermont natal que casi no cuenta como un viaje al extranjero). Uno de los responsables de que la banana pasara de fruta exótica a presencia cotidiana en los mercados norteamericanos, en gran medida debido a la obra y milagro de la United Fruit Company, la encarnación viva de la civilización y el progreso en América Latina, la misma que en Guatemala construyó carreteras, ferrocarriles y un famoso puerto, pero que, entre otras singularidades en la historia de las llamadas repúblicas bananeras, terminaría por destronar al gobierno nacionalista de Jacobo Arbenz, la gran amenaza roja de entonces.

 Bajo Coolidge, un ferviente partidario del laissez faire, los bajos impuestos a los ricos y las lógicas del pulpo, las inversiones directas norteamericanas en América Latina pasaron de 1,26 billones en 1920 a 3,55 billones en 1928, una expansión del esquema asimétrico y dependiente alentado por sus predecesores, y señaladamente por Teddy Roosevelt, el hombre de los Rough Riders de la Colina de San Juan, allá en Santiago de Cuba. Durante su mandato continuaron las ocupaciones militares de Haití (1915-1934) y República Dominicana (1916-1924), aparte de intervenir en procesos políticos internos en Panamá y Nicaragua. En 1927 su administración ordenó un hecho hasta entonces sin precedentes en América Latina: el bombardeo en el Ocotal por parte de la aviación norteamericana contra los efectivos de Augusto César Sandino. El presidente y su secretario de Estado, Frank B. Kellogg, hicieron una contribución al pensamiento político norteamericano de la que hoy casi nadie se acuerda, aunque tuvo réplicas posteriores: buscar las causas de la insurgencia regional no en factores endógenos, sino exógenos, en este caso en la “conspiración nicaragüense-mexicano-bolchevique” para tomar el control de un área muy cercana al Canal de Panamá. Cuentan algunos historiadores que la diplomacia de Stalin, que es como decir la temible Cheká, les respondió lo siguiente: “el gobierno soviético no tiene más interés en Nicaragua que el que tiene en las montañas de la luna”.

Coolidge llegó en enero de 1928 a La Habana, sede de la Sexta Conferencia Panamericana, en medio de un claro malestar por el gran garrote, al que de hecho dio continuidad. Dicho alto y claro, no vino a Cuba por sí misma, sino más bien a tratar de apaciguar la granja por sus propios palos y los anteriores. Y lo hizo con Sandino en Las Segovias con su pequeño ejército loco, como lo llamara alguna vez Gregorio Selser. En otros términos, tocó la Isla casi al fin de su administración, según algunos para pavimentar el camino a la política del “buen vecino” de Franklin D. Roosevelt (1933-1945). En realidad, esto no es exacto. El hombre que sucedería a Coolidge en la Casa Blanca, Herbert Hoover (1929-1933), fue quien acuñó la expresión “buen vecino” al emprender en 1929 una gira “de buena voluntad” por Centro y Suramérica en el USS Maryland a partir del nuevo consenso entre las élites dirigentes norteamericanas sobre las relaciones con América Latina y sus formas de dominación. No más marines. “Los latinoamericanos”, escribe un estudioso al otro lado del Estrecho, “tenían que entender entonces la diferencia entre ´intervenir´ e ´interponerse´”. Roosevelt y sus asesores solo se apropiaron del concepto y lo desarrollaron como el fundamento de su política hacia la región.

Viajó junto a su esposa y su séquito en el tren presidencial desde Washington DC hasta Key West, donde abordaron el USS Texas, que fondearía en el puerto habanero el 15 de enero. Primera y única vez que un presidente de los Estados Unidos ponía sus pies en la Isla, hechizo a punto de romperse el próximo 21 de marzo al cabo de ochenta y ocho años. Escribe Amity Shlaes, uno de sus biógrafos: “miles de personas se encaramaron en el Castillo del Morro y en los techos de los edificios levantando sus cuellos para ver al USS Texas cuando entraba en la bahía”. Según varios cronistas, fue recibido con salvas de cañón y “con ese entusiasmo que nace en una intensa naturaleza latina”. Nada raro, si bien se mira: los cubanos han sido siempre hospitalarios, noveleros y amantes de los espectáculos, históricos o de otra naturaleza. Y, sobre todo, gentes que quieren vivir/disfrutar el pedacito que les toca para llevárselo a sus tumbas: “a mí que me quiten lo bailao”. Y tan corteses como emocionales, al punto de que hoy son los únicos pasajeros que aplauden al piloto cuando el avión en que viajan de Miami aterriza en la pista de Rancho Boyeros.

En su discurso en La Habana, Coolidge pareció empezar con el pie derecho: “Hace treinta años”, dijo, “Cuba era una colonia extranjera desgarrada por la revolución y devastada por los enfrentamientos”, pero de inmediato tropezó con algo y se le corrió el foco: “Su gente es independiente, libre, próspera, pacífica, y disfruta de las ventajas del autogobierno”. Como pan comido. Como si no hubiera existido nunca un apéndice constitucional llamado Enmienda Platt, al que un poeta cubano aludió en su “Mensaje lírico civil”, y no hubieran intervenido militarmente con el noble propósito de contribuir, de una vez y por todas, al autogobierno que aquellos motherfuckers locales no acababan de parir, esa etiqueta de “infernal little Cuban republic” del primer Roosevelt que ahora, de pronto, el visitante rubio y de ojos azules echaba a un lado. Y cerró sus palabras con broche de oro: Cuba era “la demostración del progreso que estamos alcanzando en la región”, enunciado nada extraño en un presidente conocido por ser hombre de pocas palabras y enemigo de los discursos largos, lo cual casi siempre termina dando pábulo a severos errores de omisión, por decir lo menos.

Así han sido las percepciones imperiales, por desconocimiento, presunciones hegemónicas, diplomacia o conveniencia, sin mucho touchdown: cinco años más tarde, esos mismos cubanos independientes, libres, prósperos y pacíficos terminarían por derribar al anfitrión de la VI Conferencia, Gerardo Machado y Morales, para montarlo en un avión hacia Las Bahamas y convertirlo en uno de los dos presidentes cubanos enterrados en un cementerio de Miami.

Después le tocaría el turno a Fulgencio Batista, pero con la República Dominicana como destino.

Siempre estuvieron al lado de las cartas seguras --pero equivocadas.

Prácticamente hasta el último minuto y el último latido.

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.