Desde La Habana


Trébol de la suerte

En 1981 la joven Lucía Muñoz, recién graduada de Letras en la Universidad de Oriente,  recorría las calles de su ciudad natal en busca de información y materiales para una antología de la poesía bayamesa.

Allí la conocí. En nuestras conversaciones, sosiegos y complicidades, en su casa del Reparto Camilo Cienfuegos, al otro lado de la línea del tren, entre la leña del patio, el humo y el olor del café, me leía sus textos inéditos, caracterizados por una peculiar identificación con ese Bayamo hecho de ventana trovadoresca, masonería, alborada, cargas de machete y fuego de enero, y en lo expresivo por un intenso lirismo y por una decantación en la que ya estaban inmersos varios poetas de su generación, puesta a rescatar el valor del signo lingüístico ante los excesos del coloquialismo, la tendencia dominante en la lírica nacional hasta fines de los 70. También estaban su voz, su dulzura, la manera de decir sus propios textos, sentidos desde lo hondo, sin teatralidad alguna, lo cual me dio la temprana impresión --y después la certeza-- de que en ella la poesía había llegado para quedarse. Pedro Henríquez Ureña tenía entonces razón con ese aserto decantador, pero a la vez terrible: “de los 16 a los 25 años todos los jóvenes deben escribir poesía; después, solo los poetas”.

Desde que salí de Bayamo, donde viví y trabajé a inicios de los 80 --también recién graduado de Letras, pero en la Universidad de La Habana--, Lucía siguió por supuesto escribiendo, que en ella es como decir seguir respirando aun en medio de problemas, adversidades y palos que le ha dado la vida. Andando el tiempo, en la medida en que me mandaba sus libros o yo me los agenciaba, trataba de buscar algún tiempo para leerlos en medio de ciertas demandas que me imponía mi condición de editor y luego investigador del Centro de Estudios sobre América (CEA), donde ni la poesía ni la literatura eran objeto de estudio, sino las ciencias sociales.

Trébol de la suerte, una antología de su quehacer acabada de publicar por Ediciones Unión y concebida para celebrar un aniversario cerrado de su vida y trayectoria, quiere dar cuenta justamente de su evolución.

La Muñoz se inicia “oficialmente” en 1994 con Sobre hojas que nadie ve, poemario en el que presenta sus credenciales y su manera, y en el que aparecen tres de sus grandes temas recurrentes: el amor, la familia –en especial, la madre--, y su condición de mujer. Tanto aquí como en su siguiente libro, Únicos paraísos (1996), hay un discurso poético fuertemente personal, muy intenso, que tiene en poemas como “Una mujer puede andar”, “Saudade”, “Dueño de la noche” y “Lactancia” cuatro de sus momentos más representativos. Y aparece la muerte y la nostalgia de las cosas que se han ido o ya no son más, ese ubi sunt de los latinos al que ella volverá en entregas sucesivas.

 Luego de Los más bellos bisontes de la tierra (1997), un poemario transicional, sobrevendrían tres cuadernos de madurez: Arena del tiempo, Libro de Isabeat  y Piel de flamboyanes, todos de 2003. En primer lugar, por los temas. A los ya tradicionales de su obra se añaden motivos bíblicos y religiosos, lo cual incorpora una dimensión reflexiva y refuerza la espiritualidad típica de su poética. La antología contiene en este orden un texto paradigmático:

 

Ciudad,

herida abierta

en el costado del deseo

donde miro subir con amargura

la moneda de fuego

del horizonte a los tejados

Soy leve marca en tu bruma,

hoja arrastrada en tu aire,

gota del llanto que te baña.

Sucumbirás ciudad,

y yo contigo.

 

En segundo, por un mayor trabajo sobre el lenguaje y por una crisis consigo misma. Y por un sentido más elaborado del poema, para Lucía como un rapto o un haz de luz, bien acudiendo al verso o al poema en prosa. Hay en estos libros una especie de vuelco en lo que, básicamente, había escrito hasta aquí, pero sin negarse a sí misma.  Como lo ha hecho notar su compañero, el también poeta Luis Carlos Suárez --quien conoce como nadie su obra--, “su poesía ha pasado de un coloquialismo lírico hasta una poesía más hermética y enigmática no exenta de cierto esoterismo. 

Piel de flamboyanes es, a mi juicio, el más logrado. En esta antología figura un poema precioso, de XXI secciones, en el que su autora despliega un erotismo y una sexualidad estéticamente muy elaborados, un registro hasta ahora no muy característico de su modo de hacer, pero bueno para poner en crisis la categoría de “neo-romántica” que a menudo emplean quienes se han acercado a su poesía, merecedora de más divulgación y  estudio.

Pero sería cuando menos incompleto restringir el alcance de su poesía a lo local, más allá de ciertas etiquetas que le han puesto algunos medios de prensa, buenas tal vez para entrevistas y ganchos, pero al final del día omisas y bastante maniqueas. Y es que la poesía de la Muñoz tiene una decidida vocación de universalidad, aun desde aquellos días en que a escribía esos apasionados textos, mientras estaba enfrascada en aquella antología. Este hecho le dio, evidentemente, un mayor conocimiento de su propias raíces mediante el mejor de los métodos, el infalible: el estudio y la superación propia, pero no la desconectó en modo alguno de sus su referentes mayores, y señaladamente de la literatura latinoamericana y aun caribeña. Una mirada atenta a su discurso poético arrojaría cómo se integran en el tiempo asimilaciones varias de autores como Benedetti, Borges, Retamar y Alfonsina, por otra parte componentes consustanciales del imaginario cultural de su generación gracias a la labor de instituciones como Casa de las Américas. En esta antología hay suficientes muestras de esa no-insularidad estrecha, como en “Paralelas”, donde resuena el Popol Vuh y sus hombres de maíz. Otra donde se asoma Jorge Luis Borges. Incluso hay poemas montados sobre la música norteamericana, como “Escuchando a Billie Holiday”, tal vez un homenaje de Lucía a su profesor Víctor Montero Mendoza, uno de los editores de la fabulosa revista Acento, facturada en el Bayamo municipal y espeso de la posguerra bajo la dirección del chileno Alberto Baeza Flores, quien por cierto se estableció allí procedente de Santo Domingo después de haber participado destacadamente en la fundación y labores de La Poesía Sorprendida.

La obra de Lucía Muñoz demuestra que la dicotomía provincia/capital es falsa, sobre todo en estos tiempos de dislocaciones, comunidades transnacionales y porosidad fronteriza. Se puede residir en sitios tan diversos como Puerto Padre, Imías, Alto Songo, París, Londres o Nueva York y escribir en cubano sin ningún problema. Tanto en la poesía como en otros géneros. De la misma manera en que un ilustre habanero llamado José Lezama Lima creó cosmogonías y universos poéticos sin apenas haber salido de la calle Trocadero. Con solo una condición: escribir con todas las de la ley.

Eso, creo, Lucía Muñoz lo sabe –y lo tiene de sobra.

La recomiendo enfáticamente al lector  dominicano.

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Sobre el autor

Alfredo Prieto - Escritor, investigador, editor y periodista cubano. Graduado de Lengua y Literaturas Hispánicas, trabajó,entre otras instituciones de reconocida solvencia acadèmica, en el Centro de Estudios sobe América (CEA) como jefe de redacción de Cuadernos de Nuestra América e investigador de su Departamento de América del Norte. Actualmente labora en Ediciones UNIÓN, que publicará próximamente su libro Ensayos para 7 Días.